Una madre siempre será un referente en la vida. Una madre siempre perdonará a su hijo por muchos caminos torcidos que haya seguido. Una madre siempre estará ahí, dando la cara por nosotros aunque no siempre hayamos estado al nivel. Porque los hijos somos así, nos creemos por encima del bien y el mal, creemos que sabemos todo de la vida cuando ni siquiera la hemos empezado a comprender. Somos tan soberbios que llegamos a pensar que los consejos de una madre de nada sirven porque de todo sabemos y de todo conocemos. Por eso, por eso mismo nos estrellamos y vamos después a buscar el consuelo de la que siempre estuvo ahí, esperando, queriendo, paciente, confiada.
Cuando la vida te va arrebatando tus referentes nos deja cojos, desorientados, incapaces de encontrar el consuelo, la paz y el cariño de quien antes nos acogía, nos mimaba, nos calmaba o simplemente nos miraba como solo ellas saben hacerlo.
Las madres de ahora intentamos, solo intentamos, ser como las de antes. Conmigo se tuvo el listón muy alto. Mi madre fue y sigue siendo una guerrera que tuvo que sacar a media docena de hijos adelante, multiplicando horas, sacando días, haciendo posible lo imposible. Esa fuerza la llevó a un sacrificio extremo y a tener que sufrir esos mazazos que te da la vida sin previo aviso. A sufrirlos y a superarlos. Es poco probable encontrar a personas así en la vida.
Nuestra organización vital nos lleva a comercializar hasta con ese día tan sagrado reduciéndolo a la compra de unas flores, a la búsqueda de un regalo, al evento del momento. Nos pasa eso, que ya compramos todo, que ya contamos en euros el cariño obviando que precisamente no es eso lo que necesita una madre. Llegará el tiempo en el que sustituiremos el amor a referentes como una madre por una inteligencia artificial que nos diga qué debemos hacer. Llegará.






