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Patriotas

Por José Aureliano Martín
30/08/2026 - 08:25
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Ceuta siempre ha sido frontera. A veces frontera militar. A veces frontera humana. A veces frontera moral. Y demasiadas veces, frontera prisión. Durante más de tres siglos, Ceuta fue ciudad presidio. Desde el XVII hasta 1983, la ciudad funcionó como enclave militar y cárcel del Estado. El Penal del Hacho —activo entre 1870 y 1979— fue su emblema: piedra, aislamiento, disciplina. Una ciudad encerrada, vigilada, castigada.

Hoy, algunos parecen querer devolverla a esa condición. No con barrotes, sino con discursos. No con muros, sino con consignas. No con guardianes, sino con “patriotas”.

Samuel Johnson, el autor del primer diccionario inglés, dejó escrito en 1775 una frase que debería estar grabada en la puerta de cada parlamento: “El patriotismo es el último refugio de un canalla.” Y qué cantidad de canallas se refugian hoy detrás del patriotismo.

Los hemos visto estos días. Gritando, señalando, agitando banderas como si fueran armas, insultando a migrantes que solo buscan una vida mejor, y presumiendo de una patria que no conocen, que no aman y que no respetan. Mi amigo, que vive desde hace décadas en Ceuta, me escribió tras leer mi artículo anterior: “Ceuta está sentenciada. Solo espera que se señale la fecha de su ejecución.” Y añadió algo que me atravesó: “No me siento compatriota, ni siquiera congénere, de esos miserables que atacan a pobres desgraciados.” Lo suscribo palabra por palabra.

Porque lo que hemos visto esta semana no es patriotismo: es miedo, es odio, es ignorancia, es racismo. Y es, sobre todo, utilización política del sufrimiento ajeno.

La derecha y la extrema derecha españolísima del PP VOX han decidido convertir a Ceuta en un laboratorio de su estrategia nacional: negar al Gobierno el pan y la sal, rechazar los 25 millones de euros destinados a aliviar la emergencia, impedir soluciones mientras exigen mando único, y mentir a los ceutíes prometiendo que “no se quedará ninguno”, como si la frontera fuera una puerta giratoria y no la línea más desigual de Europa.

Mi amigo lo resumió con brutal claridad: “Ceuta es el campo de concentración que Europa necesita para que estas criaturas no se muevan libremente.” Y tiene razón. Si los trasladaran de Algeciras hacia arriba, sería imposible controlarlos. Se moverían por Europa sin restricciones. Y eso, en Bruselas, no están dispuestos a permitirlo.

Así que Ceuta carga sola con una multitud que no puede absorber, durante meses o años, hasta que se tramiten todos los expedientes de expulsión o de asilo. Con todas las garantías legales, sí. Pero sola. Mientras tanto, los “patriotas” convocan concentraciones. Patriotismo sin recursos. Patriotismo sin humanidad. Patriotismo sin responsabilidad. Patriotismo de pancarta y megáfono.

Valle Inclán lo habría entendido perfectamente. Ceuta está metida en el Callejón del Gato: la tragedia deformada en espejo cóncavo, la realidad convertida en caricatura, la política convertida en esperpento.

Y como en el poema de Cavafis, Esperando a los bárbaros, la ciudad aguarda a un enemigo que no existe, mientras los verdaderos bárbaros —los que atacan a los débiles— se pasean por nuestras calles envueltos en banderas.

Para parte de la oposición, Ceuta sin crisis no es una solución: es un problema. Porque sin la ambulancia no pueden hacer ruido. Sin la sirena no pueden hacer política. Sin la tragedia no pueden hacer campaña.

Ceuta no necesita patriotas de pancarta. Necesita ciudadanos. Necesita Estado. Necesita Europa. Necesita humanidad.

Y necesita, sobre todo, que quienes la miran desde lejos se acerquen lo suficiente como para oír la ambulancia en su tono real. Porque la tragedia, cuando se escucha de verdad, deja de ser esperpento. Y Ceuta, cuando se mira de frente, deja de ser ruido y vuelve a ser país.

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