Categorías: Carta al director

Operación Duna y Desierto

Ahí quedan aquellas palabras del ínclito Liazid, filósofo, historiador, profesor de multitud de materias, hombre de púlpito y de la mejor oferta,  enemigo encarnizado de cualquier tipo de merced, salvo si es para sí y que contrariamente a los principios que preconiza para los demás, vino a meter mecha ensalzando aquella operación policial que ahora los jueces dejan en entredicho.
El Liazid de entonces, director de almas, confesor y escultor de cielos y de paraísos, paradigma de oídos y corazón tiernos, el que a golpe de bastón de mando en púlpito pedía clemencia y generosidad a quienes malgastaban su tiempo escuchándole, por la borda todo lo volcó al ver micrófono de prensa pidiéndole opinión sobre la detención de unos chicos que había visto crecer y que sabía que poco o nada tenían que ver con ese terrorismo cruel y despiadado que se les achacaba; antes bien, antes de pedir calma y serenidad hacia unos detenidos sobre los que no había culpa ni prueba, quiso hundirles aún más en la esquizofrenia de una operación infundada y absolutamente  desproporcionada.
Muchos listillos hay en esta ciudad, tantos como se quieran, saltimbanquis ellos, maestros del reciclaje de tiempos, pensamientos y  vestimenta, ciertamente culpables por crear clima, brisa, vientos, sol y cielo, que propiciaron la necesidad de buscar allí donde fuere menester, de coger lo que se pudiese, por ahí pasaban los de Duna. Mala suerte.
A los de la operación Duna sólo les queda olvidar, con lo que cuesta, que no es poco. Tampoco lo tienen fácil aquellos que les calumniaron e hicieron cuanto pudieron para mandarles a paredón, sobre todo aquellos de su misma fe que, a sabiendas de que no había nada, callaron silenciando la dignidad de sus creencias, así como aquellos otros que, a sabiendas de que no había nada, hablaron y culparon sin el menor rubor hacia Dios y hacia la verdad. No lo tienen fácil porque la justicia universal existe, aquella que no es administrada por los hombres ni sus genios.
A ver qué hacen ahora en sus mezquitas. Sería prudente que se disculparan desde sus mímbares de tallas y arabescos milimétricos, pero eso es pedir demasiado a quienes otorgan perdones de oro y plata únicamente a aquellos que son de su gusto y mismo folklore religioso. Se hace cierto el dicho de que una duna es tal si tiene desierto.

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