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Manos dulces

Por Francisco Gil Craviotto
30/11/2014 - 10:10

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Los franceses, cuando hablan de alguien a quien se le da muy bien el cultivo de flores y plantas, siempre acuden a la misma expresión: “Tiene las manos verdes”. Mi abuela no tenía las manos verdes; las tenía dulces, que es mucho mejor.

Durante todo el año, cada vez que hacía el pan, aprovechaba el horno para regalarnos a los nietos alguna gracia pastelera –magdalenas, “jayuyos”, tortas de aceite, “paciencias”, etc, -; pero era sobre todo en Navidad y San Marcos cuando hacía gala de sus grandes dotes de dulcera. Ya lo sabíamos: en Navidad eran los mantecados y soplillos; en San Marcos la cuajada de almendra. También sabíamos, por lo que contaban los adultos, que en todo el pueblo no había nadie que hiciera unos pasteles como los suyos
A veces, cuando encontraba azúcar, aunque fuera a precio de oro, añadía alguna otra novedad. Su problema siempre era el azúcar. Incluso reuniendo el azúcar de su cartilla de racionamiento con las nuestras no había para nada. La única solución era buscar a vecinas y comadres que quisieran cambiar el azúcar de su cartilla por aceite u otra cosa. Era una operación que había que comenzarla con mucha antelación porque, si esperaba a los días inmediatos a Navidad, ya no quedaba nada. Todavía recuerdo, hablando con mi madre, oírle decir: “Ha venido la Fulanita, ofreciéndome un kilo de azúcar por dos litros de aceite, ¡Un robo!” Sí, la gente se aprovechaba, pero al final todos los años lograba hacer sus mantecados y soplillos.  Unos mantecados y soplillos, con un sabor tan suyo y exquisito, que ahora son causa de que todos los demás mantecados y soplillos los encuentre detestables.
Todos los años ocurría igual: a pesar de los avisos de que fuésemos moderados, que los dulces debían durar hasta Reyes, para Año Nuevo ya no quedaba nada. Mi abuela no podía repetir una nueva hornada porque siempre le faltaba la materia prima: el azúcar. Esta penuria de azúcar, que la guerra y cruel dictadura había producido en toda España, fue el motivo de que le viniera a mi padre a la cabeza aquella idea genial: comprar una colmena. ¡Qué delicia de miel! Mi abuela, a la versión de dulces con azúcar, añadió otros, igualmente tentadores y exquisitos, con miel. Al año siguiente la colmena de mi padre produjo otra colmena. Así continuamos en los años sucesivos, aumentando en una o dos todos los veranos el número de colmenas. Con el tiempo, llegó mi padre a tener hasta ocho colmenas.
Yo, siempre que podía, procuraba birlarle a mi abuela algún mantecado o cualquier otro dulce para regalárselo a mi amigo Sebastián o cambiárselo por un gorrión u otro pájaro. Mi abuela se daba cuenta, pero se hacía la tonta. Una vez me preguntó que le había parecido a mi amigo el dulce y yo, fui tan ingenuo, que reproduje sus palabras exactas:
-¡Coño! ¡Qué cosa más rica!
El taco me costó una buena reprimenda. Para colmo, pocos días después, tuvimos una visita, Yo estaba jugando en el huerto, pero mi madre me llamó:
-Ven, que doña Dolores quiere verte.
Después de darme un beso y decir que estaba altísimo, me preguntó:
-¿Cómo no estás jugando con tu amigo Sebastián?
-Ayer me dijo que hoy no podía venir.
-¿Y eso?
-Dijo que tenía que llevar la cabra a que el macho le eche un polvo.
Ví que mi padre enrojecía, que a mi madre un color se le iba y otro le venía y la visita se santiguaba. ¡Santo Dios! ¿Dónde he metido la pata? Mi padre me lanzó una nueva filípica con alusiones muy duras contra mi amigo. Lo peor es que todo lo que decía era verdad: Sebastián se pasaba el día profiriendo tacos y palabrotas. Si la cabra se le liaba a un almendro la llamaba "puta", si se hacía daño con algo o se pinchaba, exclamaba, "¡hostias!", y si veía u oía algo que le llamaba la atención, sacaba su expresión favorita: "¡coñooo!", con una o final, tan larga y prolongada, que se le quedaba varios segundos en los labios.
A mí me daba pena que dijera tantos tacos, porque estaba seguro que se iba a condenar, y alguna vez se lo dije. Él se reía y, para demostrarme que no había el menor peligro, se ponía a decir su taco favorito y estaba así media hora sin parar. Yo me quedaba pensando en el día en que, serio y mayestático, su ángel de la guarda, con espada flamígera y túnica hasta los pies, se sacase del bolsillo el terrible cuadernillo de las anotaciones y comenzara a sumar y luego a multiplicar. Por misericordioso que fuese el Señor, incluso aunque le hiciese un mocho, por eso de que era huérfano y no iba al catecismo ni a la escuela, unos cuantos cientos de años en el purgatorio no iba a haber quien se los quitase. ¡Pobre muchacho, con lo bueno y generoso que era!
Mi abuela siguió haciendo dulces hasta que los achaques de la vejez se lo impidieron. Sucedió que por esas mismas fechas la Dictadura suprimió las cartillas de racionamiento y de nuevo volvió el azúcar a todas las tiendas. “¡A buena hora! –decía mi abuela-, cuando ya no puedo ni tenerme de pie”. Murió poco después y, aunque dejó varios cuadernos con sus recetas, nadie ha sido después capaz de reproducir aquellos dulces tan exquisitos. Dicen que la razón está en la manera tan peculiar de redactar mi abuela sus recetas (ejemplo: “Cantidad: Dos veces la taza que le falta el asa”; “tiempo de cocción; cinco padrenuestros y tres avemarías”) o acaso se deba,  pìenso yo ahora, a que, en toda la familia, tan sólo ella tenía las manos dulces.

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