Sea cual fuere el resultado de la apasionante final de hoy, esta ejemplar selección de jugadores jóvenes procedentes de los más diversos lugares de España, unidos, solidarios y humildes, ha logrado lo que los políticos no han sido capaces de conseguir, una vez que los españoles superamos los sarampiones, los rechazos y las negras sombras derivadas del anterior régimen.
El orgullo de ser español, el ondear de banderas y la exhibición de patriotismo inundan las calles de todo el país en una auténtica explosión de éxtasis y catarsis colectiva. Por unos días la gente no habla de crisis, de subidas de impuestos, del paro o del Estatut. Ni siquiera del inminente y duro debate del estado de la nación. La ciudadanía, hastiada y cansada, pasa cada vez más de esa partitocracia que parece hacer lo mismo con nosotros, convirtiendo su ejercicio en algo aburrido, lejano y ajeno para la gran mayoría. Cómo extrañarnos pues, de que el 43% de los españoles no sepa que Zapatero haya sido durante los últimos seis meses presidente de turno de la Unión Europea.
Es lastimoso que la política carezca de la capacidad de generar el interés y el entusiasmo que transmite el fútbol. Decir que este deporte son 22 jugadores detrás del balón es como proclamar que la literatura es tinta y papel. Ahora mismo, en el caso de España, parece como si asistiéramos a un despertar de valores, a un cambio generacional, del que pueden ser un ejemplo nuestros jugadores, que creen en la cultura del ESFUERZO, con mayúsculas, que quieren competir. Ellos no sólo son once deportistas en el campo sino la mística de un país que desafía a otras potencias, a base de un trabajo conjuntado en un horizonte plagado de individualismos. Triunfaron en Europa y ahora nos han conducido a esta emotiva final a base de la constancia del esfuerzo, remarco, que les hace ganar por derroche de ambición, calidad y entusiasmo. ¿Seríamos capaces de trasladar esa virtud a otros campos, al educativo, por ejemplo?
Como español bien nacido, que un día besó y juró defender esa bandera que ahora invade todos los rincones del país, me emociona y disfruto viendo como tantos la flamean con orgullo, libres ya de complejos, pregonando su satisfacción de ser español, proclamando vivas y arribas a España. Pero muy especialmente si se trata de esos jóvenes que nada saben del régimen que feneció para siempre hace 35 años y de las manipulaciones que se hicieran en su tiempo con tales rituales. La selección de Del Bosque se ha convertido en un factor aglutinador que ha sido capaz de hermanar a todos los españoles de la más diversa condición y territorios bajo un mismo signo, esa bandera, y un himno que nos pide ya a gritos su letra.
Hermoso es que tal sentimiento se exteriorice también en Cataluña, por más que para algunos la gloria se deba al esquema y a jugadores del Barsa. Por ahí se pueden abrir también vías a ese fenómeno integrador, por muy fuerte que sea el tradicional sentimiento de identidad de dicho pueblo. Pero ya hemos visto como la mayoría de la gente vibra en la calle con sus banderas y sus gritos de España, para disgusto de los nacionalistas.
Lo mismo que en el País Vasco, donde hasta comienza a hablarse de que la selección española pueda volver a jugar allí, un reflejo más del soplo de oxígeno que propicia la coalición de los dos grandes partidos nacionales. Mal que pese a Anasagasti, el que escribió que deseaba el triunfo de Alemania.
Reconfortan tales efusiones de afecto en territorios donde desde hace ya muchísimos años estamos asistiendo a un sistemático borrado de cualquier vínculo afectivo con España, y a los que ahora tiene que descubrir el fútbol esa parte falseada u ocultada por los poderes públicos.
España puede proclamarse hoy campeona del mundo. Apuesto que lo será si sus hombres saltan al campo convencidos, una vez más, de que todo es posible con esfuerzo, valentía, humildad, unidad, fortaleza y superación estratégica, olvidándose de protagonismos y siguiendo al pie de la letra a Del Bosque, ese maestro del regate dialéctico, modelo de serenidad, de falta de petulancia y arquitecto de calmas duraderas. “Del Bosque for President”, que irónicamente escribiera esta semana en ‘El Mundo’ Lucía Méndez.
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