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Los nombres propios de Ceuta

Por Mamen Gargallo Guil
13/04/2026 - 07:36
Imágenes cedidas

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75 horas.

3 días.

Sólo 3 días han sido necesarios para recuperar y revivir todos los recuerdos (vivencias, conversaciones, olores, sabores, sonidos) que, un buen día, con el paso del tiempo, empezaron a diluirse poco a poco en nuestra memoria y que, sin embargo, no se han perdido del todo gracias a la “incansable” labor de mi madre como narradora, con esa sorprendente, rocambolesca e infalible capacidad de relacionar cualquier comentario nuestro con anécdotas, episodios, historias de su vida (o de sus padres, de sus hermanos y de sus amigas) en Ceuta.

Nos presentamos: somos Gemma, Mamen y Mª Eugenia, las tres hijas de Carmen Guil Ortuño y de Juan José Gargallo Lara. Y, después de dos años intentando cuadrar las agendas, hemos hecho realidad una de las grandes ilusiones de mi madre: ir toda la familia a Ceuta esta Semana Santa. Y cuando hablo de familia, no me refiero solo a las 3 hijas (nuestro padre murió en un año y medio); en este “pack”, también se incluye a los yernos (Xavi, Pedro y Steve) y a los nietos (Marta, Mia y Milo, 3 de 4). 10 en total. Deberíamos haber sido 11, pero su trabajo como profesora de esquí le ha impedido a mi segunda sobrina Emma apuntarse al viaje. Cierto, no viajó a Ceuta, pero estuvo muy, muy presente en todo este periplo.

10, poca broma.

Y que viajar de Barcelona a Ceuta no es nada sencillo ni rápido ni barato. Había varias opciones: una, avión hasta Málaga y helicóptero hasta Ceuta (demasiado caro. Desde aquí, un llamamiento a abaratar billetes a los familiares de los ceutíes que no somos residentes. Ahí lo dejo); dos, avión hasta Málaga, autocar hasta Algeciras y barco hasta Ceuta (demasiado largo y a expensas del tiempo en el Estrecho; tres, avión hasta Tánger y furgoneta hasta la frontera. Teniendo en cuenta que la nieta mayor tenía que volar desde Bruselas, optamos por encontrarnos todos en la ciudad marroquí y, desde allí, minibús hasta la frontera del Tarajal.

Pasarla a pie nos trajo a la mente los primeros recuerdos, la cantidad de veces que habíamos hecho ese trámite cuando aprovechábamos los veranos en casa de mis abuelos para pasar a Marruecos y teníamos que rellenar esa hoja para que nos sellaran el pasaporte. Largas horas bajo un sol de justicia haciendo colas interminables ante una minúscula ventanilla para que un funcionario marroquí se dignara a coger el pasaporte con la hoja en medio y, con toda la calma, lo sellara y nos lo devolviera él, con mirada inquisitoria, y nosotras, con ese pellizco en el estómago por si traspapelaban nuestro pasaporte. Ese trocito de territorio, entre una y otra frontera, nos parecía una gran aventura llena de escenas multisensoriales que, junto con el sello del librito rojo, constituían la prueba orgullosa e irrefutable de nuestras vacaciones, de nuestro contexto familiar, de nuestros orígenes, a la vuelta a casa, a Barcelona.

72 horas completas e intensas, que nos han permitido pasear, recorrer casi todas las calles y plazas, y detenernos allí donde el corazón de mi madre se lo pedía y sus recuerdos la llevaban:

Para empezar, y no por orden cronológico en estos tres días, imprescindible ir al Recinto Sur 5, el hogar de mis abuelos maternos, de mi madre y de sus 8 hermanos; la casa donde los nietos hemos vivido inolvidables veranos, en la que compartíamos habitación con los primos, en la que la ducha era un cubo de agua y el desayuno era, además del café con leche, el “pescaíto” frito de la noche anterior y pan de máquina tostado con manteca’colorá”.

Ya no está, como tampoco están la fábrica de colchones ni la de hierro forjado. Ya no está esa entrada con arco moruno ni ese patio ni la azotea. En su lugar, nos encontramos un edificio moderno de pisos grandes y caros. No me extraña: las vistas son increíbles.

Al lado de esa fachada acristalada, azul, como si fuera la continuidad del mar, todavía se mantiene el edificio del número 1 de la calle, patrimonio de la ciudad, coronado por una cúpula extraordinaria, que, para nosotros, era nuestro particular faro cuando empezábamos a subir la cuesta.

Durante estos tres días, además, visitamos a la Virgen de África, donde tantas veces fuimos toda la gran familia en el día de la Patrona de Ceuta.

Tomamos un refresco en La Muralla, como hacíamos en días de feria cuando éramos pequeñas. Allí nos juntábamos la mayoría de mis primos y mis tías “de punta en blanco”. En esta escena familiar, de idas y venidas por las habitaciones y el cuarto de baño (niñas, vamos a arreglarnos, que pasaremos por La Muralla), imposible no acordarse del elegante neceser de mí tía África y del tocador del cuarto de mis abuelos, lleno de olorosos cosméticos y de brillantes joyas.

Comimos en el Casino Militar, donde mi madre y sus hermanos iban a tomar el aperitivo de jóvenes (y no tan jóvenes).

Paseamos por las plazas de la ciudad: la de África (donde tantas veces hemos jugado de niñas con todas mis tías); la de los Reyes (donde vivía mi tito Quique Durante una de las procesiones del Viernes Santo, alzamos la vista recordándolo y allí estaban mi tía Manoli y mi prima Ana Belén con sus hijas: inevitable una tapita con ella y con Luismi, su marido, llena de divertidas anécdotas de la infancia); la de España (la de Correos, donde mi tío José María tenía la tienda de mantones), la del Teniente Ruiz (donde mi tío Enrique jugaba al dominó), la de la Constitución (donde mi tío Paco tenía su tienda Adidas) y la de Azcárate (donde iba a tomar las conchas finas en un quiosco que ya no existe).

También, hicimos una visita a los que ya no están, en el cementerio de Santa Catalina. Nos emocionamos al ver la caja de fichas de dominó en el nicho de mi familia paterna y al escuchar a mi madre cómo recordaba la despedida de sus hermanos (allí, nos acordamos especialmente de mi tito Luis, el primero en marcharse, de sus palabras cariñosas y de sus bromas). Pero nuestro corazón nos dio un vuelco en el pecho al oírla decir frente al nicho de su familia que ya tenía claro dónde quería descansar "si un día moría".

[Desde estas líneas, queremos dedicar unas palabras de enorme agradecimiento a las dos personas que estuvieron atendiéndonos en el cementerio con paciencia y respeto para que encontráramos los nichos y porque nos explicaron cómo debemos proceder cuando llegue la hora. No puedo evitar el nudo en la garganta y la lágrima contenida.]

Paseamos por el mercado a donde yo iba con mis tías Paquita y Encarnita para comprar la carne especiada de los pinchitos, pescado, huevos y fruta.

No pudimos desayunar allí café con leche en vaso largo y porras, imprescindible cuando “bajábamos” a comprar. Pero sí que lo hicimos en la Cafetería Imperial (otro clásico).

 

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Indispensable, cómo no, un pastelito en La Africana, a falta de El Vicentino y La Campana (donde mi tío Migueli compraba la bandeja de pasteles en los “días grandes”).

Cenamos en un moderno gastrobar de la calle Independencia, frente a la Playa de la Ribera, donde vivían mis abuelos paternos y donde mi tito Quique tenía su oficina.

Fuimos a Benzú para tomar un té con hierbabuena, viendo la Yebel Musa (la mujer muerta) y la antigua ballenera, y con el Peñón de Gibraltar a lo lejos, revivimos los días de sol en playa Benítez y de juegos en el chalet de mi tía Juanita (en Villa Jovita, el antiguo Barrio de las Latas).

Paseamos por las Reales Murallas para ver la Puerta Califal. En su lugar (porque estaba en obras) visitamos la exposición “El hombre de la Sábana Santa”: muy interesante y gratis. Bravo por el Ayuntamiento de Ceuta.

Por supuesto, asistimos a las procesiones de Viernes Santo y de Domingo de Resurrección, con ese olor a incienso, cera y flores; con sus penitentes y sus peinetas; cons sus cornetas, tambores y saetas. Sin olvidarnos, de los pirulís.

 

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Hicimos algo nuevo para todos nosotros: un paseo en barco por el Foso, las Murallas y el Monte Hacho pasando por el Recinto. [Infinitas gracias al patrón y a su ayudante por el “regalo” que nos hicieron y por todas las explicaciones que nos dieron. ¿Un tren en Ceuta? Sí, el antiguo tren que iba de Ceuta a Tánger y que mi madre cogió alguna vez.]

Qué maravilla ver desde el mar “el skyline” de Ceuta: Ciudad moderna y tradicional, muy peatonal, ciudad abierta, la Perla del Mediterráneo, la Puerta de África o la Puerta de Europa, depende desde o hacia donde mires; rica, exótica, singular ciudad de mezclas, mezclas de culturas, de vestimentas, de sabores y de olores (pinchito moruno y pescaíto frito, pasteles árabes de miel con sésamo, y calatravas y milhojas de crema; cuscús y tajine, té y cervecita..).

Ciudad actualizada y adaptada. ¡Qué pasarela tan bonita han construido a pie de orilla de la playa del Recinto! Cuántos recuerdos, con mis primos y mis tías, bajando por esa interminable escalera blanca (que luego teníamos que subir, cansadas, hambrientas y acaloradas); bañándonos en la Marujita, en la Peña de la Muerte o en la Peña de los Enamorados, en el Trampolín Chico, el Trampolín Grande o en la Barca; comiendo pipas de la minúscula tienda de la Angustias, en la calle Espino; sorteando erizos y alquitrán; lavándonos el pelo para después enjuagarlo en casa…

Caminando por esa pasarela, con el olor a azul, a sal, a mar en la piel; con la majestuosa cúpula del Recinto mirándonos desde las alturas; y con las historias de mi madre, volvimos a revivir los rincones de la ciudad y a recordar a la familia de Ceuta, con todos sus nombres propios.

Y volvimos a sentir y a saber que nosotras, las tres hijas (con las parejas y los hijos respectivos), somos lo que somos gracias a ella.

Abril de 2026

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Comments 1

  1. André Sabané comentó:
    hace 5 días

    En mis años jóvenes conocí a miembros de esta familia, incluso, fui a la casa de Recinto Sur, 5, en donde vivía también, en la planta baja, la familia Pallero. Supongo que una joven de aquellos años de nombre África Guil pertenecerá a esta familia. África, en aquellos años, era una joven sumamente guapa y agraciada, con una hermosa trenza rubia, que llamaba la atención. Tan llamativa era África que a instancias de Turismo de aquella época se prestó a posar para un cartel. Era una joven que enmoraba, al menos yo conocí a uno que cayó rendido ante el cartel en que aparecía la joven África. Estamos hablando de los años 70, creo. Ese cartel con la figura de África debe encontrarse en algún lugar, merece ser expuesto al público. Muchos años después comprobé que África se había cortado aquella hermosa trenza. Seguro que sigue tan guapa y atractiva como en aquellos años jóvenes. Si la familia lee este comentario, recuerdénselo a ella. Al menos en aquella Ceuta provinciana y bastante oscura, a los jovenzuelos como ella, África nos hacía soñar y alegrarnos las "pajarillas", como se decía entonces. Un abrazo enorme para ti, África, allá donde estés.

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