Seguro que ustedes han visto por la calle al joven que va arrojando al suelo una de sus chanclas. Le grita, le da patadas, la golpea varias veces contra el suelo, después se la pone y sigue caminando. Así todos los días. Come de las basuras, duerme en cualquier rincón... Él es uno más de la hilera de casos de personas que viven en Ceuta pero terminan siendo invisibles para una sociedad que los ve pero los ignora.
Al de la chancla se le suman otros tantos: ‘Faraón’, el hombre vestido siempre en traje tipo militar que merodea por distintos barrios con la mirada perdida; Mustafa, el chico que quedó atrapado en el entorno del Tarajal; el hombre que ayer prendía fuego a unos cables en Benítez mientras arrastraba sus escasas pertenencias y que vive siempre en la calle; o hace relativamente poco tiempo aquella mujer rubia que se creía miss y convirtió un banco del Revellín en su punto fijo de ubicación... Y así tantos y tantos: los de ahora y los de antes, los que ahora vemos pero ignoramos y los que antes veíamos y ya les perdimos la pista porque o bien murieron o bien los ‘echaron’ a la Península porque aquí daban mala imagen (¿se acuerdan de lo que hizo el GIL?).
Detrás de estas historias seguimos teniendo la gran asignatura pendiente que padece Ceuta: la carencia de un albergue y de recursos suficientes para atender a personas cuyas vidas se quebraron. Y de esa situación de quiebra ninguno estamos libres, en cualquier momento una hilera de calamidades pueden darse la mano para fastidiarnos la vida, hacernos perder la cordura y terminar siendo uno de esos invisibles que camina por las calles, sin rumbo definido ni lucidez, comprobando cómo los demás nos rechazan o nos miran con miedo unos, con recelo otros o, simplemente, se ríen de nosotros. Las desgracias sociales acostumbran a ser la mofa de los que no han caído en ellas, también son objeto de la maldad de los grupos que en masa se creen valientes para golpear al débil.
Ceuta falta a su deber como ciudad que pudo ofrecer este recurso pero falló, como ciudad que debió haber enmendado sus errores para que esos débiles no lo fueran tanto y al menos tuvieran un lugar donde permanecer asistidos.
No son casos aislados, cada vez hay más afectados sin rumbo que al final terminan causando problemas sin pretensión. Es entonces cuando la sociedad sí que replica, cuando algo le afecta. Mientras tanto, indiferente, sigue igual alejada de los invisibles.






