Tantos son los acuciantes problemas generados por la crisis financiera, que la amplía ciudadanía, ocupada en su cotidiana solución, no se percata cómo se desguaza el país, se trocea y se enajena por tres cuartos para alimentar a rapaces insaciables. El patrimonio del Estado, empresas, sociedades, etcétera. van liquidándose sin prisas y sin pausas para beneficio de fortunas privadas sin que dichas operaciones repercutan en mejoría de las finanzas estatales ni en alivio de aquellos que se ven privados desde hace tiempo de lo esencial y de los que se asfixian en la carrera de cada mes sin haber llegado a la meta.
¿En qué operaciones se halla embarrancado este Gobierno, cuáles son los tejemanejes de un Jefe de Estado que debería apartarse discretamente para dejar vía libre a un heredero, que se eternizará en las canas si nada ni nadie lo remedia?
Escribía hace algunos días alertando del juego sucio a medio plazo –en términos históricos- en que se estaba envolviendo los intereses nacionales y el destino de Ceuta y Melilla, al tiempo que llamaba la atención para que nadie mirase a su alrededor buscando deshonor y traición sino a las alturas. Pasan los días y la guadaña esgrimida por el señor Rajoy no se detiene ante los intereses de la gente que sufre y que, cuando llegue el momento, será la que con su ‘sangre, sudor y lágrimas’ levante el país que ambiciosos, traidores y corruptos saquean. Siempre ha sido así, porque a España sólo la aman quienes sufren con ella, porque son ella.
¿Qué hacer entonces? ¿Qué alternativa tomar? ¿Esperar y ver? ¿Actuar cómo, cuándo, quiénes? Si algunos piensan que cuando lleguen las elecciones será el momento, es probable que para entonces el desastre sea irreparable. No animo a la precipitación, pero tampoco a la abulia porque nos jugamos no mucho, sino casi todo. Alguna fórmula debe existir para parar a este Gobierno desleal sus pies de barro. Nosotros, los ciudadanos tenemos la palabra y la acción democrática.





