Su nombre es Manuel Fernández López, tiene 95 años y, a día de hoy, es la persona más longeva de la barriada Los Rosales, en Ceuta. Nació el 19 de febrero de 1930. Este superviviente sigue paseando con serenidad por su barrio, decidiendo salir de casa y no ser esclavo de una cama.
Manolo, como lo llama su círculo, recuerda una infancia y adolescencia marcada por el hambre y la guerra, una historia que vivió junto a sus padres y sus ocho hermanos, con quienes fue muy feliz, pues, a pesar de no tener nada, se tuvieron los unos a los otros a pesar del fallecimiento inesperado de su padre cuando él tenía 10 años.
Si algo podemos destacar del encuentro de Manolo es que este quedó marcado por la necesidad que le tocó vivir. “No había para comer”, repetía sin cesar. Este hecho parece haberse quedado en sus adentros.
Manolo creció junto a sus padres y ocho hermanos. La familia era grande, humilde y muy unida, pese a que la pobreza apretaba. Su padre era maquinista del ferrocarril Ceuta-Tetuán y él lo acompañaba a menudo, subido al tren.
Un día la tragedia alcanzó a su padre, quien murió en una explosión durante el servicio. Aquel día, por petición de su padre, Manolo se quedó en casa. “Él me dio y me salvó la vida”, dijo Manolo mientras las lágrimas caían de sus ojos fruto del recuerdo de su padre.
“A los dos los quise hasta el máximo”, decía de sus padres, recordando cómo su madre cosía pelotas de trapo para que los Reyes pudieran llegar a casa, aunque no hubiera ni para comer. Tras la muerte de su padre todo fue aun más difícil para una familia de nueve hermanos.
La Guerra Civil marcó su niñez. Tenía apenas seis años cuando comenzaron a sonar las alarmas de bomba. “Íbamos corriendo a los refugios, los que podían correr, corrían, y si no, las bombas nos mataban”, contaba con la mirada cargada de terror.
Su primer empleo llegó con solo diez años: guardar cabras. La necesidad era tanta que recurría a cualquier idea para alimentarse, como a los caracoles. ¿Qué hacía Manolo con los caracoles?: “Pues comérmelos crudos”, decía riéndose.
Los recogía, los metía en una lata y los acercaba al fuego hasta que explotaban. “Cuando explotaban, a comérselos”, contaba sin titubeos.
También ordeñaba cabras cuando tenía sed. Manolo era un niño buscándose la vida entre el campo y la pobreza.
Con el tiempo aprendió un oficio, convirtiéndose en albañil, oficial de primera. Más tarde, ya adulto, vendió cupones de la ONCE, un trabajo que él mismo asegura que “le salvó la vida”.
Ya con veintitantos años conoció a la mujer que marcaría su corazón. La vio un día y supo que era para él. “En cuanto la vi, dije: ‘esta va a ser para mí’”, decía sonriendo.
Ella, según cuenta Manolo, también le echó el ojo. Iba al Chorrillo “solo para verlo”. Así comenzó un romance eterno.
Se casaron, formaron un hogar y tuvieron dos hijos: José -fallecido a los 46 años en 2008- y Dolores, quien lo sigue acompañando en cada paso.
Su esposa, Dolores Cepero, convive con el Alzheimer, pero Manolo asegura que su amor sigue intacto. Su vida juntos, dice, fue profundamente feliz.
Manolo también fue cazador, y de los buenos. “Está feo decirlo, pero fui un cazador bueno, bueno, bueno”. Conocía las montañas de Marruecos como la palma de su mano.
Su hermana África, presente en la entrevista, recuerda aquellos años difíciles, pero también insiste en que fueron felices teniéndose unos a otros.
Cuando se le preguntó por su longevidad, sonrió y respondió con sencillez: “Lo que hay que hacer es echarle frente a la vida, nada más que eso”.
Hoy sigue paseando cada día por su barriada, saludando a conocidos y llevando con él la memoria de un tiempo que ya solo vive en historias como la suya, de las que ya no quedan.
Manolo es historia andante. Una vida marcada por la necesidad, sí, pero también por el esfuerzo, el amor y una fortaleza indiscutible. Manuel Fernández López no es solamente la persona más longeva de los Rosales, también es ejemplo de resistencia, memoria y cómo la vida va cambiando y te sitúa en el lugar correcto para devolverte aquello que algún día te quitó o que jamás te dio.
Su hermana, África Fernández, sentada junto a Manolo durante la entrevista, ha recordado algunas anécdotas que han despertado algunas risas entre los presentes.
La primera de ellas estaba relacionada con un gato. Cuenta que, antiguamente, en la feria, cuando llegaba el circo, los feriantes compraban gatos. Manolo, junto a un amigo y su hermana intentaron vender uno, pero, justo cuando llegaron, el gato se escapó.
El amigo, al que llamaban “nene”, se llevó un guantazo del feriante y todos salieron corriendo para casa. El último día de feria, por capricho del destino, este mismo gato apareció en el tejado de casa.
Manolo lo cogió, lo mató, lo dejó toda una noche en vinagre y al día siguiente fue la comida para toda la familia. “Anda que no estaba bueno el gato”, dijo África entre risas, asegurando que quería repetir una y otra vez.
África ve ahora esta anécdota imposible de ser reproducida, pero forma parte de una memoria que no cae en el olvido.
Para finalizar, la hermana del hombre más longevo de Los Rosales, ha explicado el término “picha de toro”, sí, como leen. Y, ¿qué es eso? Pues justo eso, la picha del animal.
Según cuenta, su madre se las ingeniaba para convertirla en una herramienta ideal para amedrentarlos porque, como bien dice África, “éramos muy inquietos”.
“Esta picha de toro te marcaba de por vida”, contó riéndose, pues antiguamente era completamente normal que los padres usaran la violencia para educar a sus hijos, no se escandalicen.
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