El Estrecho era en el siglos XVI lo que Charles Benoist llamó “Punto de fricción”, haciendo suya la expresión de Arthur Balfour (10 de noviembre de 1902), y de lord Lansdowne (12 de diciembre siguiente), en relación a la situación de Marruecos.
Un punto de fricción es donde “los pueblos de civilizaciones diferentes se ponen en contacto y dónde, como consecuencia casi fatal de fronteras, la guerra es posible ante la presencia de dos autoridades”. Este argumento, esgrimido para criticar la expansión colonial europea en África durante el siglo XIX, es también válido para explicar que, con anterioridad, fueron los pueblos de la civilización de la otra orilla, los que entraron en contacto con los cristianos de la Península Ibérica y, “la presencia de dos autoridades” originó la guerra, y la ocupación de la Península por el Islam. Porque en ambos casos, invasión islámica y expansión europea en África, la guerra era siempre posible cuando las diferencias son, según Benoist “irritantes para la fricción”.
La cuestión es saber si el papel que jugó España en esta expansión europea en África se correspondía con un afán expansionista y de inclusión de estas tierras en la orbita del cristianismo, o fue más bien una acción encaminada a que la “fricción” no recayera de nuevo en una invasión de la Península.
Nuestra historiografía ha intentado, por un lado, encumbrar a España con “ideas imperiales” necesarias a la propaganda del momento, y por otro se ha postulado como “progresista” a costa del falseamiento de la Historia y de la razón de los pueblos. Es en el justo medio dónde podemos encontrar la verdad.
Calderón Vázquez afirma que, una vez completado el proceso unificador de la Península con la conquista de Granada, los reyes castellanos llevaron a cabo una política en el Norte de África, de “sesgo claramente defensivo”. No era pues, para este teórico, la expansión africana el objetivo de los reyes españoles, sino que los Reyes Católicos trataron de defender las costas andaluzas y la navegación por el Mediterráneo Occidental de los ataques corsarios. Este objetivo puede que no fuera compartida por el Cardenal Cisneros que, a sus mas de ochenta años de edad, encabezó la conquista del Orán. Pero lo que importa es que definitivamente el Cardenal no vio sus objetivos de cruzada cumplidos y la cuestión quedó reducida a la ocupación de una serie de plazas en el litoral africano. En ese sentido se especula con la posibilidad de que la ocupación de Alhucemas, al igual que la de Vélez de la Gomera, fuera para defender Ceuta y Melilla y garantizar una comunicación marítima entre ambas. Aunque en aquellos momentos no existía una fluida comunicación a través del litoral entre Ceuta y Melilla, no cabe duda de que la ocupación de territorios intermedios podría ayudar a crear una guirnalda de posesiones que, comunicadas entre si, pudieran servir no solo para una ayuda mutua, sino también para hacer más efectiva la persecución de la piratería en el Mediterráneo Occidental.
No es esta la opinión de Francisco Feliu, quien opinaba que estas conquistas servían para iniciar una expansión hacia el interior africano, en una especie de continuidad de la reconquista. Se basa en que la conquista del Peñón suponía el fácil acceso a la comarca de Vélez y con ello a una posible penetración en el continente africano.
Pero la verdad es que antes de que fuera ocupada Melilla, el Peñón de Vélez de la Gomera (1508) y Alhucemas (1673), los Reyes Católicos ya habían extendido sus posesiones en Navarra, Canarias y América. ¿Quién podría creerse que Castilla tuviera deseo de sacrificar gentes en África inútilmente? ¿Quién iría a conquistar países áridos, teniendo ya en sus manos las riquezas del Nuevo Mundo? El cambio de objetivo expansionista dejó, pues, sin efecto cualquier veleidad que se hubiera pasado por la mente de los gobernantes españoles del siglo XVI, que a partir de entonces se preocuparon más por defender sus colonias de América y expandirse por ese emporio de riquezas, que batallar inútilmente por una tierra tras la cual se hallaba cercana la aridez del desierto. La política africana se redujo a asegurar la navegación por el Mediterráneo Occidental y con ello el comercio, seriamente amenazado por los piratas rifeños. Además es impensable que estas posesiones sirvieran para amenazar tierras marroquíes, pues cualquiera que las visite podrá comprobar que quien realmente se pueden sentir amenazadas son Alhucemas y Vélez de la Gomera desde la costa magrebí.
Por otro lado, la ocupación de puntos estratégicos en el Norte de África era más viable que una dominación territorial, tal como se advertía en el siglo XVI, y se continuaría advirtiendo en el siglo XIX, tras la llamada guerra de África. La ocupación de Alhucemas y el Peñón, al igual que la de otros lugares a lo largo del litoral mediterráneo, formaba parte de la idea de crear una primera línea defensiva en el otro lado de la orilla del Estrecho y no puntos estratégicos desde dónde iniciar una expansión africana.
Es cierto que con anterioridad al Protectorado hubo penetración de España en África, pero esta fue pacífica, y se extendió a lo largo de los años. Hablamos de las colonias de españoles asentadas en suelo africano desde finales del siglo XIX. En el delta del Uad-el-Melah (río Salado), el pueblo homónimo estaba habitado en 1888 exclusivamente por españoles dedicados a las actividades agropecuarias y que Juan Felipe de Lara no duda en calificar de “hombres de corazón, trabajadores y honrados a carta cabal, que lo mismo venden una botella de aguardiente o media libra de jabón, que se pegan de tiros y puñaladas con los árabes cuando llega el caso”.
Por último, las conquistas de estos puntos en el Norte de África, fueron hechas por los Reyes Católicos con una total improvisación, ocupando territorios en la costa norteafricana sin orden ni concierto alguno. Aunque sus sucesores trataron de llevar a cabo esta misión con un poco más de orden, se mantuvo la misma línea de ocupación aleatoria. No se aprecia pues una línea definida y planificada de ocupación sistemática de cabezas de playa” para asegurar la invasión.
La idea, pues, de los monarcas españoles era la de tomar puntos concretos desde los que controlar la acción de los berberiscos, libertar nuestras costas de sus saqueos y nuestros buques de ser presa de sus corsarios. Fue la situación de vacío de poder en esta zona una razón poderosa para una intervención en puntos estratégicos y de nada servía a esta causa una penetración en África. En efecto, como Rafael Fernández de Castro afirmaba en 1912, estas costas estaban habitadas por “un pueblo no sujeto a autoridad alguna, puesto que la propia del Sultán con reunir en su persona la cualidad de Jefe de Estado y de primer sacerdote, no llegó nunca a imponerse de modo efectivo”.
Hay más fundamentos para negar la intención de España de colonizar el Norte de África. Por ejemplo, Fernando el Católico intentó la conquista de Argel en 1510, pero solo se apoderó de los dos peñones situados junto a su puerto (arrebatados después por Barbarroja). Es cierto que no se consiguió una penetración en el territorio circundante, pero para la diplomacia castellana esos dos peñones eran más efectivos para el control del litoral norteafricano que la ocupación de una extensa zona que no podía ser mantenida por mucho tiempo. Una nueva expedición contra Argel en 1541 iba encaminada a solventar el problema de la piratería, pero Carlos I falló en su intento de apoderarse de la ciudad.
Otro hecho que apoya la tesis del desinterés de los monarcas españoles por una expansión africana lo protagonizó el mismo Carlos I. Cuando Muley Hasam solicitó, en 1535, su ayuda para recuperar Túnez, usurpada por el pirara Barbarroja, el emperador no aprovechó la ocasión para, una vez tomada la ciudad, iniciar una expansión por África. Si bien intentó continuar hasta Argel, como hemos dicho, no lo hizo por lo avanzado de la estación invernal, limitándose a ocupar un punto más en la costa africana. Cuando Muley Hasam le recriminó no haber continuado la ocupación del territorio para su completa libertad de manos de los piratas, Carlos I le respondería que su acción en África se había proyectado con el solo fin de rendir la Goleta y apresar a sus corsarios, así como el de restablecerle en su trono y libertar 18.000 cristianos, pero no el de expandirse por el Magreb.
Finalmente, según el Marqués de Mina, Felipe II pensó en hacer rey de Túnez a su hermanastro Juan de Austria. De ser cierto podríamos pensar en un plan de ocupación. Sin embargo hay que decir que esta idea fue borrada de inmediato de la mente del monarca español, y que el objetivo de esta propuesta no era la de poseer un reino en el Norte de África, sino la de alejar a su hermano natural de las conspiraciones palaciegas.
Todos estos apuntes prueban que estos tres príncipes, Fernando el Católicos, Carlos V y Felipe II “no quisieron añadir países ni vasallos africanos, sino debilitar las fuerzas de sus enemigos suscitándoles guerras intestinas y arruinar por medio de los Presidios el corso y navegación que pudieran dañarlos”.
Pero no nos quedemos en los debates hallados en la historiografía. Aún hoy día, ese debate está presente en el ámbito científico y la intencionalidad nacionalista nubla muchas veces la verdad histórica. Por ejemplo, no podemos considerar válido apuntarse a dos ideas contrapuestas, como algunos intentan. Por un lado exagerar la avaricia española en África y por otro, tras el encumbramiento de Felipe II como rey de Portugal, admitir que la dirección en la que comenzó a moverse España a partir de entonces fue la del Atlántico, abandonando la política africana. Por consiguiente, la línea de acción africana se mantuvo latente, casi estática podríamos decir, conservándose con el mínimo de recursos en aquellas zonas que servían de control en el Mediterráneo Occidental a la navegación corsaria.
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