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Palestina y la Convivencia en Ceuta

Ceuta es una ciudad que históricamente ha sido símbolo de convivencia y diversidad cultural, o al menos es el "eslogan" oficial que algunos se han esforzado en vendernos en los últimos años a través de altavoces mediáticos perfectamente orquestados, para alimentar un relato imaginario y sobre todo, para "domesticar" "blanquear" con jugosas subvenciones, prebendas, influencia y poder, a determinados "chiringuitos" culturales, sociales, deportivos, políticos y religiosos, creados con el objetivo de trasladar a la opinión pública una cultura de la convivencia, que a mi juicio, la cruda realidad evidencia que no existe.
En esta pequeña, dulce y marinera ciudad, coexisten personas de diferentes orígenes étnicos, religiosos y sociales: cristianos, musulmanes, judíos, hindúes, y ciudadanos laicos, todos ellos miembros activos de la sociedad ceutí.
Sin embargo, en los últimos tiempos, la irrupción de nuevos actores y ciertos acontecimientos, han puesto en cuestión la cohesión social de la que presume esta ciudad y que me temo, se irá acentuando a una velocidad de vértigo.
Un claro y significativo ejemplo de esta "convivencia ficticia" es la multitudinaria manifestación para mostrar la solidaridad de Ceuta con el pueblo palestino celebrada el pasado viernes día 25, que, a pesar de tener como objetivo una causa humanitaria y de justicia internacional, estuvo marcada por la presencia exclusiva de más de cuatro mil ciudadanos de confesión musulmana, exigiendo un alto el fuego y proclamas en favor de LA PAZ.
Este hecho no sorprende, pero sí está generando una enorme preocupación y abre la puerta a una reflexión más profunda sobre la realidad social de esta ciudad y sus consecuencias imprevisibles a largo plazo.

"Limitar la expresión de solidaridad a un solo grupo religioso, corre el riesgo de reducir una causa universal a un conflicto identitario"

Es Ceuta un ejemplo de convivencia o es una utopía? Me pregunto.
La causa palestina, más allá de sus dimensiones religiosas, políticas o étnicas, es ante todo, una cuestión de DERECHOS HUMANOS.
La ocupación militar del ejército israelí con el uso desproporcionado de fuerza , la protección internacional que les otorga una preocupante impunidad, las amenazas al Tribunal Penal Internacional para amordazar a sus miembros, la censura y la complicidad mediática, el incumplimiento de las resoluciones de Naciones Unidas y del Derecho Internacional, los desplazamientos forzosos, la violencia sobre la población civil, la muerte de miles de mujeres y niños inocentes y la crisis humanitaria que sufre la Franja de Gaza, son asuntos que deberían interpelar a la conciencia de todos nosotros.
Limitar la expresión de solidaridad a un solo grupo religioso, corre el riesgo de reducir una causa universal a un conflicto identitario.
Esta imagen transmite erróneamente que en Ceuta solo los musulmanes tienen  interés en apoyar al pueblo palestino, lo que ha contribuido a una peligrosa polarización del discurso público entre sus habitantes, con los habituales mensajes de odio por parte de los cobardes de siempre, que desgraciadamente están circulando por las RRSS y que cada vez suman más adeptos.
Las causas justas deberían ser defendidas por todos, más allá de su fe, raza o ideología política.

"El resultado de este llamamiento a la adhesión, es obvio"

Cuando una manifestación en un espacio público se presenta como monolítica en cuanto a la religión o identidad cultural de sus participantes, se corre el riesgo de que otros ciudadanos perciban la causa como “ajena” o incluso como una reivindicación religiosa, más que como una protesta humanitaria y con un fuerte sentimiento de rechazo y de críticas, como ha ocurrido en este caso, acompañadas de un intercambio de sucios reproches y de insultos xenófobos y racistas, lo que pone en evidencia la fractura social existente en esta ciudad.
La reflexión "viral" de una "docente" de nuestra ciudad, que utiliza con  premeditación el poder de difusión de las RRSS para vomitar todo su odio, no es una simple anécdota, sino un sentimiento cada vez más generalizado.
En Ceuta, donde las tensiones  pueden aflorar con facilidad por la sensibilidad del equilibrio social, estas situaciones son contraproducentes, ya que escenifican una sociedad muy frágil y un evidente distanciamiento entre sus habitantes.
Los impulsores y organizadores de esta manifestación, si bien pueden partir de un legítimo sentimiento identitario, han abierto sus espacios de expresión a otros sectores de la sociedad ceutí.
El resultado de este llamamiento a la adhesión, es obvio.
Cabe preguntarse cuál ha sido el motivo de las instituciones locales, organizaciones no gubernamentales y movimientos sociales para no apoyar y sumarse a esta manifestación en favor de la paz.

"La solidaridad con Palestina no es —ni debería ser— patrimonio exclusivo de una comunidad religiosa, como parece que ha interpretado una gran parte  de la sociedad ceutí"

La falta de una convocatoria plural, que integre voces de diferentes religiones, ideologías y sensibilidades, no solo refleja una debilidad en la cultura de participación ciudadana en esta ciudad, sino una peligrosa división en la sociedad.
La defensa de los derechos humanos debería unir a cristianos, ateos, judíos, musulmanes e hindúes bajo una misma bandera: LA JUSTICIA.
Un acto público de solidaridad que incluya a personas de distintas confesiones, con banderas de la paz, pancartas por la defensa de los derechos humanos y mensajes constructivos, tendría un mayor poder  que una marcha percibida como una manifestación religiosa o identitaria.
La solidaridad con Palestina no es —ni debería ser— patrimonio exclusivo de una comunidad religiosa, como parece que ha interpretado una gran parte  de la sociedad ceutí.
En una ciudad como Ceuta, donde cada gesto público tiene una resonancia social considerable, es fundamental fomentar una cultura de protesta plural, donde todas las voces se sientan convocadas a defender los derechos fundamentales de los pueblos oprimidos, como ocurre actualmente en Palestina.
La solución para una convivencia real y verdadera no es la exclusión ni la crítica estéril, sino un diálogo sincero, mucha pedagogía, autorreflexión y la voluntad de  todos los sectores de la sociedad en las luchas comunes por un mundo más justo.

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