Categorías: Colaboraciones

Las talas salvajes

Abrumada por la naturaleza y envergadura de las talas perpetradas por el Gobierno de Rajoy en las avenidas de los servicios públicos y en los paseos de los derechos civiles, la ciudadanía ha reparado tarde, o no ha reparado aún, en la locura arboricida desatada en varias ciudades españolas por la mano, en la mayoría de los casos, de regidores municipales del PP. No es exactamente el caso de Madrid,

donde los árboles se caen solos, aunque si se desploman de súbito lo hacen por un exceso de riego, de desidia y de podas fuera de tiempo, pero sí, por ejemplo, de Sevilla o Marbella, donde cabría decir que la sombra de sus plátanos de Indias vale su peso en oro si no fuera porque la sombra de los árboles, y no digamos su utilidad y su belleza, vale mucho más que el oro.
En Sevilla, donde las feroces e inadecuadas podas han ido debilitando los ejemplares de porte más soberbio, se ha llegado recientemente al sindiós de arrancar de cuajo todos los árboles de una céntrica calle para que pueda verse desde cualquier punto de la misma, al fondo, la Torre del Oro. Cualquier criatura en su sano juicio entiende que para poder ver la Torre del Oro o cualquier otra cosa, aparte de acercarse un poco, hay que conservarse vivo, circunstancia que bajo el sol calcinante de Sevilla, sin árboles bajo los que guarecerse, se antoja improbable. Pero unos tíos que no reconocen ni entienden la belleza y utilidad supremas de los árboles, sino sólo que los servicios municipales o las contratas de limpieza tienen que barrer de vez en cuando las hojas, ¿qué pueden hacer por una ciudad sino menoscabarla, empobrecerla, desfigurarla, destruirla?    El caso de Marbella, que, salvo el bellísimo y poco conocido casco viejo, es una ciudad de arquitectura playera y urbanismo de aluvión, es más sangrante si cabe: árbol hermoso y sano que ve el Ayuntamiento, árbol que tala so capa de meter la fibra óptica o en base a cualquier otro argumento majadero. Marbella es su mar alucinante, la montaña que la defiende de los malos vientos y templa su clima hasta el grado perfecto de benignidad, y su preciosa masa vegetal, plantas, flores y árboles. El resto puede encontrarse en cualquier otro sitio, el cemento, el ruido, los coches, las pizzerías, el yermo de las almas... Pues bien; el Ayuntamiento ya se ha cepillado todos los maravillosos árboles de la emblemática calle Finlandia, y los miles de pájaros que los habitaban, y la fresca sombra que su bóveda vegetal proyectaba benéfica sobre las personas, y la funesta alcaldesa amenaza con extender su furor arboricida hasta el exterminio total. Las talas, mira que a esa gente le gustan las talas.

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