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Mi segunda madre

Por Carlos Antón Torregrosa *
08/06/2026 - 07:56
mi-segunda-madre
Imagen cedida

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Sobre la una de la media noche mi tía Adela marchó a la nada. Le preguntó a su nieta qué había que hacer para morirse y antes de morirse se despidió en silencio, escuchando a sus hijos, a sus nietos y a mi madre. “Adiós muy buenas” era la frase que siempre me decía si le llegaba su hora, aunque ella vivía el día a día como si el mañana fuera otro asunto.

Mi tía Adela en pocas ocasiones hablaba de la muerte y logró vencerla no dándole importancia. Lo único que me repetía muchas veces era que quería tener dinero en el banco para que sus hijos pudieran pagar su entierro pues eso de pagarle a la parca toda la vida siempre lo tuvo claro.

Estuve unido a ella desde siempre y no recuerdo haberme enfadado por mucho que repase la memoria; su carácter, su restarle importancia a cualquier problema, su sencillez y sentido común siempre la hicieron invulnerable a cualquier inclemencia existencial.

Mi madre y ella habían estado unidas desde que nacieron, chocaba la forma de ser tan diferentes; mi tía positiva, animosa, alegre, divertida, muy amiga de sus amigas y capaz de empatizar con todo bicho viviente; mi madre siempre tristona, pesimista y derrotada por no poder cambiar las circunstancias, aunque luego era capaz de mover cielo con tierra por su familia, por su trabajo, por el férreo compromiso con la solidaridad y el esfuerzo constante que sigue en ella a los 89 años.

Mi tía Adela era una de esas flores de otro mundo, un ser de paz, de mar en calma aunque la tempestad estuviera desatada. Nunca la vi superada, tal vez fue la persona más estoica y epicúrea que he conocido.

Mi tía del alma, mi segunda madre, se divertía siempre, era imposible verla aburrida y sin nada de qué hablar. Por mucho que discutieras con ella no podrías robarle el sosiego, un sosiego que al final terminaba por convencerte.

Yo le llevaba avellanas que las comía como si fueran ambrosía de los dioses, traía bolsas de pipas y mientras las devorábamos, entre montañas de cáscaras, dialogábamos sobre esa filosofía de andar por casa que te devuelve a pensar en lo que tienes enfrente sin ser necesarias las elucubraciones metafísicas.

En la sobremesa saboreaba su café con leche, algo dulce y cualquier telenovela de miles de capítulos. ¡Ya no me engancho más, esto es interminable!, pero luego comenzaba otro culebrón para matar la tarde.

Aunque se pasó la vida leyendo apenas se acordaba de los libros que habían pasado por sus manos: “Me gustó, pero no me preguntes porqué, no necesito la memoria para poder recomendártelo”.

Todo le venía bien: hacer solitarios, pedir por correo artilugios estrambóticos como una casa de muñecas de cartón, una sortija que cambiaba de color según el estado de ánimo, las larvas de unos animales marinos que si lograban nacer harían cabriolas y números circenses; nos pasamos meses hasta comprender el timo de los vendedores desconocidos. Mi hermano Pedro le regalaba minerales que ella observaba como si fueran tesoros. También se hizo con una caja de madera que había que montar, con la ayuda de su nieto Carlos, y llenarla de enseres y figuras hasta conseguir un ambiente de hogar: una cocina, una mesa, las habitaciones, el balcón y figuras de pitiminí en la que cada una tenía un sitio.

Mi tía no era de emociones fuertes pero la expresión de su cara y sus ojos llenos de rocío lo decían todo. ¿Cómo puedes escribir y expresar lo que piensas? Ella no supo que una de las cosas que más me motivaba era relatar historias de la gente que quiero.

Me aferro a tu recuerdo como una enredadera, como un corazón en calma, como el poema 6 de Neruda que tanto recitamos.

“Te recuerdo como eras en el último otoño.

Eras la boina gris y el corazón en calma.

En tus ojos peleaban las llamas

del crepúsculo.

Y las hojas caían en el agua de tu alma.

Apegada a mis brazos

como una enredadera,

las hojas recogían tu voz lenta y en calma.

Hoguera de estupor en que mi sed ardía.

Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.

Siento viajar tus ojos

y es distante el otoño: boina gris,

voz de pájaro y corazón de casa

hacia donde emigraban

mis profundos anhelos

y caían mis besos alegres como brasas.

Cielo desde un navío.

Campo desde los cerros.

Tu recuerdo es de luz,

de humo, de estanque en calma!

Más allá de tus ojos ardían

los crepúsculos.

Hojas secas de otoño giraban en tu alma.

Adiós muy buenas “cómo solías decirme”

Hoy por primera vez estoy contento de estar triste. Seguro que la nada quedará enamorará de ti.

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