Carta pública remitida por la hija del agente jubilado de la Guardia Civil detenido en la operación de la UDYCO, la reproducimos de manera íntegra:
Estos días estamos viendo noticias en las que se intenta presentar un operativo policial como un ejemplo de profesionalidad. Pero hay otra cara de la moneda. La vivimos quienes estábamos dentro de la casa. La vivimos quienes, tuvimos que soportar no solo un registro, sino también humillación, insinuaciones y comentarios que jamás deberían formar parte del trabajo de un profesional.
Una cosa es que la policía haga su trabajo. Nadie discute que, si existe una orden judicial, entren y registren una vivienda. Pero otra cosa muy distinta es notar desde el primer minuto que no están allí solo para cumplir con su deber, sino también con una actitud de desprecio, de burla y con un evidente interés en hacer daño.
"Durante el registro, uno de los agentes cogió una foto familiar nuestra y, mientras la miraba, dijo: 'se te acabó el rollo, Angelito"
Durante el registro, uno de los agentes cogió una foto familiar nuestra y, mientras la miraba, dijo: “se te acabó el rollo, Angelito”. Esa frase no formaba parte de ningún procedimiento. No era necesaria para registrar una casa. Era una frase hecha para herir.
También me dijeron, entre risas: “a ver cómo le explicas a tu jefe por qué no has ido hoy a trabajar”. Y mi respuesta fue clara: “le diré la verdad, no tengo nada de lo que avergonzarme”. Porque esa es la diferencia. Quien intenta humillar busca que bajes la cabeza.
Mientras registraban, se paseaban por mi casa comentando entre risas que les parecía. Como si aquello fuera una visita, como si no estuvieran irrumpiendo en la intimidad de una familia a las seis de la mañana. Como si no hubiera personas sufriendo detrás.
A medida que avanzaba el registro, y al ver que no encontraban nada, se les escuchaba decir cosas como “vaya mierda, no hay nada” o “buscad bien, tenemos que encontrar algo”. Para mí, ahí quedó clara la diferencia entre hacer un trabajo y tener una obsesión personal. Un profesional registra para comprobar hechos. Quien actúa con otro ánimo registra deseando encontrar cualquier cosa, no para esclarecer la verdad, sino para justificar el daño causado.
"A medida que avanzaba el registro, y al ver que no encontraban nada, se les escuchaba decir cosas como “vaya mierda, no hay nada” o “buscad bien, tenemos que encontrar algo”
Lo peor fue percibir la frustración de quienes parecían molestos por no encontrar nada más. Esa indignación que mostraban al no hallar lo que esperaban dice mucho. Un profesional puede ser exhaustivo, serio y firme, pero no necesita burlarse, ni soltar frases hirientes, ni mostrar decepción porque no aparece aquello que imaginaban.
Llevar uniforme no convierte automáticamente a nadie en ejemplo de nada. La profesionalidad no se demuestra solo con una orden en la mano. También se demuestra en la manera de tratar a las personas, en el respeto por la intimidad ajena y en la humanidad con la que se actúa cuando al otro lado hay una familia que está sufriendo.
Escribo esto porque la otra cara también existe. Porque detrás de los titulares y de las versiones oficiales hay personas que lo viven de verdad. Porque cuando se habla tanto de profesionalidad, también hay que hablar de respeto. Y porque hay actuaciones que, aunque se intenten vestir de normalidad, dejan al descubierto algo mucho más triste: la diferencia entre cumplir con el deber y disfrutar haciendo daño.
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