N.H.D. José Montes ingresó en esta Corporación nazarena el 21 de junio de 1993, aunque fue colaborador desde 1990, año en que la Junta de Gobierno del Sagrado Descendimiento lo propuso para la Presidencia de la Junta de Cofradías de la Ciudad, tras finalizar su mandato D. José García Cosío.
Hermano y cofrade del Silencio, participó durante años de los actos de la Hermandad, bien fueran de culto, sociales o culturales, saliendo en numerosas ocasiones - junto a su esposa e hijos- en la madrugada de Viernes Santo como nazareno portador del estandarte corporativo. Ahora, también de madrugada, salió de nuestras vidas pero no de nuestro recuerdo, por eso decimos que -en palabras de nuestro Director Espiritual- «pedimos hoy al Señor del Buen Fin que mire con misericordia a nuestro hermano Pepe. Que lo purifique de todo pecado y le conceda contemplar su rostro».
En la Hermandad siempre ocupará un lugar destacado entre el elenco de colaboradores y benefactores, pues fueron muchas sus acciones en pro de ella: nos cedió la primera Casa de Hermandad en Pasaje Fernández; apoyó la adquisición de María Santísima de la Concepción; donó una de la Marías del Misterio del Traslado; participó del grupo de donantes de las cartelas del paso; medió en la adquisición de la Inmaculada para la acrotera de fachada así como en las ediciones de los pregones de la Hermandad… por citar algunas cuestiones. En 1995 nos ofreció su Pregón Chico, que desde 1986 a 1998 contribuyó -según sus palabras- «a conformar este atril como la tribuna ideal donde poner el dedo en la llaga». Pregón que venía precedido de años de tertulias en cafés mañaneros y vespertinos, así como de programas de radio donde compartimos ilusiones y proyectos.
La semblanza de N.H. José Montes quedaría empequeñecida si sólo nos refiriéramos a él por lo realizado en el Sagrado Descendimiento (o alguna de las hermandades a las que perteneció) y no hiciéramos referencia a sus años de Presidente del Consejo de Hermandades y Cofradías, que es donde verdaderamente se encuentra lo meritorio de su figura, donde lideró un grupo de cofrades que cambiaría nuestra Semana Santa a través del “semillero de ideas” que, a partir de 1990, se fue implantando desde la Mesa del Consejo en la ciudad y las hermandades; Mesa para la que eligió, en principio, a cofrades del Descendimiento: Francisco P. Buades, Carlos Torrado, Juan C. Aznar, Pepe Durán, Juan C. Sánchez, Alberto Diaz… No es por lo tanto casualidad que el espíritu del Silencio estuviera presente e impregnase los inicios del Consejo de Hermandades y Cofradías de Ceuta, no teniendo ambages por su parte de reconocer en sus inicios -y así lo escribió- que «fuimos ejemplo, marcando el camino para quienes como yo, llegamos huérfanos de memorias, vacíos de vivencias y ausentes de imágenes de nuestra Semana Santa» (Pregón Chico 1995).
Desde los comienzos de su mandato se programaron y desarrollaron múltiples vías de promoción y difusión de nuestra Semana Santa, intentando hacerlo con un sentido más actual del mundo cofrade, y sirva como muestra lo siguiente: se contrataron los conciertos de Cuaresma con una categoría musical nunca vista en la ciudad (Música Real, Soria 9, Maestro Tejera, El Sol…); se gestionó la composición de marchas procesionales para las cofradías de la ciudad y su posterior edición en varios CD, así como grabaciones de las salidas procesionales en DVD; la edición de cartelería de calidad anunciadora de nuestra Semana Santa y la del pregón oficial de la ciudad; el homenaje al pregonero en un acto social de relevancia y todo ello al mismo tiempo que la promoción de esas actividades en las propias hermandades; se insistió en el control de los cortejos procesionales para una digna presentación de las hermandades en la calle; se estableció la carrera oficial y la tribuna de autoridades como lugar institucional donde las HH se habrían de presentar en señal de respeto a la Iglesia y la Ciudad; se produjo la entrada en la Catedral como punto culminante de la salida procesional de las HH para hacer la Estación Mayor, lo que es símbolo de respeto y expresión de adoración al Santísimo en lícita diferencia a la veneración dada a nuestros Titulares, en una catequesis explícita de lo que las HH debían promover y explicar; se reconoció la nómina de salida como documento de refrendo ante las autoridades religiosas y civiles a ocupar las calles en Semana Santa, enmarcando el acto dentro del Miércoles de Ceniza para resaltar así el primer día de Cuaresma; se promovieron los cabildos de disciplina y de cuentas para revisar los actos de culto y salida, así como el control del gasto correspondiente a la subvención de la Ciudad a través de su primer convenio y el consiguiente reglamento de reparto; se trabajó en el reconocimiento del Consejo como institución e interlocutor único ante la Ciudad para los asuntos de carácter general de las hermandades…
De alguna manera, en general, nuestras hermandades habían perdido bastante de su antigua identidad, no se habían puesto al día al mismo tiempo que trastocado algunas cuestiones, cuando ya, desde el inicio de los años 80 (del siglo pasado), el movimiento cofrade en Andalucía había crecido y ganado en importancia.
Hoy, los más jóvenes, pueden llegar a creer que nuestra Semana Santa y las hermandades siempre fueron como ahora las conocemos, pero no es así, y mucho de ello se debe a N.H. D. José Montes Ramos y el grupo de cofrades que lideró en aquellos años, de forma desinteresada siempre y con mucha ilusión y trabajo. Después, a Dios gracias, otros presidentes y otros cofrades siguieron la estela para bien de las hermandades y nuestra Semana Santa.
Y como dejó escrito en su dedicatoria del pregón (que guardo con afecto), aquel 25 de marzo de 1995, «sigue por ahí, como dicen los flamencos (…) y no te canses que el esfuerzo vale la pena y Ceuta más». Y así ha sido desde aquel 20 de noviembre de 1981 de la reorganización de nuestra Hermandad.
Con nuestro más sentido afecto y dolor por su ausencia, recordamos aquí sus palabras: «Lentamente, se van dibujando largas siluetas negras sobre la negra penumbra, poco a poco, un primer nazareno se reviste de luz, mostrando sobre su antifaz cinco cruces rojas, recogidas amorosas, dentro de una aureola de celeste virginal: el diputado de Cruz.
Y, a su lado, la ilusión, la semilla, la esperanza: vistiendo terciopelo rojo en el traje / serio y grave en la inocencia / revestido de fe y de creencias / la figura breve, menuda y pulcra del paje». (Pregón Chico 1995)
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