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¡Peregrino, buen camino!

Por Redacción
21/03/2014 - 11:00

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Dice el diccionario que una peregrinación es un viaje a un santuario o lugar sagrado con altas connotaciones  religiosas.

Para mí es algo más: la peregrinación es un reencuentro con la historia de nuestra religión, hoy día de una forma amable, descubridora, festiva e incluso divertida, pero sobre todo es un reencuentro con nosotros mismos, es dejar la puerta abierta a los sentidos, es un viaje del alma.
Fue poco antes de la Navidad de 2009 cuando de forma totalmente casual alguien dejó caer un comentario que puso en guardia mis cinco sentidos: “los agustinos están organizando un viaje a Tierra Santa”. Allí empezó todo, ése fue el origen. Aquellas palabras casi susurradas al oído en medio de un local lleno de pinturas de pasajes bíblicos, santos, vírgenes, ángeles y velas,  donde la música tronaba por encima de nuestras voces ya un poco tambaleantes, removieron en mi interior un deseo guardado por mucho tiempo que emergió con una fuerza arrolladora. Ahí estaba la oportunidad, era el momento. En la primavera de 2010 volábamos a Tierra Santa.
Empezó de forma distinta a todo lo experimentado hasta entonces. En el mismo Barajas los policías  israelíes nos interrogaron por grupos familiares. ¿Quién es vuestro líder?, ¿cómo se llama?, ¿a qué vais a Israel?, ¿alguien os ha dado un paquete, algo para transportar?... Visitamos Nazaret, cruzamos el mar de Galilea cantando aquel Novio de la Muerte inmortal, nos bautizamos en el Jordán y nos volvimos  a casar en Canaán.  Comimos en Jericó, nos asombramos en  el desierto de Qumran, nadamos en  el Mar Muerto,cantamos villancicos en Belén. Y, en Jerusalén,  en la preciosa, decadente, santa y tumultuosa Jerusalén, nos emocionamos como nunca.
Los padres agustinos nos llevaron y nos regalaron momentos inolvidables como aquellas eucaristías en el Campo de los Pastores o en el Monte Calvario a las 7 de la mañana, donde se estremecieron hasta los iconos que colgaban en sus paredes. Nos dejaron fotos como las del Muro de las lamentaciones o las del baño en el Mar Muerto. Y las mejores, las vistas de la Ciudad Vieja desde del Monte de los Olivos.
Aquel fue el primero,  el del conocimiento, el del descubrimiento, el que abrió el sendero que marca el camino y también fue probablemente, el más emotivo. El que nos hizo hermanos a un grupo de personas prácticamente desconocidas, amigos para siempre. Aquello resultó  tan buena experiencia que al año siguiente continuamos,  en primavera  fuimos a Italia. Empezamos por Florencia, museo al aire libre donde los haya,  y reposamos en un hotel, en Prato del que ninguno queremos acordarnos pero que no se nos olvida. La visita a Florencia fue maravillosa, siempre lo es, y siempre sabe a poco. Pisa nos asombró por esa Piazza dei  Miracoli tan inmaculada; la pequeña Asís, de la que nadie deseaba partir, tal era la tranquilidad y sosiego que se respiraba en la localidad. Visitamos al Santo, San Antonio, en Padua, navegamos en góndola por los canales de la república Serenísima de Venecia;  el mismísimo Domingo de Ramos, escuchamos la Santa Misa como pocas veces volveremos a oír, en la catedral de San Marcos.
Este viaje acabó con un broche de oro, visitando el Miércoles Santo al Papa Ratzinger en Roma, esa ciudad de la que uno nunca tiene bastante, y empachándonos de pizzas y helados perdidos en el Trastévere. Durante la audiencia, he de decir que aquello fue una autentica fiesta, banderas de cientos de países ondeaban en una Plaza de San Pedro en la que no cabía mas gente. “Agustinos de Melilla”, nos llamaron por los altavoces, pero vamos, que nos dio igual. Allí estuvimos con nuestras camisetas del  I love Ceuta.
2012 fue el año de Turquía, el grupo iba creciendo, ya no éramos los treinta y tantos del primero.  Muchos repetían, otros se quedaban  y otros se enganchaban.  Este fue quizás  uno de los grupos más numerosos,  un viaje bastante cansado, con más autobús y vuelos internos, con retrasos de horas. Las rutas de San Pablo por tierras turcas llevaron a los peregrinos por  las ruinas romanas de Éfeso,  los bellísimos parajes de las fuentes termales de Pamukale, Konya donde un grupo de refugiados iraquíes cristianos compartieron una emotiva celebración de la santa misa con la peña, hubo gran madrugón para pasear  en globo por la Capadocia aunque algunos se tuvieron que quedar en tierra porque el piloto del globo dijo que no subía... hasta acabar en la milenaria  Estambul paseando en barco por el Cuerno de Oro, en tranvía por la avenida Istiklal o por el Puente Gálata donde mientras unos cuantos disfrutaban de un rico bocata de boga, otras se quedaban encerradas en el  Gran Bazar o disfrutaban de un relajante hammam.
La cuarta peregrinación no tuvo nada que ver con las tres anteriores, un país donde pocas iglesias católicas quedan, donde en primavera el frio aprieta  e incluso nieva, Rusia. Moscú y San Petersburgo. Nada más empezar casi  se aborta el viaje en Málaga, un cambio de horarios y el avión ya había salido, nuevos planes y todo resuelto en un par de horas. Llegada a Moscú y un frio helador recibe al grupo, está nevando, todos buscan refugio en los Starbuks. El Kremlin, la Plaza Roja, el metro, las catedrales...viaje en tren nocturno  para cruzar medio país, donde las maletas no cabían en los compartimentos y en el vagón restaurante se acabaron las cervezas ante tamaña demanda de los peregrinos caballas; para llegar, por fin, a orillas del Báltico donde la ciudad de los zares, San Petersburgo, se alza hermosa. El rio Neva con sus puentes, algunos construidos por el ingeniero Eiffel, el Hermitage, museo donde los haya, el palacio de Catalina, la fortaleza de San Pedro y San Pablo donde yacen los zares y la familia Romanov,  el teatro Marinski con su perfecto e impecable ballet o la catedral de San Isaac.
 Todas son visitas inolvidables, todas en buena compañía y es que no importa donde estemos o donde vayamos. Lo que importa  es esa mesa rodeada de amigos, un grupo cada vez más compacto, la mejor red social a la que engancharse para pasar un buen rato, juntos. En todos estos paseos los brazos de los padres agustinos han sido un firme bastón donde apoyarse, sobre todo para las damas de mayor edad, he de decir que  pasearon con gallardía de galán de cine a las señoras colgadas de sus antebrazos.
Los peregrinos nos sentimos orgullosos de serlo, estas vivencias se meten en el cuerpo y se convierten casi en una adicción. Peregrinos hay de casi todas las confesiones, judíos, musulmanes, budistas...todos buscando valores espirituales como  la renovación, la iluminación, la purificación. El peregrinar no es llegar a un santuario y comprar estampas, rosarios o medallas y volver con un montón de fotografías. Se trata de una manera de pensar, de abrir los balcones de la mente y enriquecerse con experiencias, de meditar como evaluarse a uno mismo para mejorar y  volver con las pilas puestas, conseguir esa tranquilidad espiritual para retomar el día a día con mayor energía e ilusión.
Este año el grupo cumple 5, un lustro, Croacia nos espera, vamos casi  los de siempre y alguno más. Lo que esperamos de este viaje es conocer lugares, conocer gente, conocer un poco más de la historia de nuestra religión y de la cultura del país, pero sobre todo, lo que queremos es estar con los amigos, y volver renovados, quizás crecer en la fe, madurarla, estar más cerca de ese sosiego necesario para viajar por la vida  que hasta mas bueno ,dicen algunos, que te hace, puede ser.
En agosto de este año, los agustinos hacen el Camino. El nuestro, el español, el del  Apóstol que está enterrado en Santiago.  No es un viaje turístico, es la peregrinación por excelencia. Es austeridad, pero también generosidad, es un camino que empieza en la puerta de tu casa, precioso, lleno de riqueza cultural y natural, un camino de superación, de encuentro y de vida. Este sí que engancha, pocos son los que lo hacen y no repiten. Si queréis ir con ellos,  preguntadles. En el colegio os dan información.
Peregrinar es ponerse en camino para ir al encuentro de Dios, para mí que Dios va contigo siempre, acompañándote en el camino, búscate a ti mismo porque Jesús ya te acompaña.
¡Peregrino, buen camino!

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