La muerte de Mohamed, el chico cuyo cuerpo sin vida fue localizado en Calamocarro, debería hacernos recapacitar a todos. Cómo un joven que dentro de un mes podría obtener la documentación para salir a la Península es capaz de arriesgar su vida de esa manera. Desde nuestra perspectiva podemos opinar sobre lo que para nosotros es entendible y normal. Lo más seguro es que nos equivoquemos porque no nos hemos visto en la tesitura de tener que cruzar fronteras, de escapar de situaciones adversas y de no saber qué proyecto de futuro vamos a tener. La muerte de Mohamed supone el reflejo de una población migrante que lo deja todo para cruzar fronteras y que siembra de tragedia una ruta que nos salpica de lleno como ciudad. Son demasiados los hombres y mujeres, también niños, enterrados en nuestros cementerios porque murieron en plena travesía marítima o en la valla. Muchos de ellos están sin identificar y otros pudieron ser reconocidos por sus familias. Todos suponen el fracaso de una sociedad basada en diferencias mantenidas a conciencia. Quienes conocían a Mohamed hablan maravillas de él. Los mensajes de duelo, de pesar eran constantes entre los que trabajaron a su lado ahora en Piniers o antes en La Esperanza. Ellos, los que trabajan junto a los residentes, saben perfectamente la historia de un muchacho que quedará olvidada por muchos, que no causará interés en otros tantos, pero que no es más que la que podría haber tenido uno de nuestros hijos de haber nacido unos metros más allá, al otro lado de la línea fronteriza. Quizá si llegáramos a ser conscientes de la suerte que tenemos, de la suerte que tienen nuestros hijos, podríamos empezar a entender algo de lo que pasan estas personas reducidas a números, a meras estadísticas manipuladas y a discursos incendiarios.
No pido que se cambien conciencias porque no lo voy a conseguir. Quizá solo unos minutos para la reflexión, unos minutos para ser conscientes de lo que tenemos y de lo que otros no, de lo que no arriesgamos y de lo que otros sí. Quizá, solo con eso, podamos cambiar nuestra manera de ver lo que tenemos tan cerca.






