Recordaremos con nostalgia aquella serie que se ha repetido tantas veces en TV: “Verano azul”. Retrata la juventud y la realidad social de la España de los primeros años 80 a través de una pandilla de amigos que veraneaba en Nerja. Eran otros tiempos en el que el turismo se iba afianzando cada vez con más fuerza hasta que ha llegado a ser una de las principales fuentes de ingreso en nuestro país.
Siempre hemos veraneado en Santa Pola, un pueblo de pescadores de la provincia de Alicante. Recuerdo mi adolescencia todo el día en la calle; era un reflejo de la serie antes citada. Los turistas eran los de todos los años y le daban a la ciudad el colorido estival de esta época.
Ahora de eso ya no queda nada: edificios, bares y restaurantes, comunidades de propietarios gigantescas, paseos abarrotados, playas petadas de gente y lo que uno se puede imaginar. Ese pueblo pasa de tener 20.000 habitantes a 250.000 en los meses de Julio y agosto.
Así será en muchas ciudades españolas dedicadas a este negocio que comienza a ser un problema para los habitantes que residen todo el año. La turismofobia de muchos vecinos en diferentes ciudades debido a la masificación, al ruido y en suma al hecho de explotar el turismo no solo de hoteles sino especialmente de viviendas particulares que hacen imposible el desarrollo racional de la vida de los residentes (a veces no pueden ni llegar al portal de su casa), cómo afectan a los servicios básicos (los centros médicos de bote en bote y con personal rotativo e insuficiente, porque nadie quiere currar en esas condiciones), o la recogida de basura (sueldos bajos ante el aumento del precio de los alquileres por la especulación, falta de personal).
Huelga citar ciudades del mundo en el que una Marabunta humana invade como termitas lugares idílicos por cualquier motivo: monumentos, islas paradisíacas, bosques, puntos del planeta antes inalcanzables para casi todo bicho viviente: el polo norte, el Everest, las islas Galápagos, Machu Picchu, Amazonas. Piensen en un destino exótico alejado de la mano de Dios y ahí estarán los touroperadores poniéndoselo al alcance de la mano.
Ciudades como Venecia, Roma, Atenas, Santiago de Compostela con su legendario camino de miles de peregrinos, Tenerife, Ibiza, Benidorm...
Recuerdo algunas de mis visitas turísticas: en el Vaticano riadas de gente visitando la basílica, mirando la capilla Sixtina en cinco minutos. Todo un aluvión de humanos con cámara en ristre para fotografiar hasta el más mínimo detalle.
¿Qué queda del viajero descubriendo otras tierras, otras culturas y otras civilizaciones? ¿Cómo hacer compatible la sociedad de consumo con la gallina de los huevos de oro? ¿ Qué ganamos y qué perdemos?
Es complicado el equilibrio pero algo deberemos hacer para no vender como si fueran patatas fritas los legados de la historia, de la idiosincrasia cultural y la grandiosidad de la naturaleza que levanta volcanes, lagos, montañas, glaciares, cataratas...
Ya decía Nietzsche que “el hombre es un sarpullido que le ha salido a la tierra”.
Ahora los millonarios piensan promocionar viajes al espacio o acercarse al Titanic (una aventura que acabó en tragedia).
Dentro de nada habrá ofertas para ir a la luna. Vamos a ahorrar dinero y esperar una buena oferta en la agencia de viajes.
Al menos en Ceuta somos los que somos y vienen los que vienen. De esto nos libramos.
El cañonazo también espanta a estos piratas.
Hoy me dirijo a todos los vecinos y vecinas de nuestra barriada, con el profundo…
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