Tomo prestado del libro La Revolución Cuántica, de Alberto Casas, su subtítulo, porque resume con precisión lo que late detrás del concepto más desconcertante y fértil de la física moderna. La física cuántica ha desencadenado la revolución tecnológica en la que vivimos y, como recuerda Casas, ha aportado más a nuestra comprensión del mundo que cualquier otra teoría científica o filosófica de la historia. Toda la tecnología digital basada en la microelectrónica nació de la comprensión cuántica de la materia: el láser y su uso en cirugía, la comunicación por fibra óptica, las luces LED, las cámaras digitales, los relojes atómicos que permiten la geolocalización GPS. Nada de esto habría sido posible sin la física cuántica.
Ante todo, es una teoría sobre cómo funciona la naturaleza, sin ambigüedades ni contradicciones internas. Pero, al mismo tiempo, es profundamente contraintuitiva y choca con nuestro sentido común. Como explica Casas, más allá de su capacidad para describir fenómenos concretos y generar tecnologías extraordinarias, la física cuántica nos ofrece una perspectiva revolucionaria de la realidad. Extraña, fascinante y llena de misterios que aún no comprendemos.
Uno de los científicos que más contribuyó a desentrañar esa realidad fue Richard P. Feynman, célebre, entre otras cosas, por sus Lecciones de Física, que han guiado a generaciones de estudiantes con explicaciones tan sencillas como profundas. Además de recibir el Premio Nobel en 1965, fue uno de los pocos capaces de explicar física a mentes como Einstein, Von Neumann o Pauli. Y tuvo el honor, nada menor, de ser declarado “loco” por el Ejército estadounidense por intentar enseñar a los soldados a pensar.
Cito estos detalles porque solo alguien con su genialidad podía inventar formas completamente nuevas de comprender la física cuántica. Feynman ideó diagramas que permitían “hacer cuentas dibujando”, traduciendo cada término de las complejas matemáticas subyacentes en trazos intuitivos. Aquellos dibujos no eran un capricho: simplificaban cálculos que parecían inabordables. Con esa herramienta, y otras igual de audaces, resolvió el problema que tenía bloqueada a la física en los años cuarenta: la electrodinámica cuántica (QED), la teoría que describe cómo interactúan la luz y la materia. Ese logro le valió el Nobel, compartido con Schwinger y Tomonaga.
Pero su legado fue aún más lejos. En 1982 afirmó que, si la naturaleza es cuántica, para simularla necesitaríamos computación cuántica. Aquella intuición está hoy a punto de materializarse y promete otra revolución. También transformó la enseñanza de la física: obligaba a los estudiantes a visualizar problemas que, de otro modo, serían incomprensibles.
Su influencia, aunque indirecta, también alcanza nuestra comprensión del cambio climático. Feynman murió en 1988, el mismo año en que James Hansen presentó ante el Congreso de Estados Unidos su histórico testimonio sobre el calentamiento global y se fundó el IPCC. Para Feynman, el efecto invernadero era física básica, no política: la luz del Sol calienta la Tierra; la Tierra re mite radiación infrarroja; el CO2 y el vapor de agua absorben esa radiación y la reemiten. Lo sabía desde los años sesenta. No es discutido.
Lo que sí sugería era que nunca debíamos quedarnos con un solo modelo, sino atacar los problemas desde direcciones independientes. Los climatólogos modernos hacen exactamente eso. Por ejemplo, la red Argo de boyas autónomas confirma la acumulación de energía en los océanos; los satélites GRACE miden la pérdida de masa de Groenlandia y la Antártida mediante cambios en la gravedad; otros satélites registran la subida del nivel del mar por expansión térmica y aporte de masa; las señales fenológicas, estaciones de crecimiento, migraciones, floraciones, ofrecen verificaciones independientes.
Si Feynman viviera hoy, probablemente no te entregaría una pancarta. Te pediría: enséñame los datos crudos; muéstrame qué ocurre cuando eliminas tu modelo favorito; y, sobre todo, dime qué evidencia te haría cambiar de opinión. Si no puedes responder a esto último, para él no estarías haciendo ciencia.
Las olas de calor de este verano son, para muchos, evidencia suficiente de ese cambio profundo que se está produciendo. Son parte de esos mecanismos ocultos de la realidad: no los vemos, pero los sentimos y los sufrimos.
Agentes de la Guardia Civil han recuperado este domingo los cadáveres de otros dos inmigrantes…
Dicen que la selección argentina de fútbol representa a la identidad nacional del país y…
Nueva madrugada de intentos de entrada de inmigrantes en Ceuta procedentes de Marruecos. La Guardia…
El viento entra por las ventanas vacías, en realidad por todos los huecos que presenta…
“Esto es peor que los saltos masivos de la valla”. Quien habla es un agente…
Nuestra querida Ceuta ya huele a feria, ya tenemos encima las Fiestas Patronales, un evento…