Categorías: Colaboraciones

Los enamoramientos de Javier Marías

Algunos estudiosos convienen en que el enamoramiento, ese estado emocional de permanente embeleso y felicidad en el que solo ansiamos la vecindad del ser amado, sólo se debe al bombardeo sistemático que sufre el cerebro de sustancias tales como la dopamina la oxitócica y otras tantas  de la familia de las anfetaminas (“love is a drug” como proclama  la canción). Aseguran asimismo que esa situación sólo suele durar  de dos a tres años, y a partir de ese tiempo esa atracción bioquímica decae.
En “Los Enamoramientos” de Javier Marías , la novela que comentamos el pasado miércoles  en el CLUB DE LECTURA  de la Biblioteca Pública de Ceuta, el autor también desmitifica la creencia popular de que el enamoramiento sea un fenómeno impredecible y aleatorio, subyugado por unas  fuerzas cósmicas que nos aproximan  sin remedio hacia nuestra otra mitad, y nos apremian en la búsqueda de nuestra media naranja. Javier Marías (Madrid, 1951)  en esta novela apunta  que el hecho de enamorarse es mucho más mundano y depende de multitud de factores: de quién se fija en nosotros, de los  lugares donde transcurre nuestra cotidianidad, del azar o de los fracasos ajenos. Pero el autor no se queda ahí, sino que  elige una trama aparentemente sencilla para desarrollar lo que, en opinión de algunos miembros del Club,  termina siendo un ensayo con forma de novela; con el ligero hilo del  argumento y un escaso repertorio  de personajes (en realidad no son más de cuatro) urde un tupido tratado sobre  el amor , la amistad,  la traición, la impunidad, la delación,  el derecho a la vida, la envidia, el sigiloso paso del tiempo… y sobre todo, la muerte.
El argumento de la novela es simple. La protagonista, María Dolz, una mujer soltera, de treinta y tantos, que trabaja en una editorial en el centro de Madrid, suele coincidir todas las mañanas, mientras desayuna en el bar de siempre, con un matrimonio que ella observa e idealiza como la pareja perfecta. Poco tiempo después deja de verlos, por lo que le pregunta a los camareros. Estos le informan que el marido ha sido brutalmente asesinado por un “gorrilla”, un aparcacoches que vive de la mendicidad. A los pocos días María ve a la viuda de nuevo en la cafetería y decide acercarse a ella y darle el pésame, trabándose entre ambas un conato de amistad. Pero la existencia rutinaria y previsible de María  comienza a complicarse cuando conoce a un amigo de la viuda, Javier, del que se enamora pasionalmente,   al tiempo que trata de desentrañar  el terrible secreto que él esconde.
Hay melodrama, hay suspense,  historias  de amor no correspondido, costumbrismo… y temas universales sobre la naturaleza más íntima del ser humano.
Aunque a decir verdad, en el CLUB DE LECTURA , el gusto por esta obra no ha sido del todo unánime. Como suele ser habitual y por otro lado, absolutamente conveniente, nuestras opiniones difieren en cuanto al libro. A  algunos de los miembros  la  novela no les ha llegado a “enganchar”, ya sea por su temática o bien por la forma en que el autor desarrolla el texto ( ¡esos párrafos interminables…¡), el caso es que también en esta ocasión  ha habido voces contestatarias  respecto a la novela comentada (una vez más, la verdadera riqueza del Club está en las opiniones tan diversas que en su seno confluyen) .
Pero a pesar de todo, en lo que la mayoría sí  hemos estado de acuerdo ha sido en dejarnos cautivar por la prosa impecable y precisa, de ritmo envolvente y quebrado que exhibe Javier Marías. Y es que entrar en un texto de este autor es adentrarse en el territorio de las palabras y los matices lingüísticos. Su impresionante despliegue de soliloquios, rodeos y digresiones hace que su prosa te embelese de tal manera que es fácil  caer en trance gramatical ( ¿? ). No es lo que dice, sino cómo lo dice. Enlaza formidablemente los temas y las reflexiones de los personajes, analiza pormenorizadamente situaciones cotidianas, sentimientos y pensamientos, que son examinados con su verbo brillante en sus mínimos detalles, con esmero y exhaustividad. Y es en esa  minuciosa exploración de la cotidianidad, donde  el autor trata siempre de hallar la trascendencia en las banalidades.
Sorprende asimismo (o a mí al menos así lo hace), la habilidad de Javier Marías para ralentizar la acción y congelarla durante páginas (le lleva desde la página 202 hasta la 213 los pensamientos contradictorios y elucubraciones de la protagonista cuando escucha a escondidas desde su habitación el gran secreto que esconde su amante).
A nuestro juicio la grandeza de la novela también reside en que el autor, sin apenas darte cuenta,   te  va  engatusando con su oficio y continuos  gestos  de prestidigitador, haciéndote  creer que estás leyendo una historia ligera y amable, pero cuando  concluyes las  400 páginas que componen la novela, descubres que has leído una historia enrevesada y dura como la vida misma, plagada de tremendos y dolorosos sarcasmos. Una historia que plantea dilemas éticos y morales, y nos empuja a reflexionar sobre qué hacer ante una situación determinada, qué actitud tomar y hasta qué punto hemos de creer los que se nos cuenta  (la verdad, lejos de ser unívoca, suele ser compleja y poliédrica).
Por todo ello no nos sorprende en absoluto que a esta novela le haya sido otorgado  el Premio  Nacional de Narrativa 2012,  el cual su autor se apresuró en rechazar. Javier Marías (además de ser traductor,  articulista y ensayista, fue profesor de la Universidad de Oxford y de la Complutense de Madrid  y es  miembro de la Real Academia Española de la Lengua), durante años fue anunciando que rechazaría cualquier premio oficial que viniera de la Administración española. Cuando el jurado lo llamó para concederle el premio, él dijo que no lo quería. Contó que no le apetecía ser visto como “un autor favorecido por este o aquel gobierno”. Además lo desdeñaba porque otros, incluido su padre el filósofo Julián Marías, habían sido tratados con desdén por las distintas Administraciones  que hubo durante y después del franquismo. Se puede  estar de acuerdo o no  con su actitud, pero lo que no se le puede reprochar es que no haya sido consecuente con sus planteamientos. Como dijo el sabio: “uno es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras”.

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