A día de hoy, las líneas de confrontación se han desplazado desde el conflicto de Oriente Medio que algunos analistas denominan la ‘Guerra de los Cuarenta Días’. Y quiénes afirman que nos encontramos en un escenario de impasse estratégico, omiten lo fundamental: las reglas que determinan ese equilibrio, ni mucho menos ya no son las mismas.
Y es que desde el ataque iraní contra el Estado de Israel en la madrugada del 7/VI/2026, constituye algo cualitativamente incomparable a los incidentes preliminares de enfrentamiento entre ambos países. Por vez primera, la República Islámica de Irán hostigó directamente al Estado hebreo, sin que una operación israelí previa contra su superficie o que activos iraníes lo antepusiera.
Durante años, los observadores han descrito la doctrina de disuasión iraní como reactiva. Me explico: Teherán captaba las sacudidas recibidas, deducía la réplica y procedía en el instante y punto culminante de su designación. Esta identificación puntualizaba un modelo de conducta sin contemplar las circunstancias que lo sustentaban, ni a las que podrían modificarlo.
Con lo cual, los hechos desencadenados en la fecha inicialmente mencionada, sacan a la palestra que Irán ha retocado los métodos de su concreción estratégica. O lo que es igual: no se supone forzada a aguardar un ataque directo contra su espacio territorial para alegar una respuesta. Irán ha trenzado contra todo pronóstico una magnitud que cambia por completo el círculo de ese criterio.
Como del mismo modo, actúa ante los bombardeos israelíes contra Líbano, o al menos a aquellos que entiende como una línea roja. Luego, la interrogante que emerge es que realidad hace permisible esta transición.
Los Estados rediseñan las reglas de juego cuando se percatan que el balance de poder en su entorno, al igual que sus capacidades internas y las condiciones regionales, les otorgan ponerse al frente. Lo que el ataque apuntado muestra un grado de convicción estratégica en Irán que es difícil disociar en el alcance de este conflicto.
Y pese a las campañas militares contra Teherán, a día de hoy están lejos de ser vencido. Las autoridades iraníes conciben la evidencia de que en este momento no existe amenaza potencial, tanto ni de Estados Unidos como de Israel, capaz de comprometerles a un cambio capital en su política. Irán se divisa en una posición que le permite implantar otros compases a sus contendientes, que desenvolverse dentro del marco que otros le infligen.
Esta clarividencia aglutina repercusiones políticas que ordenan el proceder de los actores involucrados, con independencia de cualquier apreciación externa sobre sus alegatos materiales.
Lo que hace exclusivamente significativo el ataque en cuestión es que no acontece en vano, sino sobre la connotación de una metamorfosis territorial acumulada. La Guerra de los Cuarenta Días no solo fracturó por momentos la capacidad operativa iraní, sino que robusteció una lectura del equilibrio territorial que Teherán venía entrelazando desde hace varios meses.
En ese marco, los hechos constatados son la exposición de una valoración estratégica: que la ocasión es favorable, los rivales no tienen las capacidades precisas para perturbar el statu quo vigente y la iniciativa puesta en escena, causa consecuencias que la contestación reactiva no podría originar. La confianza estratégica que proyecta esta determinación está lejos de ser una improvisación.
Al mismo tiempo, sus argumentos son operativos. Irán defiende el Estrecho de Ormuz bajo perspectivas de tránsito que estriban de su credencial, confirmando que es capaz de oponer resistencia a la arremetida de Estados Unidos e Israel sin ceder lo más mínimo, moviéndose como pez en el agua en una región que los analistas entienden que está siendo remodelada en atención a sus premisas políticas.
“Hoy, el retrato rimbombante es de dos contrincantes que en apariencia han optado por no dispararse y perder el control. Pero la prueba indiscutible empezará tras la firma”
Pero para interpretar hasta qué punto Estados Unidos sale algo resentido de este conflicto, basta con prestar atención cómo ha evolucionado su disposición. Desde la pretensión de Donald Trump (1946-80 años) de un sometimiento absoluto, hasta una conformidad que ni tan siquiera desgrana el tema central. Por entonces, J. D. Vance (1984-41 años) se marchó de Islamabad tras rubricar que la oferta americana quedaba sobre la mesa y que le incumbía a Irán admitirla o cargar con las resultantes. Finalmente, Irán no cedió.
Como es sabido, Trump no tardó en demostrar su empeño iniciando un cerco naval sustentado en dos visiones. Primero, que el estrés financiero comprometería a Teherán a sacrificar concesiones importantes y que la República Popular China, encadenada también a presiones económicas, impondría a Irán a resignarse. El caso es que el mandatario norteamericano viajó a Pekín y no consiguió de Xi Jinping (1953-73 años) ninguna cesión al respecto. A su vuelta, acabó dando marcha atrás de proseguir la guerra, como lo realizaría en días siguientes.
Por otro lado, Irán paralizó las negociaciones directas cuando se aplicó el bloqueo y apartó el expediente nuclear para pasarlo a un papel secundario. Dejando claro que únicamente trataría este guion una vez estuviesen suprimidas las restricciones, pese a las insistentes intimidaciones de nuevos bombardeos. Ahora bien, la humillación norteamericana que sobrenada de este proceso maniobra en dos vertientes consustanciales. Primero, Irán contrarrestó la coerción y respondió de manera que agitaron las hipótesis sobre un dominio indiscutible en la zona.
Numerosas jornadas de intensos bombardeos no terminaron en una rendición. Más bien, modelaron un Irán que arremetió contra Israel desde una situación que sus contrincantes no predijeron.
Y segundo, el aspecto discursivo, porque algo más profundo está por venir. La competencia de Estados Unidos para designar, catalogar y precisar el entorno político se ha debatido firmemente como ninguna administración anterior hubo de afrontar con este descaro. Ni que decir tiene, que durante décadas, la Casa Blanca compuso un orden de accesibilidad en el que Irán se mostraba como un hueso duro de zanjar, como actor que debía ser subordinado hasta admitir los fines del orden liberal.
Lo que definen los recientes hechos es que ese orden de inteligibilidad no atañe a la esencia que intenta trazar. La República Islámica no fue dominada en ningún momento. Y esa obstinación continuada posee una retórica que el cotejo convencional no puede absorber sin examinar sus indicios.
Este formato discursivo es el que los marcos razonados convencionales tienden a rebajar, porque se desenvuelve por debajo del principio de lo que se discurre estudio minucioso. La política exterior norteamericana hacia Irán ha procedido históricamente desde la condición de que Washington tiene el derecho a planificar el orden regional y que los actores que rehúsan y escupen esa conformación, concretan incoherencias que han de enmendarse.
Estas semanas de guerra han indicado que esa señal resulta estratégicamente inoperante. La coerción ocasionó un reajuste del equilibrio regional que Washington no previó y que con las acometidas aéreas no supo gestionar. La interpelación que Estados Unidos debería hacerse y que su cosmovisión le imposibilita establecer con vislumbre, radica si la política de máxima presión no ha originado lo contrario de lo que le brindaba: un Irán más entusiasta, preparado a la iniciativa y menos supeditado a los desenlaces que sus enemigos querían infligirle.
Conjuntamente, la decisión de Irán de fusionar expresamente su respuesta a los ataques israelíes contra Líbano, desbarata con rigor dos gráficas que han deambulado durante años con insignificante reconocimiento crítico.
La primera corresponde a la fórmula de proxy designada sistemáticamente a Hezbolá, admitiendo un paralelismo de manipulación arbitraria en la que Teherán usa a la organización como artilugio de su política regional, sin agencia exclusiva y sin intereses que no sean los de su aparente benefactor. Y la segunda, es el relato con el que Hezbolá remolcó a Líbano a una guerra de otros, como si este país fuera un espectador indiferente de un conflicto ajeno a su voluntad e historia política.
Como quiera que sea, ambas descriptivas conllevan un desempeño imperativo, que no puede ser otro que privar de validez la resistencia libanesa reenfocándola como efecto mariposa hacia un recurso externo, antes de como entonación de un posicionamiento político con raíces históricas.
El blindaje de contención que Irán ha desplegado sobre Líbano, dejar ver algo que va más allá de la integridad de los intereses estratégicos de ambos actores, como del calado de sus nexos ideológicos y religiosos, aunque estos consten y sean políticamente destacados.
Lo que surge es una idea de la soberanía como autodeterminación regional, una influencia frecuentemente practicada y preservada mediante la firmeza y la solidaridad. Este enfoque desentona con la soberanía formal, transferida externamente y que reproduce el gobierno libanés. Y que como ese gobierno ha justificado, podría ser desautorizada o dada en la destreza sin que su calificación formal varíe. O séase, su gentileza prescribe quién intervendría en nombre de una comunidad, cuando esa comunidad, valga la redundancia, es arremetida y quién sólo puede solicitar una autoridad que ya no domina.
Al fin y al cabo, Irán procede desde un discurso en la que el valor político principal se haya instaurado por la autonomía política de la comunidad y por la facultad de situar sus propios términos de seguridad y oponer resistencia a la amenaza externa.
Una dicotomía que la exploración convencional de las relaciones internacionales ha sido incompetente de capturar, porque hace hincapié en utilizar a Irán como un actor cuyos veredictos sólo pueden asimilarse como respuesta a impulsos externos, de ningún modo como manifestación de una valoración estratégica. Al menos en estas semanas de guerra, Irán exhibe que ese marco es exiguo y remitiéndome nuevamente a la fecha inicialmente indicada, lo ratificó de una manera que a duras penas tolera un razonamiento superpuesto.
Las escalas con las que el análisis occidental ha maniobrado durante décadas, llámense sus agrupaciones de actores fundados e infundados, o las singularidades entre Estados y proxies o su terminología de imposición y sometimiento, no están en condiciones de enjuiciar esa evolución sin una investigación que de momento, apenas algunos organismos dan la sensación de estar listos para comenzar.
Dicho esto, ahora Trump ha de hacer frente a los sucesores de sus contrincantes muertos, aguardando que tanto la violencia como el daño ocasionado los haga más propensos a un acuerdo. Estados Unidos hubo de enfrentarse al mismo inconveniente en Afganistán, donde los continuos acometimientos contra los cabecillas talibanes dejaron a hijos encrespados y rencorosos y a menos ancianos comparativamente moderados, cuando se presentaron las coyunturas pertinentes de negociación.
La carrera de sucesión ha dejado a Irán con más exaltados en el poder, o al menos con la posibilidad de desempeñar autoridad en el desconcierto y la incertidumbre que producen las normas de seguridad de las que está en manos la dirección. Las degradantes y ofensivas menciones discontinuas de un acuerdo inconcluso son muestra de ello.
A Trump no le queda otra que aceptar que la línea jerárquica iraní es confusa. Lo que intrinca el acuerdo en objeto de unas cuarenta declaraciones, sobre lo cerca que estuvo de cristalizarse.
Con total seguridad, en el tiempo acontecido Irán ha sufrido importantes daños por el castigo aéreo recibido y azotado por las sanciones. Si bien, Estados Unidos no queda al margen de estas luces y sombras.
Primero, la disuasión militar norteamericana parece menos eficaz que hace algunos meses. Según avala el Comando Central de Estados Unidos, es cierto que se han alcanzado miles de objetivos. No obstante, el potencial de Irán para diseminar el caos mediante drones, misiles y minas, es un rescoldo evidente para Estados Unidos y sus socios. No tanto por los quebrantos materiales acarreados, sino por el perjuicio económico proveniente de los elevados costes de los hidrocarburos y la crisis energética mundial.
La tolerancia taxativa de Estados Unidos al sufrimiento sale a la luz. Verdaderamente, no digiere más meses de precios por las nubes del gas. Por otra parte, las esferas más pertinaces de Irán estaban por la labor de jugar sus cartas con la viabilidad de retomar los bombardeos aéreos y abordarlos con municiones de precisión.
Segundo, la conexión de Estados Unidos con un aliado regional crucial como es Israel, se ha visto empañado. Con anterioridad, Benjamín Netanyahu (1949-76 años) intentó inducir a Trump la visión de un ataque repentino. Es más, Estados Unidos desacreditado bajo la presidencia de Joe Biden (1942-83 años) por no atajar los excesos israelíes perpetrados en Gaza, ahora pretende definir la operación israelí para afrontar el desafío de seguridad más existencial que encara al Norte con Hezbolá. Esto, en sí mismo, concreta un vuelco notable. Tercero, Irán ha dilatado y digamos que generalizado, su ayuda a Hezbolá, su aliado en Líbano, tras la embestida israelí contra el suburbio de Dahieh (3/X/2024), al Sur de Beirut, considerado el bastión de Hezbolá.
En opinión de algunos observadores, era la primera vez que Irán acometió a Israel por atacar a otro estado. La conjetura de que Irán sea su defensor puede parecer grotesca para muchos libaneses, dado que Líbano se vio empujado al conflicto por los movimientos temerarios de la milicia aliada cuando se engarzó a la guerra de Irán contra Israel. Pese a ello, el ataque iraní indicó la credibilidad estratégica de Teherán, cuando objetivamente debería estar en un nivel bajo.
Y cuarto, el deterioro a la popularidad de Trump ha quedado visiblemente atenuada, interponiendo una guerra a diestro y siniestro por voluntad propia que ha reducido el apoyo de su base política MAGA. Sin omitir, la repercusión que a grandes rasgos ha comportado en la economía americana.
En este contexto habido y por haber, una vez se ha firmado el memorando comienza a precipitarse la extensión de sesenta días de duras negociaciones para trastear cuestiones enrevesadas como el programa nuclear iraní, abarcando el acomodo de sus reservas de uranio altamente enriquecido. Este ha sido el fondo central de las conversaciones arbitradas por Omán.
Si se enriquece a cotas elevadas, el uranio es un combustible nuclear crucial destinado para elaborar una bomba nuclear. Se estima que en la actualidad Irán aglutina más de 440 kilogramos de uranio altamente enriquecido. De hecho, Trump ha insistido dejándolo por escrito en las redes sociales en una de sus líneas rojas: “Irán debe aceptar que nunca tendrá un arma nuclear”.
Y agregó que las reservas de uranio que posiblemente quedaron ocultas tras los ataques estadounidenses, serían recuperadas en un trabajo conjunto entre Estados Unidos e Irán, para posteriormente ser eliminadas. Aseveración que los medios gubernamentales pronto negaron. A ello hay que añadir, que el mandatario americano ha señalado que no quiere que el uranio sea remitido a Rusia o China. En tanto, Rusia se ha prestado en reiterados momentos a recibirlo.
Todavía no está lo suficientemente claro, cómo o incluso si las grandes reservas de uranio menos enriquecido, entrarán dentro de las negociaciones. Aunque Trump había expuesto que un aplazamiento del enriquecimiento durante veinte años sería admisible. Mientras que algunas fuentes indican que Irán habría planteado una suspensión temporal.
En lo que atañe a los activos congelados de Irán, la economía iraní ya afrontaba significativas contrariedades antes del estallido de la guerra y el paro se ha disparado fulminantemente. Irán reclama el desembargo urgente de miles de millones de dólares en activos inmovilizados en entidades financieras extranjeras. Con todo, un alto funcionario americano reveló en la CNN, que esos activos únicamente se liberarían una vez que el Estrecho de Ormuz fuese reanudado.
“Una paz anticipada en palabras entre Washington y Teherán que deja un rompecabezas sobre el papel mojado de Israel”
Si finalmente el acuerdo se lleva a término, podrían liberarse una cantidad importante de activos iraníes. Igualmente, se han debatido planes para instaurar un fondo de inversión consignado a la reedificación del país, contribuyendo con miles de millones de dólares una vez alcanzado un acuerdo final. Estados Unidos no asignaría en ese fondo y la mayor parte del dinero derivaría de estados del Golfo Pérsico.
Y con respecto a las sanciones, funcionarios en Washington han explotado el término “sin polvo, no hay dólares”, para combinar la exclusión del uranio altamente enriquecido con las obligaciones económicas de Teherán. Igual que ocurre que con los fondos inmovilizados, las sanciones aplicadas a Irán solo serían levantadas una vez el Estrecho de Ormuz opere con normalidad.
A día de hoy, la economía iraní padece el golpe de una extensa escala de sanciones internacionales, la amplia mayoría castigadas por Estados Unidos y Europa. No se cree que se descarten rápidamente, sino que éstas queden supeditadas a los progresos en el expediente nuclear. Irán presume que durante un período de sesenta días, solo el levantamiento de las sanciones sobre las exportaciones de petróleo, culminarían unos diez mil millones de ingresos para el Gobierno.
Al igual que la piedra de toque en el camino que impide cualquier avance reside en la complejidad había entre Israel y Hezbolá, esta última alentada por Irán. En estas últimas jornadas funcionarios iraníes han instado en que en el acuerdo debe aplicarse al “fin de la guerra en todos los frentes, incluido el Líbano”.
No es baladí, que las Fuerzas de Defensa de Israel hayan prolongado su acometimiento en el Sur de Líbano y articulado nuevas evacuaciones, mientras Hezbolá prosigue lanzando drones y cohetes contra Israel, produciendo bajas entre las filas hebreas dentro del espacio libanés. El alto el fuego convenido a demanda de Washington, subsiste solo por lo que se le conoce y la Administración de Trump ha intensificado su apoyo a la campaña israelí.
Finalmente, las negociaciones siguen empañadas por un constante escepticismo y dudas entre ambas partes. Los intermediarios iraníes mencionan tenazmente que la nación fue atacada en innumerables ocasiones por Estados Unidos, mientras las negociaciones seguían fructificando. De ahí, que el principal negociador iraní, Mohammad Bagheri Ghalibaf, haya declarado al pie de la letra que “no confiamos en garantías ni en palabras; solo las acciones cuentan. No se tomará ninguna medida antes de que la otra parte actué”.
En consecuencia, las muchas reservas e incógnitas permanecen en el aire con el programa nuclear y el frente abierto en Líbano como los puntos insuperables o inamovibles. Una paz anticipada en palabras entre Washington y Teherán que deja un rompecabezas sobre el papel mojado de Israel. Si la guerra se inició el 28/I/2026 con una ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel saldada con la muerte del líder supremo iraní, desde entonces, el Gobierno de Netanyahu defiende un posicionamiento más belicoso que el acogido por la Casa Blanca. De hecho, según diversos medios de comunicación, Trump habría declarado en privado su incomodidad por algunas operaciones israelíes ejecutadas mientras prosperaban las negociaciones.
La República Islámica de Pakistán confirma que el acuerdo contempla la finalización de las operaciones militares en todos los frentes, incluido Líbano, pero aún no queda claro hasta qué intensidad Israel se siente ligado por los compromisos logrados entre Washington y Teherán.
Posiblemente, la mayor incongruencia de este atolladero por momentos inabordable, sea la situación en la que muere. Cuando irrumpieron los primeros embates aéreos, Trump aseguraba a bombo y platillo un triunfo resuelto. Hacía mención a unas cinco semanas de operaciones y aseguraba que la presión militar confluiría en un giro de régimen en Teherán.
Curiosamente, más de tres meses después, el marco es distinto: el líder supremo pereció en los primeros compases del conflicto y fue sucedido por su hijo; la forma de gobierno iraní resistió; el Estrecho de Ormuz continuó interceptado y los precios de la energía por doquier se dispararon. Y como colofón, Estados Unidos terminó sentándose a negociar con los mismos dirigentes iraníes a los que semanas anteriores había dado su palabra de dejar en punto muerto.
Hoy, el retrato rimbombante es de dos contrincantes que en apariencia han optado por no dispararse y perder el control. Pero la prueba indiscutible empezará tras la firma. Será entonces cuando se sepa de primerísima mano los meollos del acuerdo y cuando las partes habrán de exhibir su disposición a formalizarlo, tras décadas de susceptibilidades, desavenencias y desplantes.
Más que la última etapa de la crisis, el probable memorando encarna el germen de un nuevo curso. Un período en que la paz penderá en un hilo, no ya solo por lo que se plasme en el papel, sino de la voluntad de dos titanes históricos para transfigurar de uno u otro modo, un paréntesis quebradizo presto a encajar en las piezas de un puzle ficticio.






