Helen Pluckros, teórica literaria, y James Lindsay, crítico cultural, tras establecer cierta analogía con el lenguaje de los gestos, del humor y de la ironía de la Escuela Cínica de la Antigua Grecia de la segunda mitad del siglo IV, explican cómo los defensores del “posmodernismo” rechazan los valores culturales de la Modernidad y se proponen mejorar la democracia representativa cultivando la ciencia, superando la superstición y defendiendo la libertad con el fin vivir de acuerdo con los valores personales y sociales. Advierten que estos movimientos revolucionarios y reaccionarios -calificados como populistas de extrema derecha o de extrema izquierda- amenazan las ideas básicas de nuestra civilización porque, en el fondo se alimentan de una ideología fundamentalista y dogmática.
Explican que los posmodernos condenan a todos lo que no hablan o no actúan como ellos piensan porque interpretan que los comportamientos –por simples y espontáneos que sean- responden siempre a opciones políticas. Según el “principio del conocimiento” proclamado por este movimiento, es imposible alcanzar conocimientos objetivos y, según el “principio político”, la sociedad está formada por unos sistemas de poder y de jerarquías que deciden lo que se puede saber y cómo, proponen plasmar de forma subjetiva las pautas para organizar la vida ciudadana. Sus temas principales son la difuminación de los límites éticos, aprovechar el poder determinante del lenguaje, defender el relativismo cultural asumiendo la pérdida progresiva de los valores individuales y universales.
Frente este posmodernismo -introducido en la investigación académica y, especialmente en las humanidades y en ciencias sociales- Helen Pluckros y James Lindsay proponen un “liberalismo” que, compatible con las diferentes opciones políticas, económicas y sociales de izquierdas y de derechas, religiosas y seculares, ofrezca un marco común que facilite las soluciones de los conflictos y la discusión de los problemas que surgen en las relaciones de las personas y de las instituciones privadas y públicas.
A juicio de los autores, la reacción de los posmodernos contra el modernismo, contra la búsqueda moderna de la autenticidad, contra “unos hilos narrativos unificadores”, contra el universalismo y el progreso científico y tecnológico, conduce a un escepticismo absoluto del valor de las tradiciones y de las certezas ilustradas a través de una crítica irónica que, en última instancia, desemboca en el nihilismo. Denuncian cómo, los análisis posmodernos proporcionan unas guías de los lenguajes y de las conductas que determinan unas maneras de pensar, de hablar y de actuar, simples y dogmáticas, que borran creencias religiosas e ideologías políticas, pero que, al mismo tiempo, generan otras convicciones firmes parecidas, paradójicamente, a las observancias religiosas y a los credos políticos tradicionales.
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