De un tiempo a esta parte, la clase política dominante ha empezado a hacer uso de técnicas maliciosas cuyo único objetivo pasa por dañar públicamente la imagen de quienes osan criticar al poder.
Para ello echan mano de sus espías de pacotilla que, en plan servicios de información paralelos, se encargan de poner etiquetas a todo aquel que no gusta. Así, si alguien protesta públicamente, si alguien se muestra tal como es o incluso expresa sus opiniones a través de las redes sociales, puede toparse con una situación cuando menos divertida. El espía de pacotilla se dedicará a hacerle un perfil, echando mano de varios rumores de bar, para situarle como alguien peligroso. Esto es divertido cuando ese trabajo sirve únicamente para llenar el contenido de las charlas en torno a un café. Deja de serlo cuando de esa mentira se construye un informe y ese informe termina empleándose de manera torticera.
Les cuento esto porque de un tiempo a esta parte me estoy topando con personas del PP que gustan de poner etiquetas al resto de forma demasiado alegre pudiendo incurrir en consecuencias peligrosas. Peligrosas si de esos chismes termina formándose una opinión dada por verdadera y de ahí nacen unas consecuencias.
Lo hace ahora el PP en sus tertulias y comidillas, lo hacía también el PSOE cuando mandaba en la plaza de los Reyes. El que tiene poder se cree en condiciones de definir al que le resulta problemático aunque con esa definición esté más cercano de la falsedad y mentira que de la verdad.
De esos juegos debería haber escarmentado ya la clase con poder. Parece que no, parece que les sigue gustando eso de hacer una vida paralela de quien no se convierte en su pelota, de quienes no piensan como ellas, de quienes, simplemente, ejercen una libertad, una... ¿cómo se llama, forma de vida democrática, respetuosa?
Detrás de esos informes vienen las amenazas, detrás de esas etiquetas colgados de forma temeraria pueden venir problemas, detrás de esos calificativos efectuados en público con desprecio absoluto a la verdad pueden llegar consecuencias fatales. Se cae tan bajo cuando no comulgas con el sistema que hasta detenciones que luego han dado pie a sentencias absolutorias porque escondieron auténticos fallos policiales se transforman en antecedentes de por vida con los que se marca a quien quiere ser vetado. Que pena que no apliquen la misma vara de medir en sus círculos internos. Peligro.
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