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Los trece años de Natalia

Por Ana Isabel Espinosa
22/10/2011 - 08:25

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Natalia tenía trece años y ya han venido a por ella. Su madre me lo dijo sin lágrimas en el sendero comercial del Carrefour, supongo que porque se le habían secado en los muchos años- trece -que esperó a que su hija mejorará.  Recién nacida le dijo un médico de Frontera que la niña no viviría mucho y el muy desgraciado no erró en el diagnóstico.
Siempre la vi con ella en el carrito, siguiendo a la hermana mayor, que alternaba curso con el segundo mío. La hermana mayor me recibió- fíjense en el tiempo que no nos veíamos, desde que mi hijo dejó la primaria y ella en vez de ir con él al instituto se marchó a Afanas-con abrazos sin palmas de manos , sino de nudillos volcados y risas y sonrisas tan naturales como el agua limpia de los ríos.                                                                
Los niños son lo que son y cuando siempre van a serlo , se nos vuelven muecas en la garganta las risas, parimos subidones de nostalgia y tristeza infinita cuando los perdemos.
Hemos perdido a Natalia todos , porque incluso los muchos que no llegaron a conocerla la echaran de menos, blanda blancura de alma pura que no salió del cascaron , ni hizo daño alguno, más que entibiar el corazón de sus padres y alterar sus sueños, pensando como decían ellos” qué sería de sus niñas, sin ellos”. Ahora esa conjetura no se hará realidad y no serán ellos los que penen por morirse antes que ella, por saberla en una residencia cuidada por extraños, no serán ellos los que lloren por su certeza, sino que ahora no se resignarán a su ausencia y su hija mayor -con una discapacidad no tan severa, pero sí lo suficiente como para que no se dé cuenta de la desgracia que los asola- siga riendo efímera existencia. Hay muchos por ahí que dirán que estaba de dios , ¡cruel dios ese que hace eso a los críos y sobre todos a los que tanto los aman!, ¡cruel dios ese que priva a una criatura de nacer con todos sus sentidos!... con la maldad, con el retorcimiento , con el poner zancadillas, copiar en los exámenes, responderle a la maestra u ofender a la directora, con robar,  chantajear o hacer salvajadas y convertir nuestra vida en basura, por poco que hagan. No, no será nada de ello para Natalia, no será para ella más que polvo y olvido de una vida que solo fue leve existencia sin andar, sin casi poder tragar, sin casi ver y solo oír y musitar gemidos contentos, como los de un bebé que te quisiera agradecer con ese leve gesto tanto que se hacía por ella.                       
Natalia ha desaparecido, como los zapatillos adidas que sus padres regalaron a mis niños y que primero él y luego ella, gastaron hasta la extenuación, comentándoselo yo al padre y quejándome, porque eran muy bonitas y me daba pena y respondiéndome él, serenamente…” no te de pena, porque era lo que quería yo que pasase con esos zapatos”. Y entonces me di cuenta, feliz yo con mis hijos de una normalidad rampante, que Natalia no había roto sus zapatos , porque no había gateado , ni se había puesto de pie  y cuando su madre suspiraba porque se levantase, ya con diez o doce años, solo porque se levantase y se sostuviera, el médico que la miraba incrédulo, porque decía que era imposible que hiciera aquello que veían sus ojos, cabeceaba y rezongaba porque sabía el resultado final, los trece años, con mucha- infinita- suerte y miles de cuidados , que le esperaba a Natalia. Mi segundo hijo está ya en cuarto de secundaria, Natalia es mero recuerdo de los que nos regocijamos con haberla conocido y su hermana transita con esperanza por Afanas, patria común para los que nunca pierden la fe en sus hijos. Nos regocijamos, los demás los normales de la normalidad, a cuenta de que crezcan, de que estudien o de que no, de que saquen notas o cates a pares, de que nos coman o de nos dejen el plato, mientras niños como Natalia, niñas como Raquel, o hombres ya como Víctor o Suli,  solo se esmeran en componer una sonrisa para nuestros ojos, en darnos un abrazo de oso que te parte las defensas y te hace ser menos humano, menos especie escogida y más animal primitivo y natural, como los homínidos de Atapuerca que no sobrevivieron, sino cuidando de los suyos, llevándolos hasta la comida, en andas y haciendo que sobreviviese una niña de su especie, que por mal parto o por complicaciones del ADN, nunca se pudo poner del pie y que murió sin, llegar a hacerse, mujer.                                                 

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