La artista andaluza deleita al público que acudió al Teatro con un cancionero fusionado en el que la aureola de Chavela Vargas iluminó la noche
Como si el ventarrón que se levantaba cada vez que el poncho de Chavela Vargas arañaba el ambiente, hubiera viajado de un continente a otro, atravesado mares y arrasado de golpe el Revellín: huracán Martirio. Así, con fuerza incontenible pasó anoche la artista andaluza por Ceuta, con ese aire de reina seductora bien ganado a pulso, con esa voz tremenda que parecía poner el grito en el cielo, como llamando a la dama mejicana.
Hermoso homenaje de Martirio a Chavela, un espectáculo original y no exento de valentía pues la fusión de estilos traía a la memoria de inmediato a un maestro citando al morlaco. Pero del pulso a vida o muerte, salió ganando Martirio para gloria del respetable. Buena parte del éxito se debe a Raúl Rodríguez, guitarra flamenca y percusión, y gracias al cual fue posible que Luz de luna; En un mundo raro; El andariego; La noche de mi amor; Las ciudades; Sombras; Quisiera amarte menos; La llorona; La sandunga; o Las simples cosas sonaran como lo hacen las emociones que nacen en lo más profundo del corazón: “Detrás del cristal oscuro”, había dicho en la previa la artista onubense, con razón a tenor de lo visto anoche, “se resguarda una mujer que quiere seguir mirando y aprendiendo a ras de suelo sin que la miren cuando se baja del escenario. Porque por mucho que lleve puesto, a mí se me ve el alma cantando”.
Lástima que el público no llenara el Teatro, como merecía la ocasión, para deleitarse por Méjico por soleares, que copó la primera parte, y también para seguir la segunda, repleta de canciones del repertorio de siempre de Martirio, ese que va desde al flamenco al tango y de la copla al bolero: abanico de emociones viajando de la lágrima a la sonrisa.








