Marcar líneas rojas en la vida debería ser una cuestión de principios. No todo vale, hay límites que no podemos traspasar ni tenemos que permitir que otros lo hagan. El sistema crece y engorda a base de corruptelas pariendo a mafiosos con traje. Algunos vienen de familia, han mamado en su casa esa ausencia de valores; otros aprenden y le cogen gusto a eso de estar bordeando siempre el límite sin mancharse las manos.
Cada vez que veo a las fuerzas de seguridad conducir al considerado eslabón pequeño de la cadena en la comisión de delitos pienso en el pez gordo, ese ‘señor X’ que estará frotándose las manos en su despacho. Usa a los que empapelará la justicia mientras él se convierte en intocable o en el protegido de turno, que de todo hay.
Así se hacen muchas de las grandes fortunas, así nacen muchos de los señoritos que han levantado imperios a base de no poner límites, de creerse más listos que el resto y de tejer sus propias redes de protección.
Este mundo se va al garete y nosotros podemos contemplar esa caída como meros espectadores que no se inmutan ante las barbaridades o plantando líneas rojas en todos los sentidos. En primer lugar, renegando de su amistad, alejándonos de su mano tendida, rechazando cualquier relación. En segundo lugar, despreciando lo que son.
Delincuente no es solo el que llena las páginas de sucesos, la crónica judicial del día; delincuente es quien crece aprovechándose de ellos. Difuminar la realidad que nos rodea es de cobardes, normalizar la mafia también, sobre todo cuando sabes perfectamente con quién te juegas la partida. Porque tontos, aquí, no somos ninguno.







Pues es tal la ambigüedad del relato que puede servir en Jalisco , en Marsella, o en Moscu.
Y pensar que éste relato no es de ciencia ficción o el guión de una serie.Tristemente es el resumen de la realidad que vivimos.Afortunadamente hay personas como Carmen Echarri que salen a la luz guiándonos con sus palabras.