Categorías: Sociedad

Memorable encuentro entre Madre e Hijo

El Nazareno y la Esperanza ‘coincidieron’ en la Plaza de África a las 21:00, cumpliéndose así una de las tradiciones más anheladas de la Semana Santa           l Cientos de personas arroparon el acto l Legionarios del Tercio emocionaron con el ‘Novio de la Muerte’

Ocurrió justo lo que refleja la leyenda, lo que marca y da sentido a la tradición. Lo que suspiran cientos de fieles, de ciudadanos de a pie: que la lluvia respetara, que el clima acompañara y que El Encuentro pudiera desplegar todo su encanto. Con estilo, con belleza. Así, en una tarde casi más propia del estío que de la primavera, en la frontera en que las claritas del día languidecen fusionándose en la inmensidad oscura de la noche, se produjo el encuentro entre Madre e Hijo, entre la Virgen de la Esperanza y Nuestro Padre Jesús Nazareno, ante cientos de personas que se dieron cita, desde en torno a una hora antes, a eso de las ocho de la tarde, en una Plaza África esplendorosa y vestida con sus mejores galas.
Guiados con el espíritu más cofrade de la Semana Santa ceutí, por el inmenso corazón que se le profesa a una fe en la que se cree y se siente desde incluso antes de nacer, los costaleros –y el alma de los fieles– transportaron cada paso a un ritmo tan delicado que más que andar pareciera que iban levitando. Como las almas, pues. El Cristo avanzó por Plaza África, luego por Valentín Cabillas, siempre admirado, y mientras, la Virgen hacía lo propio por Edrissis y Paseo de las Palmeras, caminos que siempre terminan en un mismo punto, igual que sucede con las flechas de los enamorados: en el corazón, en Plaza África, ahí desembocan respectivamente. Y ahí, frente a un Palacio Autonómico en cuyo más insigne balcón se vislumbraba a las autoridades, civiles y eclesiásticas, se produjo el momento cumbre, tan esperado por numerosos vecinos. Ahí, pues, el encuentro de El Encuentro. Ahí los legionarios  del Tercio 'Duque de Alba II' interpretando –cornetas y tambores de fondo– el 'Novio de la Muerte', con emoción desgarrada. Ahí los vellos de punta y el corazón palpitante. Ahí las cámaras de los móviles inmortalizando el momento. Ahí los aplausos. Ahí el sentimiento. Ahí esos minutos de eterna belleza. Ahí la historia desplegada. Ahí la memoria archivando imágenes para siempre.
Terminado el momento en que Madre e Hijo se encontraron, y antes de entrar ambos pasos en la Carrera Oficial –minutos antes según lo programado–, es preciso abrir un paréntesis acerca de una realidad que, lamentablemente, va ganándose también un hueco en la Semana Santa ceutí y formando de tal modo una tradición, ésta detestable e infame. Porque ¿acaso es concebible que se asista a una Estación de Penitencia y antes, durante y después de que el paso en cuestión procesione en ese preciso instante y lugar y que diez, treinta, cien, doscientas personas al unísono estén tomando pipas –y, por ende, ensuciando el suelo tras lanzar, con descaro, las cáscaras–, riendo a carcajadas o riñendo a voz en grito a los niños que, sin entender dónde están, se hallan traviesos y ruidosos, obviando así toda regla y código de respeto, educación y civismo? El paréntesis se cierra con una respuesta que, como en la canción de Dylan, queda soplando en el aire, pues el peso de la evidencia es, este caso, descomunal.
El Martes Santo, más allá de vulgares aspectos, resultó, pues, hermoso de nuevo, tanto en el fondo como en la forma, lo que corrobora el excelente momento que atraviesa la Fervorosa Cofradía y Hermandad de Penitencia de Nuestro Padre Jesús Nazareno y Sacratísima Virgen de la Esperanza, así como exhibe la dedicación de los integrantes de la misma. Y así se pudo comprobar al paso de Madre e Hijo por Plaza de la Constitución, Paseo del Revellín, Ingenieros, Santander, Velarde, Amargura, Cervantes, Muñoz Castellanos, Paseo Colón, Jáudenes –calle cofrade ya por antonomasia: esas flores, esa estrechez, ese juego de colores, ese aroma a incienso, esos vecinos en los balcones–, O’Donnell y Plaza de África, después de estacionar en la Catedral y antes de regresar de recogida y descansar a la vera de la Patrona. Justo en ese momento en que ya la tradición se había vuelto a cumplir y pasado a la historia de la ciudad. Justo cuando del hechizo quedaban ya restos brillantes (además de pipas).

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