Dani y su madre llegan de la mano a una de las cafeterías de la Gran Vía. Es la hora de la merienda. Dani observa con curiosidad y saluda protocolariamente a un grupo de adultos allí reunidos. Es precisamente el protocolo, la cortesía, las reglas sociales o las normas de urbanidad lo que a un niño autista de nueve años le cuesta identificar como propias. El autismo, más que una enfermedad, es una condición neuronal, mental, y por tanto social. Un ser y estar diferentes, heterodoxos, podría decirse. Dani, ahora agarrado de la mano de su amigo Juanjo, un estudiante voluntario, inician la marcha en dirección a la academia Weill, donde Dani pasará una hora junto a otros escolares de su edad bailando, moviéndose, riendo: socializando. El objetivo consiste en en familiarizar al niño con las normas sociales establecidas. Hola, buenas tardes, adiós, “qué te cuentas, a lo que Dani respondería: uno, dos, tres”... explica su madre, Mercedes Berlanga, presidenta de la asociación Autismo Ceuta.
Considerada la condición autista como un modo diferente de sentir o percibir, y no hay medicamento que mitigue tales síntomas, obliga a pensar a las familias en la clave de inclusión, como única vía de modular una conducta ‘adecuada’ al mundo exterior. “En la asociación somos 22 familias asociadas que luchamos porque nuestros hijos no sean excluidos socialmente”, señala Berlanga, que recientemente ha recibido una negativa del Ministerio de Educación a la solicitud de incluir al alumnado autista en las denominadas aulas específicas, dentro de los propios centros. “De ese modo se lograría que los chavales pudieran relacionarse con los compañeros; del otro, que sus compañeros conozcan el autismo y no caer así en estereotipos equivocados”, indica Berlanga.
Para el momento en el que su madre está detallando la importante labor educativa que proporcionarían los centros educativos convencionales a los niños autistas, Dani, su hijo, anda con el voluntario Juanjo en un taxi, tratando de asumir las convenciones del común de la sociedad. La dirección del lugar de destino se dice cuando uno se sienta en el interior del vehículo, antes habría que haber saludado al taxista, buenas tardes, y después de indicar la dirección, en el taxi se puede hablar de muchas cosas. De los métodos de aprendizaje puede hablar Tania García, logopeda y maestra, benefactora a la sazón de una ayuda de la Universidad de Granada por el proyecto TeAyuda. “Es un servicio de acompañamiento individualizado y atención directa a niños con Trastorno del Espectro Autista (TEA), en actividades de ocio y tiempo libre fuera del horario escolar”, explica la propia García, que coincide con Berlanga en lo fundamental de los centros educativos. “Es donde se produce el desarrollo de las interacciones entre iguales”, añade la logopeda.
Entre los objetivos de este proyecto de acción social financiado por la universidad granadina, ahora en su fase inicial, figura la “elaboración de un material didáctico que no es más que la aplicación de los guiones sociales” para actividades como las que ahora realiza Dani en la academia de danza. Esta labor, sin el concurso de los voluntarios, sería inviable. Ahora son cinco, cuenta García, y son quienes hacen de intermediarios entre estos niños y la ciudad, sus calles, sus gentes. Una especie de médiums de lo corriente. La práctica común de juegos de palabras, exageraciones, sobreentendidos o presupuestos es a lo que las personas autistas deben adaptarse desde la infancia, ayudados de quienes las rodean. “Está el estereotipo de que no se comunican o que ni sienten ni padecen, pero puede ser todo lo contrario”, profundiza Berlanga sobre esas carencias relacionales que a veces se exceden por lo contrario. “Dani es muy sensible. La percepción de un atisbo de tristeza a su alrededor lo angustia”, pormenoriza sobre ese ser de su hijo a tan extraordinario.
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