Oh, mar de Ceuta, dime: ¿cuántos zapatos dejaron sus dueños al borde de tu abismo? ¿Cuántos pasos, cansados de la tierra, se fueron sin despedirse del camino? Partieron… y detrás quedaron casas con puertas, una mesa, un pan, el rumor de una familia esperando, y el calor de una cama al caer la noche.
Pero hay dolores que no caben en una casa, ni el pan consigue acallarlos, ni el abrazo más cercano alcanza a cerrar las grietas secretas del alma. Dejaron a sus espaldas la seguridad de los días conocidos y caminaron hacia un horizonte sin nombre, hacia ese lugar donde el miedo ya no sabe distinguirse de la esperanza.
Quizá no buscaban la muerte, sino una vida que se les había vuelto imposible. Quizá cruzaron el agua porque en la tierra ya no encontraron un camino que los llamara por su nombre.
Y algunos, vencidos en el último umbral, entregaron al mar lo que les quedaba de sí mismos; como quien arroja al vacío la última pregunta de una vida que nadie supo escuchar. No era solamente el hambre lo que empujaba sus pies.
Era un cansancio más hondo: el de un alma que golpeó demasiadas puertas y no encontró detrás de ninguna una ventana abierta hacia la luz. Entonces aparecieron los zapatos. Flotando sobre el agua, vacíos, silenciosos, girando lentamente bajo el cielo, como pequeñas barcas sin rumbo, como cuerpos a los que el mar les hubiera borrado el nombre.
Y pensé en los zapatos del Danubio, alineados junto a la orilla, esperando unos pies que nunca regresaron. Zapatos que todavía parecen guardar el último temblor de quienes los habitaron, la memoria de una vida arrancada, la sombra de un ser humano que dejó de estar. Entre el Danubio y el mar de Ceuta cambian los nombres, cambian las épocas, cambian las razones y las fronteras; pero hay un dolor antiguo que sabe atravesar todos los mapas.
Porque un zapato abandonado es más que un objeto perdido: es la forma humilde que tiene la ausencia de decirnos que alguien estuvo aquí. No necesita discursos. No necesita monumentos. Basta contemplarlo para escuchar su silencio: «Aquí caminó un ser humano. Aquí hubo unos pasos. Aquí hubo una vida. Y un día… dejó de caminar».
Oh, Señor de este mar, no permitas que el horizonte se convierta para nadie en una tumba. No hagas que nuestros pasos, cansados de buscar una salida, encuentren en las olas el último lugar donde descansar.
Y si alguien, desesperado, ha dejado su hogar en manos del mar, abre para él una puerta antes del abismo; devuélvele el camino hacia los suyos, la voz de quienes aún lo esperan, la tierra bajo sus pies y, si todavía es posible, la pequeña llama de la vida.
Porque ningún ser humano debería tener que elegir entre su hogar y la esperanza de seguir viviendo. Sé que no es momento de compartir poesía… Pero solo tengo mi palabra por si sirve de algo. Un abrazo
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