Imagínate sentarte a jugar al Monopoly y observar cómo todas las consecuencias de la partida se traducen a tu plato de comida o a los billetes que tienes en el bolsillo. Ves a otros jugadores comprando calles y viviendas, mientras que tú apenas puedes pagar un alquiler de las primeras casillas.
Injusto, ¿verdad? Pero, las reglas, en teoría, son las mismas para todos: los ciudadanos pasamos por el mismo tablero, la vida. Sin embargo, no todos empezamos desde el mismo punto de partida.
La riqueza no solo se consigue, también se hereda, se protege y se acumula. Como en el clásico juego de mesa del señor de bigote blanco, poco a poco unos empiezan a concentrar grandes posesiones, mientras que otros luchan por cubrir los gastos mínimos y vivir de forma honrada.
Fuera del tablero, la realidad parece estar paralela al juego. Las oportunidades no se reparten de la misma forma: el poder adquisitivo, la educación, el lugar de residencia y las relaciones personales son algunos de los grandes condicionantes.
En el margen de error suele verse la gran brecha de la sociedad: un fallo es solo un tropiezo más en el camino a la cima para algunos o una sentencia y caída libre para otros.
La pregunta no es quién ha ganado el juego, sino desde qué posición empieza cada jugador y cómo se reparten las cartas.
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