Es de noche, casi de madrugada y el frío aún se deja sentir en las calles de Berlín del 10 de mayo de 1933. En otras muchas ciudades llueve intensamente, pero en la ciudad del Reichstag, no.
En la capital de Alemania parece que Zeus, dios del cielo, de las nubes y de los truenos, ha querido respetar la ominosa ceremonia que está celebrándose esa noche en la Opernplatz, Plaza de la Ópera, actualmente Bebelplatz.
Son unas 40.000 personas las que están reunidas en el centro de la plaza, bajo la presidencia del ministro de la Ilustración Pública y Propaganda de Hitler, Joseph Goebbels.
El grueso de la tropa son estudiantes nazis y miembros de la SA; estas tropas de asalto nazis son aniquilados por Hitler un año más tarde.
Pero mientras llega la noche de los cuchillos largos, ahí están, en el centro de la Opernplatz. Poco a poco se van acumulando toneladas de libros mientras que Goebbels pronuncia un discurso de los suyos. La argumentación es simple, como todo lo que vomitan los intolerantes, siempre. Frases como “¡No a la decadencia y a la corrupción moral” o “¡Sí a la decencia y la moralidad en la familia y en el Estado!” resuenan fuerte en la céntrica plaza. Tras una señal, empieza el primer holocausto: más de 22.000 libros son presa de las llamas purificadoras.
Escritores judíos, junto con los que no se alineaban con Hitler, acaban de ser proscritos, y sus obras son quemadas. Se califica todo esto como una “Acción contra el espíritu antialemán”. Nada menos.
Así, Albert Einstein, Bertold Brecht, Sigmund Freud, Erich Maria Remarque, Ernest Hemingway, Einrich y Thomas Mann, Stefan Sweig, Franz Kafka, Günter Grass, Virginia Woolf, Emilio Salgari o Jack London fueron algunos de los autores cuyas obras acabaron en el fuego purificador nazi.
Y cuando creíamos que estos episodios se habían quedado como sórdidos recuerdos fijados en el pasado, la implacable realidad nos devuelve esas mismas imágenes, pero ahora en color.
Y en esas estamos.
¿Cómo reaccionaría si, de pronto, se prohibiese la venta y la lectura de libros como “Amor en tiempos de cólera” y “Cien años de soledad” de García Márquez, “El zorro” y “La casa de los espíritus” de Isabel Allende, “El cuento de la criada” de Margaret Atwood o “La naranja mecánica” de Anthony Burguess, entre otros muchos?
Pues sí, yo también me cabrearía, y mucho. Esta es la realidad censora que ahora mismo se está padeciendo en los dominios de Trump Imperator.
La ONG PEN América (organización fundada en 1922 para proteger la libertad de expresión en los EE.UU) contabiliza un total de 6870 casos de obras censuradas en 23 estados y 87 distritos escolares. Nada menos.
Es más, Utah y Carolina del Sur han elaborado lista de “no lectura” para algunos libros juzgados “inadecuados para la sociedad”. En todos los 23 estados implicados se amenaza con la retirada de la licencia profesional de docente a quienes infringen las reglas. Para sorpresa de nadie, las soflamas de Trump Imperator pidiendo “el fin del adoctrinamiento radical en la educación primaria y secundaria” y “la defensa de las mujeres del extremismo de la ideología de género” han empeorado la situación.
Obviamente, hablar de homosexualidad o de igualdad ya representa un cisma para los nuevos censores. Es evidente que los grandes caballos de batalla de los ultraconservadores son la homosexualidad, el sexo en general y el feminismo (igualdad entre mujeres y hombres; apunte para los despistadillos). Me da que Freud se daría un buen festín con este personal, porque tanta obsesión con todo lo que releva del sexo parece apuntar a carencias manifiestas o deseos enterrados, por lo que sea.
De todas formas, mientras estos censores y paracensores dirimen sus cuitas sobre un diván, nos vendría genial que nos dejasen en paz para que pudiésemos leer lo que nos apetece y que, de paso, dejasen de emular a Goebbels.
A este paso nos van a prohibir “Mortadelo y Filemón” o “Batman y Robin” por ser parejas de hombres, “Los Ángeles de Charlie” por ser mujeres que se sobreponen a las tareas que les asignan los hombres o la “Biblia”, que preconiza que todos los seres humanos somos hermanas y hermanos. Más subversivo que esto, no sé yo…
La tendencia de prohibir libros, desgraciadamente, está muy al alza y no amenaza con bajar
Mi Mañica preferida, citaba al poeta alemán Heinrich Heine cuando afirmaba: “Donde se queman libros, se acaban quemando seres humanos”. Brutal.
Las obras de Heine también terminaron en la pira quemándose a 4510F (Fahrenheit). La versión de la censura que estamos viviendo también apunta a las obras incómodas, o que no comulgan con la extrema derechización, acabarán reunidas en cualquier plaza para su destrucción.
El New 4510F es lo que nos espera. La gran pregunta solo puede ser: ¿Es lo que realmente desea, una sociedad sin libros y con censura a ultranza?
Una vez más, la reflexión es suya.
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