Ayer tuvo lugar la celebración de la Marcha por la Dignidad, en recuerdo de los fallecidos el 6-F. Han sido más. No fueron solo aquellos 15. Antes y después han muerto más hombres, mujeres e incluso niños.
Lo han sido en las vallas, en el mar o incluso atrapados en vehículos convertidos en ‘pateras’ a cuatro ruedas o calcinados dentro de cuevas. Es evidente que hace falta otra orientación en la política migratoria, que urgen los cambios, que este sistema de vallas no funciona porque sigue causando muertes y tragedias. Las políticas europeas dejan abandonados no solo a los inmigrantes, sino también a los propios agentes a los que se les encomienda una labor complicada como es la custodia de las fronteras. Europa no está a la altura para dar una respuesta global a un fenómeno con el que resulta complicado dar una respuesta acorde. No hay que olvidar el 6-F. Pero, de igual manera, no hay que olvidar ningún otro episodio de los que se han producido desde finales de los años 90, cuando la inmigración comenzó a afectar de lleno a nuestra ciudad convirtiéndola en principal testigo de lo que estaba ocurriendo. Los sistemas de control fronterizos, los medios y formas de trabajo no son válidos. Hay que hacer cambios para que los países fronterizos puedan realizar su trabajo de otra manera. Las fronteras sur de Europa no son hoy por hoy dignas. Esa es la única voz que debe ser escuchada. Una voz sincera que urge respuestas que no llegan.





