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Malika, la mujer a la que le salvó el cierre del Tarajal

Malika Bufunas es una de las marroquíes que aún sigue atrapada en Ceuta desde marzo, pero su historia es diferente: huía de su marido

Maltratada por su pareja, con hijos menores, lejos de casa y amenazada de tal manera que la dominaba el miedo terrible a huir por si el agresor, su marido durante más de 30 años, le daba alcance. Por ahora, el final de Malika Bufunas ha sido feliz para esta mujer marroquí que sufría esta situación y que ahora vive en Ceuta. Una mujer liberada, que empieza una nueva vida.

No sabe exactamente qué día entró en Ceuta porque no lo recuerda bien, pero fue poco antes de que cerraran la frontera del Tarajal. “Vine a Ceuta escapando de mi marido por el maltrato que me daba. Dejé allí a mis seis hijos y me vine cuando cerró la frontera. Me quedé en casa de Sabah y desde entonces llevo con ella”, comenta agradecida a todas las personas que en nuestra ciudad le han ayudado.

Sin palabras y sin saber muy bien cómo empezar a hablar. A Malika le alivia el poder desahogarse con alguien que no sea de su familia, pero ese pequeño alivio no es nada para el dolor tan inmenso que siente. Son muchos meses los que lleva ya a kilómetros de sus hijos. Están cerca, en Castillejos, pero no puede ir a verles. Qué más da, si ya no pueden estar juntos de verdad. Ahora confiesa que está algo más calmada. Sin embargo, a pesar de que la frontera lleva cerrada casi un año, no quiere volver a Marruecos. “No quiero salir de Ceuta porque estoy amenazada por mi marido y quiero quedarme aquí. No quiero volver a Marruecos”.

Malika tiene seis hijos y trabaja en lo que puede para ayudarles y mandarles dinero cada mes. “Lo que voy pudiendo de dinero les voy mandando, porque son seis y el más pequeño tiene nueve años. Los echo mucho de menos y mi hijo pequeño pregunta por mí todos los días, pero no quiero volver porque sé que mi marido podría encontrarme y le tengo mucho miedo”, cuenta con la mirada cabizbaja y los brazos cruzados para establecer una barrera entre ella y todo lo que la rodea.

“Ningún idioma puede expresar el poder, belleza y heroísmo del amor de una madre”, decía Edwin Chapin. Y es que el amor, afecto y cariño de un hijo es el mejor regalo. Madre no hay más que una y Malika, a pesar de estar lejos de sus hijos, es una madre con mayúsculas. “Si en algún momento se abre la frontera, iré a ver a mis hijos o no sé qué voy a hacer, pero de momento no me quiero quedar en Marruecos. Aquí estoy bien y más tranquila”, relata.

Malika conoció al que creía que era el amor de su vida hace 31 años, pero nada era como ella pensaba por aquel entonces. Ahora no le resulta fácil romper el silencio para hablar de la violencia que sufrió.

Desgraciadamente, podría ser cualquiera, podría llamarse de mil maneras y tener mil historias detrás, pero a pesar de que ya lleva separada ocho años desde que se escapó de su marido, aún tiene mucho miedo.

“Vivíamos en Tánger y me escapé con mis hijos. Nos vinimos a Castillejos a vivir. Y yo entraba cada día a Ceuta para trabajar y ganarme la vida como podía, limpiando o de lo que me saliera hasta que cerraron la frontera y ya no pude volver a mi casa. Cuando me enteré que habían cerrado pensé que sería solo durante dos semanas como mucho... pero hasta ahora”.

De todas formas, aunque tiene ya 50 años, está mal de salud, pero cuando la llaman para cualquier cosa, va para poder ayudar a sus hijos. “Para dormir no tengo problema porque sigo en casa de Sabah, pero para dar de comer a mis hijos sí tengo que buscarme la vida porque ellos no trabajan. Vivimos de alquiler y tengo que mandarles porque son 150 euros y más dinero para que coman. Pero a mí no me hace falta de nada porque gracias a Dios mucha gente me ha ayudado aquí en Ceuta”, cuenta aún nerviosa y avergonzada.

Su único deseo ahora mismo no es que se abra la frontera, sino “encontrar un buen trabajo”. “Ojalá pudiera traer a mis hijos y no volver a pasar lo que ya pasé. Lo que quiero es empezar una nueva vida y que mis hijos puedan entrar a trabajar a Ceuta porque la situación en Marruecos está muy mal. No hay trabajo para nadie y el mayor podría ayudarme trabajando porque tiene 29 años”, narra.

En estos casi doce meses ya, Malika se ha sentido abandonada e impotente por no poder estar junto a su familia, pero aliviada porque sabía que su marido no podría perseguirla hasta Ceuta con la frontera cerrada. No pierde la esperanza de poder comenzar una nueva vida junto a sus hijos en nuestra ciudad. No estuvo en las listas durante las repatriaciones ni tampoco lo estará en la nueva lista de personas que podrían salir en breve. Podría recorrer esos pocos metros con los ojos cerrados. Solo unos cuantos pasos en línea recta le separan de su familia, de su hogar. Pero ahora no sueña tanto con ese momento. No espera cruzar de Ceuta a Marruecos, sino que lo hagan sus hijos, y poder tenerlos en sus brazos.

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