E n uno de los itinerantes paseos de Aristóteles con sus alumnos dicen que detuvo su paso y les preguntó: ¿Qué preferiríais, un político sólidamente fiel a sus principios o uno que se bandea con los juncos del devenir? Todos a una respondieron que al primero. “Pero ¿y si sus postulados fueran incorrectos?”. Preguntó de nuevo. Después de alguna duda alguien se atrevió a dar una respuesta “En ese caso el segundo, pues podría adaptarse según las circunstancias. Y tú, maestro, ¿cuál sería tu opción?”.
Hizo un alto, cruzó los brazos y contestó: “La perfección no existe y es difícil encontrar alguien que sea firme en su creencia y elástico en su aplicación pero siempre será preferible un error a la cara que un acierto por la espalda”.
He querido servirme de este texto para trasladar a los lectores, en estos momentos de presentación de propuestas, el debate siempre vigente sobre los programas electorales, su pragmatismo y su cumplimiento.
Un programa electoral debería ser ante todo y sobre todo un ejercicio de honestidad y transparencia ante los electores, una serie de propuestas realistas e inteligibles que quisieran afectar a la vida de los ciudadanos, no un documento abigarrado que nadie lee por su excesiva longitud, o que nadie se cree por su excesiva fantasía.
Ante cualquier Gobierno se plantea la clásica crítica sobre los incumplimientos de su programa y de sus promesas electorales. Sin embargo, esta crítica cabalga sobre la máxima de que todos los partidos incumplen sus promesas. Algunas voces han querido encontrar remedio a la cuestión con la propuesta de convertir los programas en “contratos”. Complicada estimo la propuesta mientras no se aclaren asuntos tales como quién sería el árbitro o en qué porcentaje de promesas (o de qué tipo) se fijaría el límite antes de exigir responsabilidades. No parece por tanto éste el camino a seguir.
Porque, aun cuando se pueden encontrar muy variados problemas en relación a los programas políticos creo que debemos centrarnos en aquellos que son más evidentes. El primero de ellos achaca a los políticos el continuo incumplimiento de sus promesas, de sus programas. Esto guarda estrecha conexión con la vida real: la realidad social es cambiante y compleja, sería iluso creer que se puede abarcar en su totalidad. Reconozcamos que nuestra sociedad y sus problemas hacen imposible que pueda ser encerrada en ningún documento programático por muy buena fe de la que éste pueda venir adornado. Un eficiente o sesudo programa económico puede ser inaplicable o incluso de nociva aplicación si acontece, por ejemplo, una crisis financiera internacional, o monetaria, un alza imprevista del precio de la energía, etc. El segundo de los problemas de los programas políticos es que nuestra democracia es plural porque nuestra sociedad lo es: incluso cuando un programa electoral es realista y realizable, parece incompatible con el hecho de que las democracias occidentales no permiten a ningún partido la realización exhaustiva de lo que se llamaba “programa máximo”. La propia sociedad nos exige pacto y negociación para la puesta en marcha de un programa político porque la sociedad es plural y pluralista. Y también, es conveniente no olvidarlo, porque la opinión pública existe y además es cambiante, y porque la oposición también se ejerce sea mediante movilizaciones públicas o presionando en los despachos, y finalmente hay contrapesos institucionales y normas preexistentes que pueden desvirtuar, variar o hacer inviables las promesas electorales. La Constitución estipula que se debe respetar a las minorías, y esto es un principio básico de la democracia. La mayoría no justifica arrollar al que piensa diferente y privarle de derechos.
Es decir, debemos esperar, por pura aplicación de la democracia, que un programa político ganador no se aplique en todos sus extremos, porque habrá que someterlo inevitablemente a la realidad cambiante de la propia sociedad a la que sirve, a la evolución de los acontecimientos y también al necesario ejercicio de negociación y búsqueda del consenso.
Y esto no obsta para en primer lugar instar a los políticos a que cumplan sus promesas, y en segundo lugar para exigir que los programas sean dignos de confianza porque no sean meros ejercicios mentales de fantasías inaplicables e inalcanzables.
En Ceuta tenemos estos días ejemplos claros de lo que acabo de decir. Vemos como el programa electoral del primer partido de la oposición, la coalición Caballas, está plagado de propuestas que rozan el absurdo o que, siendo benevolente, pretenden cambiar radicalmente el mundo… ¡sin decir cómo se paga!! Es legítimo proponer que todo sea público y que todo se financie desde las arcas públicas, pero creo que es exigible que se diga cómo se llenan esas arcas para abordar todo ese gasto. Si no…se pierde toda credibilidad. Y eso le sucede a Caballas: agotaron su credibilidad por el camino. El PSOE de Ceuta después de anunciar durante meses un gran programa para el “cambio“ en Ceuta, nos deja estupefactos copiando literalmente las propuestas del Partido Popular en Andalucía. Peligrosa esa imagen de que los socialistas de JACarracao no se molestan en trabajar por Ceuta ni para escribir su propio programa. Y Ciudadanos…presenta un programa escaso, improvisado, poco meditado, en el que parece que no conocen con claridad la delimitación de competencias entre el Estado y La Ciudad Autónoma, y que estamos eligiendo gobierno para esta última institución. Cuestión de las prisas…
No hay soluciones mágicas y definitivas para los problemas complejos. La política honrada, sin atajos tramposos, se parece mucho más a la vida: la adaptación, el realismo y la capacidad de cambiar son tan importantes como los principios, las ideas y la firmeza. Y de eso ha hecho gala el Partido popular en estos últimos años de gobierno para los ceutíes. Y de eso puede sentirse orgulloso a la hora de hacer propuestas para los comicios del 24 de mayo. Tenemos la experiencia, tenemos la capacidad de gestión, sabemos cómo se llevan a buen término los proyectos, y tenemos al líder capaz de abanderar la continuidad y el progreso de Ceuta. Esta es la realidad con la que se enfrentan los ceutíes en estas elecciones. Los experimentos, con gaseosa.





