Opinión

Neones (Aquaman)

El universo DC hace su infinitésima intentona de, en este caso nunca mejor hilado, subirse a la cresta de la ola con la película por separado de otro de los integrantes de la Liga de la Justicia. Jason Momoa encarna como puede, porque si no fuera por su salario podría decirse que se ha equivocado de profesión, a Aquaman, tan simple y ridículo como pueda sonar para profanos en la materia, y conocido personaje secundario para comiqueros de la vertiente DC maníaca.

En la eterna lucha del ying contra el yang (Marvel versus DC, decida cada uno quién es quién), DC parece haber asumido su derrota por la carrera de tomar el género en serio; ya que la fórmula de la macro red de personajes interconectados tampoco les funciona como debería y puestos a hacer algo distinto, parecen hacer castings de guionistas pésimos a posta, para ser diferentes.

Entre el despropósito de la historia, el paso por el forro de todas las leyes de la física y Momoa intentando gesticular entre chascarrillo y bromeja facilona, queda tiempo para contadas sonrisas y el reconocimiento de que lo mejor que tiene sin duda la película es la ausencia total de ínfulas. No tomarse en serio a sí misma y la irreverencia para con el género que se supone abanderar cuadran con la estética hortera de luces de neón por doquier, kitsch a más no poder, de trajes de fantasía y escenarios de luces de navidad en el fondo del mar. Sólo me falta el cangrejo Sebastián.

La trama de la guerra abisal y la lucha dinástica no suenan muy complejas para poner el lienzo de este cuadro en el que debe ser perfilado el protagonista, mitad humano, mitad atlante, con padre farero y madre de noble cuna acuática (Nicole Kidman, haciendo de secundaria en una de superhéroes… hasta Marlon Brando pasó por ahí, qué se le va a hacer). Jason Momoa, es el descerebrado elegido, apañados van para ser rey (de momento venden más los reyes en las películas de fantasía que los presidentes de la República, si exceptuamos a Star Wars). Pero eso sí, “reparte estopa”, palabras literales, bebe como un cosaco, se hace fotos con los fans y se ríe hasta de su sombra. No parece precisamente de personalidad muy afín a Superman o incluso a Batman…

El aire simpático y desenfadado de la maxiproducción que hace asimilarla con benevolencia no puede ocultar sin embargo que la cosa no da para más de dos horas de metraje, que es lo que dura la cinta, ni por ligerísimo asomo, hecho que nos acabe sumergiendo (no pude evitar otra vez la broma fácil, prometo no hacerlo más) en las profundidades del sopor.

DC seguro que lo seguirá intentando, sobre todo si da más o menos rédito económico cada proyecto, pero no deja de ser una gran paradoja que fueran los amos del universo superpoderoso el siglo pasado, e incluso en el nuevo milenio de la mano de Christopher Nolan. Cómo puede cambiar la película…

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