Ayer tuve la gran suerte de presenciar una de las escenas más melodramáticas de mi extensa vida. Ocurrió en una zona de vigilancia de nuestros queridos responsables de la Seguridad gubernamental, allá en la Avenida Otero.
Una mujer con una enfermedad donde confunde el pasado con el presente, y sus recursos hacen rozar a nuestros queridos guardias civiles en unos hombres hechos, para todos los terrenos, utilizando lo que coloquialmente se dice: “sacar la capa de torear”, e intentar dar los pases necesarios para sacar la “peonada” fuera y cobrar un nuevo servicio.
Una enfermedad tan delicada como el Alzheimer, fue el producto de una equivocación tan fuerte, como que causó la intranquilidad a aquellos señores que le tocó en suerte “este perrito piloto”.
Desde fuera todo parecía una injusticia de no dejar pasar a una anciana a su casa, pero al entrar en materia y darles las pistas necesarias fue cuando la semblanza de la equivocación entró en nuestro corazón.
Un día, una hora, un lugar unos hechos, que se transportaban al pasado de una mujer vinculada a un lugar tan delicado, como amado por ella, ya que allí estuvo viviendo con su familia, en un pabellón que tuvo adjudicado hasta que se júbilo su marido.
Allá habían pasado veinte años, veinte instantes, veinte ceremonias de humildad, pero la realidad fue la confusión, la idea de un pasado, que se solapaba con un presente, donde lo antiguo y la realidad habían estado pero en un tiempo diferente.
La vida es un día a día, donde los manjares se comen, se saborean y dejan unos recuerdos, unas historias, pero que solo son a la postre eso, hechos acaecidos hace tanto tiempo, tanto espacio de esos días pasados, que hoy son recordados por esas alegrías vividas en ese lugar mágico, pero tan apartado como fue el pasado.
Hoy le ha tocado a ella, mañana, nos puede repercutir en nuestro cuerpo, y por eso hay que pedir un poco de respeto, el mismo de esos pacientes efectivos de la Guardia Civil, que vieron esas escenas llenas de nostalgias, de querer convencer, y no poder, pero dentro de un respeto tan bueno, que se merecieron por ello la gloria de todos los Santos, ya que la paciencia, la veteranía, el saber estar con los queridos ciudadanos, fue primordial para salir airosos de esta eventualidad, tan molesta, tan rara, pero tan sensible, como es la confucion de una mujer, cuidadora, en el pasado de un integrante de nuestra querida Guardia Civil.
Un buen trabajo, que no estará escrito en ningún anal, en ningún parte de trabajo, pero se llevará en la experiencia y en el corazón tan bueno de estos agentes de la seguridad del Estado.
Un gran abrazo queridos amigos y responsables de nuestra seguridad diaria.
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