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La Navidad en la Puntilla...

Aconteció que en la Navidad de 1966 llegó a los pabellones de la Junta Obras del Puerto, a nuestra barriada de «La Puntilla», que se situaba en la esquina donde comienza el dique de poniente del puerto. De tal manera, que a medida que avanzaba la tarde de 24 de diciembre los niños y los muchachos* nos fuimos congregando en la casa de Mariquita** como solía acontecer casi a diario para columbrar las películas de series americanas que visionaba la TVE.

Y, como algo tácito que no necesitaba de comunicarse; que no necesitara establecerse ni advertirse para las horas mágicas de la Nochebuena, fuimos trayendo cada uno algún instrumento que pudiera utilizarse para acompañar a los villancicos que llevábamos ensañando todo el mes de diciembre Así, que hicimos acopio de panderos, sonajas, triángulos, carracas, almirez, palillos, zambombas y las consabidas botellas de anís «El Mono» que al rasparlas dejaban su característico sonido. Y, estando en esto, apareció «El Arruro» con una sonrisa de oreja a oreja, aporreando sin parar un bombo que nos dejó atónitos y perplejo ante tanto estruendo.

Alrededor de las ocho de la tarde, ya nos habíamos congregados en el salón y el pasillo de Casa Mariquita más de 30 vecinos de los pabellones de la Junta y las Barraquillas, a las que se sumaron otros del Sardinero y del Barrio de las Latas. Así, que tocando las nueve de la noche, Fernando Bermúdez, -que capitaneaba el grupo-, apunto:

¡Venga, vámonos ya…!

Y, fuimos saliendo todos de la puerta de Casa Mariquita al son del tambor de Arruro y entonando los primeros villancicos…

Ande, ande, ande,

la marimorena

Ande, ande, ande que es

la Nochebuena

En el portal de Belén, hay

estrellas, Sol y Luna

La Virgen y San José,

y el Niño que está en la cuna

Esta noche es Nochebuena

y mañana es Navidad

Dame la bota, María,

que me voy a emborrachar

Ande, ande, ande,

la marimorena

Ande, ande, ande que es

la Nochebuena.

La primera parada la hicimos remontando la carretera de la Hípica hasta llegar al Sardinero a visitar a Manolo -un primo de Mariquita- que tras nuestro recital navideño, nos obsequió -como era habitual- con unas copitas de coñac que nos entonó el cuerpo y el canto, y los tradicionales polvorones de almendras de Estepa.

La segunda casa a visitar ya nos costó más trabajo porque Guillermina -la tía de los Bermúdez- se situaba en la barriada del Mixto de Artillería, y el camino se empinaba hasta llegar a su portal. Así, que Arruro, para animarnos, comenzó a aporrear el bombo, y el coro sin pestañear comenzó a cantar el famoso villancico de los peces bebiendo en el río, a saber:

La Virgen se está peinando

Entre cortina y cortina

Sus cabellos son de oro

Y el peine de plata fina

Pero mira cómo beben

los peces en el río

Pero mira cómo beben

por ver al Dios nacido

Beben y beben y vuelven

a beber

Los peces en el río

por ver a Dios nacer.

Y, como no podía ser de otra manera Guillermina -la tía de los Bermúdez- nos alegraba el momento con las consabidas copitas de coñac y los tradicionales polvorones envueltos en papelillos de celofán de colores…

Terminada la visita, y a golpe de la maza del bombo de Arruro, nos dirigimos a la parroquia de Villajovita para celebrar la misa del Gallo. Y, ahí llego otro villancico, a saber:

Hacia Belén va una burra, rin, rin

Yo me remendaba,

yo me remendé

Yo me eché un remiendo,

yo me lo quité

Cargada de chocolate

Lleva en su chocolatera,

rin, rin

Yo me remendaba,

yo me remendé

Yo me eché un remiendo,

yo me lo quité

Su molinillo y su anafre

María, María, ven a acá

corriendo

Que el chocolatillo

se lo están comiendo…

La iglesia estaba abarrotada llena de luz y color, al punto que el párroco había adornado el templo como si un `portal de Belén se tratara; y, aquí y allá, se veían pastores que acompañaban a los Reyes Magos a adorar al Niño-Dios. Una noche verdaderamente mágica, donde Dios se hacía niño para que los hombres sintieran la paz dentro de sus corazones…

Y, aun oyendo como volteaban sin cesar las campanas de la torre de la iglesia, nos fuimos bajando devuelta al Sardinero al son de otro villancico:

Ya vienen los Reyes Magos

Caminito de Belén

Olé, olé, olanda y olé

Olanda, ya se ve

Ya se ve, ya se ve

Cargaditos de juguetes

Cargaditos de juguetes

Para el Niño de Belén

Olé, olé, olanda y olé

Olanda, ya se ve

Ya se ve, ya se ve…

Y, dispuesto ya a retornar a la Puntilla, Fernando Bermúdez dispuso que fuéramos a tomar chocolate a los bares de la Plaza. De tal manera, que al ritmo constante y parsimonioso del bombo de Arruro y el villancico de turno, fuimos bajando la cuesta del Sardinero, la huerta de Peregrini y las Puertas del Campo.

La virgen lavaba

San José tendía,

y el niño de Dios

agua le traía

José, coge a este niño

mientras enciendo candela.

Y, San José le responde:

Quien lo parió que lo tenga…

Luego atravesamos los jardines de la Argentina y de los Enamorados, las murallas del Angulo hasta llegar al Puente Cristo, y por la calle de la Muralla -Paseo de las Palmeras- hasta alcanzar el Puente Almina, donde se alzaba el magnífico edificio del Mercado de Abastos y su emblemático reloj contando las horas.

Y, por fin, fuimos subiendo las escaleras de la Plaza donde se situaban a izquierda y derecha los bares el Norte y el Nacional. No sentamos en unas mesas junto a las ventanas donde se vislumbraba todo el puerto. A continuación, pedimos chocolate con churros que nos supo a gloria y nos calentó del frío de toda la noche. Fue un momento mágico y punto de encuentro de todos los coros que habían estado toda la noche cantando villancicos, y ahora tenían un momento de descanso y una cierta tristeza antes de despedirse hasta la próxima Navidad…

Fernando tocó arrebato para que terminásemos de tomar el chocolate y volver a la Puntilla. Así, que fuimos dejando las mesas no con una cierta pereza, y descendimos por las escaleras para situarnos otra vez en el Puente Almina. El camino a la Puntilla a través del puerto se nos antojaba largo y sinuoso en las horas más frías de la madrugada de la Navidad. De tal suerte, que Fernando le hizo una señal al Arruro, y este al instante, comenzó a aporrear el bombo como poseído por una fuerza invisible que era imposible parar. Y, así, villancico tras villancico hicimos el camino de vuelta por aquella Ceuta sumida en la esperanzada noche de la Nochebuena…

El puerto desde la bajada al muelle España hasta pasado Carranza y la llegada a la Puntilla, se hizo larga de tantos pasos como ya llevamos dados; sin embargo, el ritmo del bombo al compás de los villancicos nos hizo el camino más corto de los esperado.

Campana sobre campana

Y sobre campana una

Asómate a la ventana

Verás el niño en la cuna

Belén, campanas de Belén

Que los ángeles tocan

Campana sobre campana

Y sobre campana dos

Asómate a la ventana

Porque está naciendo Dios…

No hubo que apuntar nada, porque la fiesta no se acababa; porque todavía quedaba ultimar el resto de la noche en Casa Mariquita. De modo, que en llegando, Fernando puso el Pikú, y sonó el primer pasodoble de la noche que tuvo a bien bailar con Antonia la mujer de Diego. Al punto todos bailábamos pasodobles aunque fueran con nuestras propias sombras…

La nochebuena tocaba a su fin, y los villancicos iban ya apagándose por las esquinas de cada calle de Ceuta. Un año más en aquella Ceuta tan entrañable, donde apenas se necesitaban poseer cosas de valor para tener al alcance un momento de felicidad, y donde cantar un villancico, tomar una taza caliente de chocolate con churros, y bailar un pasodoble pareciera suficiente para obtener algo de la felicidad que ahora parece imposible alcanzar…

Camino de casa, algo aturdido por una copa de coñac de más, aún podía oírse en Casa Mariquita aquel villancico que marca el final de los pasacalles de aquellos que han elegido la Nochebuena como la mejor noche de ronda que el año haya podido traernos. A saber.

Y, con esta no canto más,

porque me duelen los dientes.

¡Ayayai!

Y no vemos venir

la copa del aguardiente…

Manuel Castillo Sempere

(*) Viajando hacia el pretérito los recuerdos ya se difuminan y no resulta fácil discernir que chiquillos de la Puntilla formamos ese coro que recorrió las calles de Ceuta cantando villancicos en la Nochebuena de 1966, De tal forma, que apuntaremos –salvo que me olvide de alguno- de los nombres de los niños y muchachos de nuestro barrio, a saber: Fernando Bermúdez, Arruro, Guillermo, Manolo, Romera, Enrique, Juanito, Fernando, Loli, Manoli, Marina, Amparo, Fini, Chari, José luís, Ceci, Santi, Pupe, Manolín, Paquito, Angelín, Narci, Melero, Kiki, Ramón, Kika, Vita, Nicolás, Coco, Maru, Mariló, Gento, Nono, Nani, Merchi, Paqui, Pepito, Kini, Mariflor, Alejandro, Eslo, Pedro, Corruco, Nene, Perico, Luis, Paco, Áfri, Pepito Pacheco y Maricarmen…

(**) Casa Mariquita, era la casa de todos además de los 8 hermanos, el tío José y Paco y Mariquita. Y, hemos de significar que fue el primer cine de barrio cuando Paco tuvo la ocurrencia de traer a su casa el primer televisor de la barriada. Ni que decir tiene, que casa Mariquita fue el primer lugar donde aprendí el concepto de la solidaridad, y el sentimiento de la bondad reflejado en los ojos inabarcables de Mariquita…

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