Fue en 1983, 42 años se han cumplido ya de una historia con un final entrañable, pero es que la frase tiene ya más de medio siglo o quizá más.
Vamos a tomar un chato a la playa, nosotros éramos unos niños y no entendíamos la frase esa , que se entendía como tomarse unos vinos, esa era la palabra clave de mucha gente, de bajarse al bar Don Juan, que estaba en pleno centro de la playa de la Ribera, de noche se convertía en la discoteca Arco Iris.
Yo que era un chavalín ahora comprendo eso de que bajaban a la playa a bañarse por dentro y no por fuera.
También la gente se ponía tierna de estas tapas de tortilla, con un frescor salado y crujiente, ese aroma no lo he perdido.

Cuántas veces cierro los ojos al degustar una tortilla que se haya enfriado y tenga ese sabor a playa, esas patatas fritas, esas croquetas y ensaladillas rusas.
Mi padre, al terminar la jornada de playa “a reponer fuerza” nos metía en un bar y también decía una frase como de “volcar el plato”, eso era el no dejar ni un grano de nada en los aperitivos.
Todo el complejo del chiringuito de Don Juan tuvo esplendor en su tiempo, si de noche era una disco, por la mañana alquilaba los roperos, las duchas, los vestidores, chanclas, zapatillas, perchas hacían una mezcla inolvidable en su frenesí, salíamos de la ducha casi con la espuma en la cabeza, para no perder el tren del chato a la playa.

A mi hermano Carlos, pues se nos quedo eso de un chato a la playa y claro tantos años después, la ausencia el vacío y la soledad fraternal hace que los recuerdos y las cosas bellas que has vivido en esta tierra se te vengan a la memoria como este final de año.
A principios de los ochenta volvió el auge de los chiringuitos, por lo menos se pusieron dos bastante buenos en el Chorrillo y el final de esta historia fue, en un domingo nublado y agradecido, por el cuerpo después de tanto calor y sol, estuvimos haciendo cabriolas y nadando, salimos del agua, ya con el monedero y la calderilla para tomar un chato, a la playa.

No reparé en que sólo había para una tapa, la tortilla se salía del plato, no estuve atento, a eso de compartir con mi hermano la tortilla y el se quedaba ‘pelao’ con el refresco.
El señor del bar que con su experiencia y sus canas nos llamó, y como una banderilla preparo, otro pincho para mi hermano.
Ahí está el recuerdo de esas perlas de la Bahía Sur, de esta concha marinera, la Ribera, el Chorrillo, en sus chinos, su arena, sus rocas y en sus espigones, en sus murallas guarda todas mis emociones.







Ese bar era de mi padre Juan Ruiz Núñez y mi madre África Rodríguez Lara. Mi infancia fue maravillosa en esa playa. Todos los años mi familia y yo disfrutábamos los veranos q para nosotros constaba de 5 meses. Os quiero y os echo mucho de menos papá y mamá.