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Objetos que cuentan historias en el Museo de Ceuta

Por Septem Nostra
20/06/2026 - 04:25
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Imágenes cedidas

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Hace unos días se inauguró la exposición “Objetos que cuentan historias. La memoria de las cosas” en el Museo de Ceuta, ubicado en pleno Paseo del Revellín. La muestra la forman ciento quince piezas del periodo medieval islámico de nuestra ciudad. Se podría haber ampliado la selección de piezas arqueológicas a toda la historia de Ceuta, pero los diseñadores de la exposición han decidido acotarla a la mencionada etapa histórica. La decisión es fácil de comprender teniendo en cuenta la importancia cuantitativa y cualitativa de los objetos pertenecientes a la etapa medieval islámica. En aquel tiempo, Medina Sabta era considerada la puerta del Estrecho de Ceuta y uno de los puertos comerciales y militares más importantes del Magreb. Aquí llegaban mercancías de todo el Mediterráneo y, por supuesto, también personas procedentes de todos los puntos del entonces mundo conocido. Con ellos llegaron a este lugar las novedades filosóficas, científicas y culturales del medievo tanto de Oriente, como de Occidente.

objetos-cuentan-historias-museo-ceutaMedina Sabta debió ser muy distinta a la Ceuta del presente. En el momento previo a la toma portuguesa de la ciudad, todo su perímetro estaba protegido por recias murallas, así como la cúspide del Monte Hacho y en la parte oriental destacaba la ciudadela de al-Mansura, cuyos restos corresponden a las actuales murallas mariníes. Entre sus principales edificios sobresalían la mezquita Aljama, el palacio del gobernador y la madrasa al-Yadida. Todo el espacio intramuros estuvo densamente ocupado, según lo describe al-Ansari a principios del siglo XV. Abundaban las mezquitas, bibliotecas, zawiyas y las tumbas de santos y sabios. Sus calles, como es habitual en las ciudades islámicas, eran estrechas y empedradas. Por ellas circulaban los habitantes de la ciudad de orígenes muy diversos. Entre una mayoría musulmana, era habitual cruzarse con cristianos pertenecientes a las delegaciones comerciales de aragoneses, marselleses o venecianos, y también con judíos.

En las alhóndigas de Medina Sabta era posible adquirir vajillas cerámicas procedentes Sevilla, Málaga, Granada o Murcia, entre otras importantes ciudades de al-Andalus. Un espacio privilegiado debía reservarse para platos llegados de Próximo Oriente, como en el que aparece la representación de una estilizada gacela o aquella otra extraordinaria pieza en la que figura una pareja de guerreros blandiendo sus espadas y escudos. Si por algo destacaba el arte islámico era por la riqueza de sus formas decorativas y el amplio repertorio simbólico que podemos reconocer en todo tipo de soportes, incluyendo la cerámica.

La rudeza del entorno en el que surgió la civilización islámica alimentó el anhelo de encontrar el paraíso imaginario, que reconocieron al contemplar la exuberancia de la naturaleza del extremo occidental del Mediterráneo. Los palacios, mezquitas, habitaciones privadas e incluso los objetos cotidianos que podemos ver en la exposición temporal del Museo de Ceuta están profusamente decorados con motivos vegetales, animales (leones, gacelas, pájaros, etc…), epigráficos y geométricos. El estudio de la geometría, la astronomía y las matemáticas, que también se cultivaron en Ceuta, era uno de los medios para comprender el mensaje oculto de Allah. A diferencia de nuestra cada vez más secularizada sociedad actual, Dios era una realidad omnipresente en el periodo medieval. Su presencia se reconocía desde el amanecer al ocaso, desde el nacimiento hasta la muerte. Así podemos constatarlo en las leyendas epigráficas de las monedas acuñadas en Ceuta o en la macabrilla de mármol que cubrió el cuerpo de un devoto musulmán.

 

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A pesar del carácter monoteísta del islam y la implacable persecución que desde su origen hicieron de todo tipo de idolatría, no lograron extirpar de la psique el substrato pagano que mantuvo con vida las creencias mágicas y esotéricas. La magia era el medio tradicional, al mismo tiempo que prohibido, de forzar al destino para que se ajustara a determinados propósitos humanos, tanto benéficos, como malvados. Precisamente para protegerse de las fuerzas negativas que podrían utilizar determinadas personas o los genios (yinns) en su contra, lo que popularmente se conoce como el mal de ojo, era habitual portar amuletos o utilizar símbolos protectores, como la jamsa o Mano de Fátima. En el Museo de Ceuta se exhiben estos días varias piezas cerámicas decoradas con la jamsa, así como diversas modalidades de amuletos y talismanes.

En el plano público, la vida cotidiana de los ceutíes de Medina Sabta dependía, como en la actualidad, de su nivel de riqueza. No todos tendrían acceso a las viviendas más confortables ni el suficiente poder adquisitivo para comprar las lujosas vajillas decoradas con las técnicas de cuerda seca, esgrafiada, azul cobalto o verde nazarí. Aquellas familias cercanas al poder o enriquecidas por el comercio disponían de lujosas casas con amplios patios y jardines en los que reunirse con sus amistades para escuchar música o deleitarse con las más exquisitas obras poéticas, mientras degustaban ricos manjares y conversaban sobre las últimas noticias que llegaban al puerto de Ceuta. Testimonios de aquellos encuentros son las flautas de hueso que podemos ver en las vitrinas de la exposición que sirve de hilo conductor a este escrito o el magnífico brocal de pozo en la que una persona tañe un laúd rodeada de animales exóticos.

Las piezas arqueológicas que forman parte de la exposición “Objetos que cuentan historias. La memoria de las cosas”, organizada por la Consejería de Educación y Cultura, nos permiten adentrarnos en la vida simbólica de aquellos ceutíes de antaño. Los símbolos son el medio de expresión de los arquetipos del inconsciente colectivo, enriquecido y compartido por el conjunto de la humanidad desde los orígenes de nuestra especie hasta el presente. Los seres humanos sentimos la necesidad de una vida simbólica que permita expresar las necesidades del alma, en especial el desarrollo de la función trascendente o religiosa. Estos símbolos, presentes en muchos de los objetos arqueológicos que se exhiben estos días, son los que, según Carl Gustav Jung, dan “un sentido a la vida del hombre […] Ese sentimiento de que la vida tiene un sentido más amplio que la simple existencia individual es lo que permite al hombre elevarse por encima del mecanismo que lo reduce a ganar y gastar”.

 

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El conocimiento histórico, basado en otras fuentes en la información que nos aportan el estudio de los vestigios del pasado, contribuye a ensanchar nuestra perspectiva para entender nuestro presente y enderezar el rumbo hacia el futuro. Volver la mirada al pasado es el medio más eficaz para hacer balance de lo ganado y lo perdido en la edad contemporánea. La ciencia y la tecnología no han dejado de ampliar nuestra esperanza de vida y la comodidad en nuestros hogares, al menos en los países avanzados como el nuestro, pero a un alto precio. Hemos causado la extinción masiva de especies; contaminado el aire, los mares y los ríos; transformado los paisajes hasta hacerlos irreconocibles; e incluso hemos alterado el frágil equilibrio climático. Como consecuencia de la falta de juicio ético en la investigación científica y en la innovación tecnología, el ser humano ha desarrollado armas nucleares capaces de acabar con la propia vida en la tierra. En palabras del pensador Lewis Mumford, “mientras que la industria se ha vuelto más refinada, más científica y más coordinada, el hombre mismo se ha barbarizado. Racionalización en la industria; irracionalismo en la política; esa es la tónica actual”. Siguiendo este pensamiento, a la vista está que la complejidad de la realidad exterior y la aceleración de los cambios económicos, tecnológicos, políticos y sociales discurre paralela a un empobrecimiento del mundo interior del ser humano.

Nuestro campo perceptivo se reduce cada vez más a la estrecha pantalla del móvil y nuestras aspiraciones más elevadas al consumo desaforado y el hedonismo desatado. El tiempo que nuestros jóvenes dedican a cultivar sus cuerpos para adaptarse a los cánones de belleza que difunden las redes sociales es inversamente proporcional a la escasa importancia que le otorgan, en general, al autoconocimiento, la cultura y la creatividad.

 

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Los dueños de los objetos arqueológicos de época medieval islámica expuestos en el Museo de Ceuta a buen seguro vivieron menos tiempo que nosotros y en unas condiciones más duras. Sin embargo, su manera de percibir, sentir y darle sentido a la vida y a la muerte era mucho más rica y elevada que la nuestra. La frontera entre el mundo de afuera y el mundo de adentro era mucho más permeable que en la actualidad. Entre los poros del fino velo que separaba el plano objetivo y subjetivo circulaban libremente las ideas trascendentes y los símbolos que quedaron plasmados en las exquisitas obras artísticas y objetos cotidianos que es posible ver en el edificio del Revellín nº30. Entre ellos uno siente que la belleza te envuelve y te traslada a un tiempo en el que la naturaleza era fuente de inspiración y aspiración terrenal y trascendental en forma de jardín paradisiaco.

La humanidad asiste en este preciso momento en un punto crucial de su evolución. Frente al tecnoptimismo reinante y la apuesta total y exclusiva a la tecnología para diseñar el futuro de nuestra civilización y, en particular, de nuestra ciudad, nosotros invitamos a nuestros lectores que visiten la exposición “Objetos que cuentan historias. La memoria de las cosas” para que aprecien lo que el pasado tiene que ofrecernos para resignificar el sentido de la vida y nuestro destino individual y colectivo. Allí descubrirán la capacidad creativa del ser humano para modelar el simple barro en obras de exquisita belleza haciendo uso de la imaginación y de sus símbolos arquetípicos. Una simple huella en el fondo de una cazuela, como la que se expone en el museo, es la prueba de que allí estuvo un hombre o mujer único e irrepetible que sintió la satisfacción de crear algo con el uso de sus manos y su mente.

Con la súbita aparición de la Inteligencia Artificial corremos el grave riesgo de perder y anquilosar nuestra competencia creativa, como en buena parte está sucediendo con nuestras capacidades perceptivas, intelectuales y expresivas ¿Qué quedará del ser humano si perdemos estos talentos? Para recuperarlos y re-cultivarlos resulta imprescindible mirar de nuevo a nuestro mundo interno y prestar atención a las requerimientos del alma. Tampoco podemos perder de vista, nunca mejor dicho, al pasado y a sus testimonios materiales. Ahora, más que nunca, necesitamos un museo arqueológico en Ceuta que rinda homenaje a la memoria de nuestros antepasados. Estos objetos no sólo cuentan historias, sino que también expresan una manera más rica y significativa de ver, sentir, pensar e imaginar la realidad tangible e intangible. Un museo arqueológico tiene que convertirse en un santuario para la contemplación de los frutos de la imaginación y la creatividad humana, su insaciable búsqueda de la verdad y el asombro ante la belleza del cosmos y la naturaleza. Necesitamos la inspiración del pasado para reconstruir, sobre los pilares de la bondad, la verdad y la belleza, un mundo plenamente humano, con sus errores y aciertos, con sus luces y sombras, con sus gestos de bondad y sus arrebatos de maldad, con su inteligencia y su estupidez y, sobre todo, con su capacidad para trascender más allá de su corta y azarosa existencia humana gracias al arte y la cultura.

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