La violencia verbal en el deporte debe estar castigada de forma severa. No pueden ser pasados por alto como si fueran actos pueriles los insultos y menosprecios que se produjeron en Murcia contra aficionados del Ceuta.
No dar la importancia a lo que pasó supone normalizar lo que no lo es, supone hacer un flaco favor a la convivencia y a los valores del deporte. Si permitimos insultos y menosprecios gratuitos solo porque unos aficionados vayan a otra parte de España a ver jugar a su equipo habremos llegado a un límite insoportable de ser asumido.
Cuando a los caballas que acudieron a Murcia se les insultó no hubo crítica alguna por parte de las autoridades competentes. Los indignados fueron los propios aficionados que tuvieron que soportar este bochorno y que a punto estuvieron de convocar una rueda de prensa. Aquello nunca se tuvo que ver como una mera anécdota, quizá lo realmente grave es que se llegara a ese punto.
Ahora se conoce que se ha propuesto para sanción a dos aficionados del Murcia después de que la nueva candidatura a las elecciones de la Federación pusiera en conocimiento estos hechos como lo que fueron, ejemplo de violencia y racismo.
Curioso es que nos rasguemos las vestiduras con comportamientos que vemos en otros eventos deportivos de la Península, pero en cambio con situaciones que ocurren en Ceuta ignoremos la gravedad que esto tiene.
Si el deporte es ejemplo de lo bueno, nunca puede albergar a cobardes que camuflen su odio bajo la bandera de un equipo para menospreciar, despreciar o atacar al contrario.
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