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Perder la inocencia

Por El Cañonazo
18/05/2023 - 04:15
aula-coelgio-pasillo-centro-escolar
Imagen de archivo

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A mi maestra Margarita Fuster, con quien tanto he querido.

Recuerdo que una vez fui joven, de eso hace ya mucho tiempo. Aunque era muy mal estudiante e iba aprobando con muchísimas noches sin dormir; hay una frase de Borges que resume poéticamente lo que quiero contaros: “A la luz de una lámpara estudiosa paso las noches del invierno oscuro”.

Mi adolescencia no fue nada fácil pero tuve unos profesores y compañeros extraordinarios que me acompañaron durante todo el bachillerato.

En esa época se fueron forjando lazos de amistad con los muchos de los docentes: respeto, complicidad, compromiso y cualquier asunto que hacía de la enseñanza una escuela de vida.

Mis compañeros y yo encontrábamos en ellos el apoyo que necesitábamos. Sus materias, sus enseñanzas eran explicadas con cercanía, sin tener miedo a guardar las distancias. Sabíamos su papel y el muestro. Profesores y alumnos.

Organizábamos de todo fuera del instituto: excursiones, charlas, certámenes de poesía, viajes de un día, campeonatos de ajedrez, salidas al campo y a cualquier evento interesante. No se me va de la memoria un día que llegué a casa y me encontré con mi tutor hablando con mis padres: fue uno de los mejores regalos que me han hecho nunca. En ese momento comencé a crecer como persona y percibí que nunca estaría solo, que los profes eran los cimientos que necesitaba para aprender a aprender.

Es curioso, pero pocos chicos conocíamos al director o al jefe de estudios; sabíamos que estaban en sus despachos pero que se dedicaban a otros asuntos que en nada tenían que ver con la disciplina.

Vivimos el golpe de Estado de Tejero, la incipiente democracia, las huelgas de la enseñanza en las que participábamos con ellos, las comidas de final de curso y tantos cafés en las primaveras de los blancos almendros.

La afectividad nos daba una complicidad extraordinaria que nunca se mezcló con la objetividad a la hora de evaluar nuestros conocimientos

A los 17, Margarita, una profesora de Filosofía, deshizo mi refugio adolescente e hice un viaje alucinante por la Historia del pensamiento; me convirtió en filósofo. Miraba el reloj y el calendario esperando la hora de sus clases que me dejaba los ojos abiertos y un nudo en el alma. Nunca más podremos devolverle todo lo que sembró en varias generaciones.

Estudié Filosofía; de cuando en cuando me invitaba a su casa llena de libros; por ahí pasamos muchos estudiantes que luego nos hicimos profesores.

A los 24 años comencé a trabajar en la enseñanza, intentaba imitar aquellos maravillosos años de guitarra en ristre cuando quedábamos a preparar cualquier examen de urgencia y descansábamos escuchando a Paco Ibáñez, Serrat, y otros cantautores.

Nunca nada es lo mismo pero me encontraba cómodo en el aula con mis alumnos y con sus padres. Me sentía feliz, auténtico, yo mismo, sin miedo a meter la pata en cualquier comentario o discusión.

Poco a poco fui perdiendo la inocencia pues cualquier acción entraba en un círculo de sospechas, bulos y malos entendidos.

Si invitabas a los alumnos a desayunar es que dabas dinero a los alumnos, si quedabas por la tarde a explicar dudas eras mirado con desconfianza, si había un grupillo de chavales que querían ver un partido de fútbol en casa, eras pasto de críticas incomprensibles y durísimas, si había un conflicto y perdías los nervios, la dirección del Centro te llamaba a capítulo, si suspendías, los padres y ellos mismos te ponían a caer de un burro, si ibas al cine una tarde o de excursión un sábado, eras la comidilla de tus colegas, si querías ayudar económicamente a un alumno, te acusaban de lo más grande.

Este año una compañera me dijo que había regalado un móvil muy caro a un alumno. Nunca lo hice, jamás se me habría ocurrido pero el bulo corrió como la pólvora.

Ahora ya he comenzado a perder la inocencia, entendí que “el gran hermano” había entrado en todo lo que hacía, que cualquier palabra, cualquier gesto se podría volver contra ti.

Ya pienso en la jubilación como una escapatoria para sortear la humillación, la indefensión, el dolor de haberme arrancado de cuajo todo lo que supe de mis antiguos profesores.

Así he renunciado, he tirado la toalla, me he rendido. Percibo trampas que me observan por todos los sitios.

La educación se ha convertido en un resistir, es un aguantar, es un sobrevivir, en no salirse de un guión estricto. No hay otra cosa.

Perder la inocencia es un camino muy duro. Ya dejas de ser tú; el sistema te habrá robotizado, muchos de los chicos, también víctimas, cercarán la posibilidad de cualquier proyecto que los ayude a ganar la inocencia que nunca tuvieron.

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