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Legalizar las drogas para acabar con la corrupción y la violencia

Durante décadas, Guardia Civil y Policía Nacional han librado una auténtica guerra contra las drogas en España. Una lucha desigual, donde los agentes, muchas veces con medios limitados, arriesgan su vida enfrentándose a mafias bien organizadas, violentas y con tentáculos que alcanzan incluso a funcionarios, políticos y estructuras del Estado. Es una guerra que deja muertos, heridos, miles de vidas destrozadas… y que, sin embargo, sigue sin ganarse.

La droga sigue fluyendo. El dinero también. Y donde hay dinero fácil, la corrupción brota. Funcionarios que miran hacia otro lado, cargos públicos que reciben maletines, estructuras que se corrompen silenciosamente mientras los que dan la cara en la calle siguen dejándose la piel en un combate que parece interminable.

Por eso es necesario repensar el enfoque. Y uno de los mayores defensores de este cambio ha sido Antonio Escohotado, filósofo y sociólogo, fallecido en 2021, cuya voz sigue viva a través de sus escritos. Escohotado no defendía el consumo de drogas, sino la necesidad de legalizarlas para arrebatar el poder a las mafias, reducir la corrupción y tratar el consumo como un problema de salud pública, no como un asunto penal.

Legalizar no significa incentivar el consumo. Significa regular, controlar, educar, prevenir. Significa quitarle al narcotráfico el control de un negocio multimillonario. Significa sacar a los narcos de nuestras calles, puertos y fronteras. Y también significa dejar de criminalizar al consumidor, que muchas veces es una víctima, no un delincuente.

El tabaco y el alcohol, drogas legales y reguladas, causan miles de muertes al año, pero nadie se plantea prohibirlas porque sabemos que la prohibición no elimina el problema, solo lo esconde y lo convierte en algo aún más peligroso.

Es hora de mirar el problema de frente, con valentía, con realismo y sin hipocresía. Legalizar las drogas, bajo un estricto control, no es rendirse. Es, quizás, el primer paso para ganar una guerra que, tal y como está planteada ahora, solo beneficia a los delincuentes y arruina la vida de millones.

Y es, también, una forma de honrar la labor y el sacrificio de tantos agentes que cada día luchan contra lo imposible. Cambiar el modelo no es traicionar su esfuerzo. Es intentar, de una vez por todas, que sirva para algo.

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