Cuando se viaja al sur, el viaje es iniciático. Ahora entiendo que la luz que amo es esta. Y la amo sin reclamar una identidad como tampoco porque conecte con mis raíces materna y paterna, ni por pertenencia a una comunidad, ni por unas costumbres que heredé (una forma de ver el mundo o una lengua que no es “neutra”). La amo porque me transporta al origen, a un tipo de verdad que se expande creando estos paisajes áureos, borrando las barreras entre el mundo y el yo.
¿Pero qué o quién establece esta división? ¿Somos nosotros constituyéndonos en sujetos o en individualidades? Sí, y pertenecer a una cultura ascética. Ésta se empeña en mostrar la relación entre el ser humano, la naturaleza y la vida como una polaridad enfrentada. En cambio, la cultura trágica nos ofrece prescindir de esta dicotomía. A mí también se me antoja como una suerte de mística, que no acabo de identificar con la religión, como tampoco con una conciencia estética. Así que busco, leo y encuentro un nombre para ella: mística salvaje (Hulin, 2007).
Ya había estado antes en el Cabo de Gata (Almería). Y lo había apreciado estéticamente. Sin embargo, el pasado junio me trastocó. Lejos de querer atraparlo conceptualmente, viví el acontecimiento desde dentro; mi cuerpo se sorprendió mucho más que mi conciencia y mis sentimientos se han estado congratulando de ser ágrafos hasta hoy. Allí comprendí lo que atrajo al poeta gallego, Ángel Valente, para cambiar la luz del norte por esta que da lecciones de misticismo con una humildad silenciosa que, de tanto callar, se disuelve en el rumor del mar sin alaracas.
La mística salvaje sucede cuando no buscas desasirte, ni te vas de retiro espiritual a meditar o te estás preparando en un curso de yoga para alcanzar el nirvana, simplemente irrumpe sin voluntad de dominar el deseo o suprimirlo. Es salvaje porque se opone a lo cultivado; no requiere de sesudas disertaciones. Y de ella nace un “sentimiento oceánico” que te subyuga y te hace olvidar tu nombre... Para Romain Rolland en su correspondencia con Freud, este sentimiento te hacía adquirir una mayor comprensión de la realidad a la par que lo situaba en el origen de la religión. En cambio, Freud comparte la relevancia de tal sentimiento, pero le quita trascendencia y no lo sitúa en el origen de la religión. No obstante, como ya sabemos la tendencia que tenía el fundador del psicoanálisis de patologizar estos fenómenos, preferimos dar cabida a la tesis de Hulin de que esta mística se encuentra en un intersticio de experiencias súbitas que no son ni religiosas, ni patológicas, sino que son otra cosa, y para nosotras además encuentran abrigo bajo otro sol, que es sol de la cultura trágica. Como dice José Manuel Romero Cuevas: “La tragedia genera, por tanto, un sentimiento de unidad con el fondo indiferenciado de las cosas, con el corazón del ser”.
Volviendo a la asociación con lo original que produce esta mística, lo que hace que tan a menudo nos situemos “frente” al mundo, en lugar de “en” el mundo, o que prefiramos una cultura ascética a una trágica, podemos recordar a Nietzsche, para el que el ascetismo es igual a odio a la vida. También Freud, fuertemente inspirado por Nietzsche, habla de Thanatos como una fuerza negadora que impide que Eros campe libremente; el Super-yo prohibiendo el goce y
dejándolo todo a la administración del deseo; conservando nuestra integridad yoica, prohibiendo y juzgando porque ha interiorizado la moral y, para calmar dicho régimen, engatusándonos con la promesa de alcanzar un ideal, una meta o un modelo. Vivir es vérselas con un malestar cultural, que es el que gestionan los poderes económicos sobre nuestras vidas, demandándonos continuamente que seamos productivas y a los cuales les cedemos nuestra plusvalía a cambio de “seguridad”. Les regalamos nuestras almas mientras el sistema teje sin parar una maraña invisible para que lo olvidemos. Cuando despertamos del sueño del capitalismo, lidiamos con nuestra angustia existencial; el mundo se nos antoja como un monstruo, un kraken que viene a por nosotros ¿Con qué armas cuento para atacarlo? Dejar de alimentarlo; salir de su laberinto con el cual me ha seducido para construirme una identidad, una nacionalidad y una forma de vivir colonialista. A adoptar posturas de resistencia como la mística, una se puede preparar. Pero sólo será salvaje cuando olvides lo aprendido y te prestes inocente, desnuda de conocimientos en la naturaleza sub specie aeterninatis, ¡entonces le cortarás un tentáculo al monstruo!






