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Ni aquí ni en sebastopol

El escenario de las relaciones internacionales, a estas alturas del siglo XXI, no puede ser más desolador, lo miremos por donde lo miremos.

La palma se la lleva el conflicto protagonizado por Vladimir Putin, con la preanunciada anexión de Crimea a Rusia, asunto sobre el que no es fácil pronunciarse, si se tiene en cuenta, como acaba de recordar Gorbachov, que Crimea era rusa y que fue la Unión Soviética la que organizó el gran lío, sobre la base de que en esos tiempos lo mismo les daba, porque Rusia, la URSS, Ucrania, Crimea, etc... todo era lo mismo para el bloque comunista. De modo que yo no me siento autorizado a darle la razón a nadie, porque la Historia es lo que es.
Lo que sí digo es que nadie tiene derecho a organizar el mundo y corregir las fronteras por su cuenta, contando como contamos con la ONU, la Organización de Naciones Unidas. Si la ONU no quiere o no puede resolver este tipo de conflictos, habrá que cambiar sus fundamentos o inventar otro árbitro que rija el mundo. Es decir, que fallan los fundamentos, por lo que habría que empezar por cambiarlos.
La desolación del escenario internacional también la sufrimos estos días con la barrida que el Gobierno quiere hacer de la justicia universal. El juez Santiago Pedraz, con la razón jurídica y moral en la mano, no acepta el atropello e intenta poner remedio al menos en lo que está a su alcance, que es su oposición a colocar una losa encima de la esperanza de que se haga justicia con José Couso, salvajemente asesinado por militares de USA en Irak once años atrás.
Y no se mueren de vergüenza los culpables del desafuero, en España y en USA.
Y ese escenario nefasto de la actualidad de las relaciones internacionales se completa con el drama de la inmigración, que este martes conoce el cruce de 500 seres humanos por Melilla, jugándoselo todo y dispuestos a la gran decepción tras su sueño de dar el salto para entrar en una vida nueva y buena.
Como si el mundo entero no fuese de todos los seres humanos y no propiedad privada de nadie, ni aquí ni en Sebastopol, nunca más oportuna que hoy esa imagen literaria.

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