Hicimos un parque porque si no Europa nos multaba. No fue un proyecto como el que se vendió en las recreaciones publicadas en los medios de comunicación, tampoco una idea del Gobierno. Fue una reacción para evitar la sanción millonaria que se iba a aplicar por tener un vertedero en Santa Catalina que, además de recibir a los visitantes, violaba todas las leyes medioambientales.
Se buscó un comodín para sortear la multa y a alguien se le ocurrió que lo mejor sería construir un parque.
Desde el principio hubo entidades que alzaron su voz, por supuesto contraria a esa idea. Pero la misma siguió como todo: ya saben, en política no hay errores.
Años después de la obra no sabemos qué hacer con el resultado. Se han realizado informes, se ha plantado cada vez algo distinto, se han ejecutado obras… pero sigue siendo el lugar desierto con más pinta de abandono que de zona de encuentro familiar.
No, allí no van a pasar el domingo los padres con sus hijos. Tampoco se aprovecha el espacio para la práctica del deporte con los elementos necesarios, ni se ha perfilado el lugar como un sendero donde pasear y a su vez aprender. Se colocaron unos paneles que aludían a las especies marinas de los que ya no queda nada. O casi.
Quizá el problema del parque fue eso, que se tuvo que vender lo que ni siquiera se había pensado, disfrazando de gran acción política lo que solo era un escaqueo para evitar la sanción.
Hay tiempo para cambiar las cosas, no estaría de más un debate público sobre qué quiere la ciudadanía y qué se puede hacer realmente en el entorno de Santa Catalina.
Si seguimos con las orejeras puestas habrá más y más gasto de dinero, pero ningún beneficio.






