Si se supone que la modernidad está para hacernos la vida mejor, más fácil y llevadera, no sé cómo nos empecinamos en todo lo contrario. Trabas y trabas para complicarnos cada paso que damos; trabas y trabas para que se construya un auténtico muro que nos dificulte cualquier acción básica que queramos desarrollar. Si esto afecta a nuestros mayores, imaginen el desastre. Está pasando con la falta de atención personalizada en los bancos. Nuestros mayores son las principales víctimas, pero no las únicas. Hay más.
No todas las personas (sin necesidad de ser mayores) se habitúan a manejar la banca online. No todas las personas (sin necesidad de ser mayores) se saben desenvolver directamente en los cajeros. El movimiento ‘soy mayor, no idiota’ no se circunscribe solo a ese círculo generacional. Son muchos más los que no son idiotas, muchos más los que se topan con una situación que empieza con ese gesto de los bancos y terminará obviando la obligación de cooperar con quien ha confiado los ahorros a una entidad bancaria no para que se lo ponga más difícil, sino para ayudar.
Nos hacemos expertos en complicarlo todo, atendiendo a unos intereses que ponen cada vez más complicado esto de la gestión sencilla y transparente. No solo sucede con los bancos -el tema de moda- sino en muchas áreas de la administración en general que no están al alcance de muchos.
Confiar en una reacción social que luche contra todo esto resulta complicado. Primero, falta la empatía y la solidaridad. Segundo, mientras tanto crecen las trabas nos volvemos más recelosos y menos sociales. Quizá el mundo nos haya hecho así, pero buscar que exista una complicidad tan grande que sea capaz de tumbar decisiones drásticas y dictatoriales como las que vamos conociendo es esperar mucho, demasiado, es confiar plenamente en una humanidad que cada vez lo es menos. Con campañas o cadenas de whatsapp no combatiremos lo que parece que ha venido a quedarse.






