Opinión

Luz y antiluz

Vivimos una época de Luz, de mucha luz, artificial, eso sí.

Paradójicamente, en un tiempo en el que todo es luminiscencia, plasma y led, el oscurantismo avanza a sombras agigantadas entre nosotras intentando cubrirnos con su tupido manto. Algo así como un apagón preventivo ante nosotras avanza, cual agujero negro social y filosófico, una suerte de “antiluz” llena de voces (plural de vox, voz, en latín) que no auguran nada bueno. Ni nuevo.

La luz es, por principio, el antónimo de la oscuridad. Fue precisamente esa orientación la que guio a las pensadoras del Siglo XVIII. Salir del oscurantismo, deshacerse de los dogmas, darle a la razón y al librepensamiento una posición central en la sociedad fueron las guías. Así, el “pienso, luego existo” de Descartes fue el inicio de todo, el comienzo de una revolución que acabó con el despotismo en Europa, aunque no con los privilegios. Bueno también será recordarlo.

Al respecto, señalar que, aunque que la revolución francesa proclamaba, el 26 de agosto de 1789 (apenas un mes después de la toma de la Bastilla), la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano” que proclamaba que todos los hombres nacían igual ante la ley, ésta no suprimió la propiedad privada. La Revolución de 1789 estuvo impulsada por una potente burguesía gala, harta de una nobleza improductiva, de un clero privilegiado y cansada de pagar impuestos sin tener un sitio en los cielos de la Corte. Así, esta revolución no abolió, lógicamente, la propiedad privada. Consecuencia directa y brutal: la esclavitud no se abolió tampoco. Esto también es bueno recordarlo.

El origen de lo que luego pasó a llamarse “las luces de la Revolución” [francesa] es plural. Como todo lo que releva de la razón y del raciocinio, no hay una mano divina guiando al resto, siendo la invocación divina más propia de un autoritarismo siempre apigmentado. Dicho de otra forma, ni la imbecilidad, ni la codicia, ni el autoritarismo o el terror tienen un color específico. A las lamentables evidencias hay que remitirse.

Así, el multiforme credo tipo “yugo y flechas” se extiende en la historia desde los absolutismos de zares y reyes, pasando por las diversas dictaduras del proletariado hasta los regímenes fascistas y/o teocráticos, que, para el caso son los mismo.

El caso es que la anteposición del autoritarismo ya se encuentra en la India y la China del siglo III a.C. en unos escritos en los que se alude a una sociedad democrática. En el mundo árabe del siglo IX, el médico Al Razi defiende el desarrollo de “un saber estrictamente humano basado en la experiencia y sólo por la razón”. Curioso resulta que los islamófobos se encuentren ahora (y siempre) en las antípodas de Al Razi. La razón y la intolerancia son como agua y aceite. Axioma.

Posteriormente, unos escritos jesuitas dieron fe de la existencia de una confederación de tribus amerindias, en la noble zona canadiense francófona de Québec. Los Wendat vivían en una sociedad socializada en la que no existía la pobreza. Sus miembros poseían sus propias herramientas de labor, pero el fruto de todo el trabajo era puesto en común, un modelo que, en el viejo continente, se dio en llamar “la chispa de los autóctonos” como inicio de las Luces. Este podría ser el origen de “las Luces” y que, por cierto, incomodó al clero de la época y a las clases dominantes tildándolo todo de “cosas de salvajes”. Noblesse oblige.

A su vez, en 1615, el pensador africano Ahmed Baba escribió desde Tombuctú un tratado sobre la igualdad de las razas. Hace exactamente 411 años. Qué de tiempo perdido.

En Europa, tras la estela de Galileo y de Copérnico, los nombres más relevantes fueron Benjamín Franklin, Voltaire, Montesquieu, Émilie du Châtelet, Diderot, Rousseau o Louise d’Épinay.

Pertenecientes a la Francmasonería en su mayoría y con afiliación en la Logia Nueve Hermanas del Gran Oriente de Francia, fueron la mecha que lo encendió todo.

Por cierto, el nombre de la logia en cuestión (Nueve Hermanas) aludía a las nueve hijas de Zeus y de Mnemósine, las conocidas musas. Éstas extendían sus poderes de inspiración en la poesía épica, la poesía amorosa, la historia, la tragedia, la retórica, la música, la comedia, la danza y la astronomía. El saber y la razón por encima de las creencias y los dogmas. Y después nos preguntaremos por qué las francmasonas son (en mayor o en menor medida) tan vilipendiadas y perseguidas, en fin...

¿Pero, en 2026 qué le debemos a las Luces?

Pues, entre otras cosas:

La defensa y proclamación de los Derechos Humanos.

El dinaminatado de los sistemas feodales.

La emergencia de la idea de República y de la democracia moderna.

La transformación de los sistemas educativos.

La reforma de las instituciones judiciales.

La separación de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial).

Dicho de otra forma, la base del sistema en el que vivimos. ¿Mejorable? Por supuesto, pero pensar que todo esto procede de la segunda mitad del Siglo XVIII indica la capacidad de anticipación de quienes fueron los artífices de todo esto. La otra gran revolución vendría más tarde, materia para otro Vitriolo.

Los principales personajes (resumiendo mucho) fueron los siguientes.

Benjamín Franklin (1706-1790) también conocido como “el primer americano o el último colono”, fue el único de las Luces que pudo ver realizadas sendas revoluciones. Muy influenciado por Voltaire, fue el redactor de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América y su cara está impresa en los billetes de cien dólares. Franklin pudo ver cómo se llevaban a término tanto la separación de las colonias americanas de la corona británica como la Revolución francesa. Con algunas sombras relacionadas con la esclavitud (su postura abolicionista llegó por conveniencia política ya que él mismo tuvo esclavas) fue científico, inventor, humanista, antepuso siempre el razonamiento a lo establecido. Como dato curioso, este vegetariano, y padre del pararrayos, fue el primero en hablar de ahorro de energía. Ahora le dirían que preservar la naturaleza, mata.

Frase para el recuerdo: “Dime algo, y lo olvido. Enséñame y lo recuerdo. Involúcrame y lo aprendo”. Más lógico, imposible.

Voltaire (1694-1778) fue el quijote del Siglo de las Luces. Su lucha contra las religiones (“la religión es la mayor fuente de ignorancia y de intolerancia”) y la defensa de los Derechos Humanos se complementaron, lógicamente, con la defensa de simples ciudadanos en flagrantes procesos de injusticia. La libertad de prensa, y por ende la libertad de expresión hicieron de Voltaire una figura central del racionalismo. Visitó en varias ocasiones la prisión de la Bastilla y conoció el exilio. Hay cosas que nunca cambian.

Frase para el recuerdo: “Los hombres son iguales, y no es el nacimiento, sino la virtud, la que hace la diferencia”. Básico.

Montesquieu (1689-1755) es considerado padre de la sociología. Defensor y teórico de la separación de poderes, nunca cuestionó los grupos de privilegios (nobleza y clero) que denominó “cuerpos intermedios” como unas fuerzas de interposición entre el rey y el pueblo como herramienta de limitación del poder absoluto.

Si bien el concepto de” lucha de clases” se ha visto mucho mejor definido por otras pensadoras, su aportación, a lo que conocemos como “Estado de Derecho”, es crucial. Algunas que presumen de puertas traseras tribunales supremos y demás parecen de la época muy pré-Montesquieu.

Frase para el recuerdo: “Una injusticia hecha a un individuo es una amenaza hecha a toda la sociedad”. Deberíamos sentirnos amenazadas todas, me temo.

Émilie du Châtelet (1706-1749) es una precursora del feminismo y una pensadora. Escritora, música, física y matemática, llevó a cabo la traducción de la obra de Newton “Principia Matemática”. Mantuvo una relación sentimental conocida por todas con Voltaire. Miembro de la Academia de las Ciencias del Instituto de Bolonia, Émilie du Châtelet obvió todas las convenciones, se alejó del boato aristocrático e incluso fue criticada por exigir silencio en alguno de los salones repletos de nobles “para poder pensar”. Para la época, el gesto fue inaudito…y ahora también, para qué nos vamos a engañar.

Frase para el recuerdo: “Quien dice prejuicio, dice una opinión que se ha recibido sin cuestionarla porque, de hacerlo, no se podría sostener”. Más claro, el agua clara.

Diderot (1713-1784) es, sin ningún tipo de dudas, el padre de la Enciclopedia (“Enciclopedia o diccionario razonado de las ciencias, de las artes y de los oficios"). Esta magna obra (72.000 artículos y 140 colaboradores) recogió todos los conocimientos y marcó el Siglo de las Luces. Denis Diderot, ateo declarado, fue muy crítico con los poderes establecidos y sobre todo contra la Iglesia católica, a la que consideraba intolerante y cargada de autoritarismo. Uno de sus libros, “la religiosa”, denunciaba el enclaustramiento forzoso y los escándalos en el seno los conventos. Todo un plan.

Su frontal rechazo a los dogmas, junto con una defensa a ultranza de la razón y del librepensamiento, llevó a la Iglesia a prohibir la Enciclopedia. Un clásico.

Frase para el recuerdo: “Cuidado con el tipo que habla de poner las cosas en orden. Poner las cosas en orden siempre significa poner a otras personas bajo su control”. Más de actualidad imposible.

Jean Jacques Rousseau (1712-1778), de nacionalidad suiza, es una figura fundamental del Siglo de las Luces. Escritor, pedagogo, botánico, filósofo, músico y naturalista, mantuvo sus serias discrepancias con integrantes de este movimiento, en particular con Voltaire.

En una de sus obras (Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres) argumenta que la propiedad privada es un robo. Su libro, “El contrato social”, para muchas el detonador final de la Revolución francesa, defiende la libertad y la igualdad en un estado mediante el establecimiento de, precisamente, un contrato social. Básico.

Frase para el recuerdo: “La única costumbre que hay que enseñar los niños es que no se sometan a ninguna”, algo que a su manera recogería Ferrer i Guardia con su famoso “no envenenéis la infancia”. Magistral.

Louise d’Épinay (1726-1783) es filósofa, escritora, novelista, autora de una obra epistolar prolífica (con Voltaire, Rousseau y Diderot entre otras) memorialista y “salonnière” (que participa en recepciones donde se leen textos y se debaten). Con la edad de 11 años la ingresan en un convento a la espera de un casamiento. Con fuertes lazos de amistad con Jean Jacques Rousseau, en 1774 publica “Las conversaciones de Emilia”, teniendo por subtítulo “Diálogos entre una madre y una hija”. Lamentando profundamente la educación que recibió en su infancia, Louise d’Épinay escribe esta obra para su nieta, en la que preconiza, tal y como defendía Rousseau, una pedagogía natural en la se destierra la memorización de datos que sobrepasan la capacidad del alumnado.

Frase para el recuerdo: “Debemos utilizar nuestra fuerza para socorrer a los vulnerables, no para oprimirlos”. ¿Alguna objeción?

Las Luces de la Revolución fueron, pues, un faro con el que todas nos seguimos alumbrando. El problema no es si la explosión de ese volcán de la razón está más o menos alejado en el tiempo. La duda tampoco es si siguen sirviendo esos principios burgueses que, aunque (menos Rousseau) no pretendían dinamitar el sistema, han sido las grandes directrices de nuestro sistema democrático. La gran pregunta es si esa claridad se está apagando a marchas forzadas sin otra alternativa que el oscurantismo más absoluto y absolutista. Otra vez.

Y en esas estamos.

Comprobar como, en 2026, se están poniendo en duda los conceptos de razón contra todo tipo de dogmatismos es, cuanto menos, alucinante. En el primer cuarto del Siglo XXI estamos en la siguiente fase: dictaduras sangrientas que tienen a los campos de concentración como seña de identidad.

Sistemas autoritarios disfrazados de democracia que son perfectamente avalados por estados clientes, es decir por nosotras.

También están los estados democráticos en los que vivimos. En éstos, las que tienen poder y dinero también deciden sobre nuestras vidas sin que les importemos lo más mínimo. Que nadie se escandalice, no hay nada nuevo bajo el sol y ejemplos no faltan. “Eso es el mercado, amigo” como decía Rodrigo Rato.

Y finalmente, dentro de nuestras democracias, están las que consideran que hay que volver a la época anterior al Siglo de las Luces.

Para ellas, la religión está por encima de todo, la razón es la de la fuerza, la preservación de la naturaleza es un invento woke que mata y opinan que el propio sistema democrático está superado. Signo particular: Putin y Trump son sus ídolos.

Proclaman que la diferente (de opinión, de piel, de creencia o elección amorosa) debe ser expulsadas, que las extranjeras son la causa de todos los males.

Cómo no, también se desgañitan chillando que se deben privatizar los servicios públicos, tal y como ocurre en EE.UU donde, si no tienes dinero, no tienes derecho a cura. Defienden el orden y la ley, como si las que piensan que se debe ser enérgico en la exigencia de viviendas públicas no creyesen en el cumplimiento de la Ley con la salvedad que éstas últimas defienden que TODAS deben respetar la Ley.

Se pretenden defensores de las ciudadanas de a pie, pero no dudan en aplaudir al nuevo zar y en ponerse firme con Trump y sus aranceles contra el campo español.

Dicen estar con la corrupción (aquí no puedo estar más de acuerdo, sin piedad alguna para todas las corruptas) pero sus acciones demuestran lo contrario.

Quieren la expulsión de todas las migrantes poniéndoles, literalmente, una diana en sus espaldas bajo la acusación de delincuentes. Y todavía hay ciudadanas que creen que son la salvación y partidos políticos que, por táctica partidista, les dan el oxígeno que necesitan para sobrevivir. Demencial.

Usted, como siempre, sabrá lo que mejor le conviene, pero si cree que las Luces están desfasadas, debemos reivindicar una sociedad más libre, más transparente y con más capacidad de decisión de la ciudadanía. Lo contrario es ir hacia la dirección que nos muestran las intolerantes hacia un sistema autoritario a ultranza. Mientras ellas sueñan con concertinas rodeando a librepensadoras y activistas de la Razón, nosotras trabajamos por un mundo en el que la Libertad sea la base, la Igualdad el medio y la Libertad el fin. Ahora, que cada cual decida en qué dirección de la historia quiere ir porque, como rezaba hace un poco en una pintada en París: “hay oscuridad en el país de las Luces”. Y aquí también, otra cosa es que no queramos verlo.

Nada más que añadir, Señoría.

(Fotos del autor)

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