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Laos, la columna del río Mekong

"Sigo sin tener suerte con los cajeros automáticos, no consigo dólares ni kips laosianos, por suerte pude pagar el hotel con la tarjeta, pero apenas tengo margen"

A veces cuando las cosas tienen que salir mal, por mucho que hagas, saldrán mal pero también es verdad que hasta las situaciones más difíciles tienen extraños y hermosos amaneceres. En Laos aprendí una valiosa lección sobre la esperanza.

Atravesé la provincia tailandesa de Nan y el Parque nacional de Doi Phu Kha en un pesado viaje nocturno de autobús con la idea de cruzar la frontera con Laos en el paso de Huai Kon y así dirigirme a Luang Prabang y atravesar el país de norte a sur bordeando el rio Mekong.

Para mi sorpresa la frontera de Huai Kon estaba cerrada y había que dirigirse mucho más al sur, a la frontera que lindaba con Vientián. Debía desandar el camino recorrido desde Chiang Mai y dirigirme hacia el sur en dos etapas hasta llegar a la capital laosiana. No tenía prisa, pero los trayectos en bus eran pesados, sobre todo los nocturnos. Tras dos largas y tediosas jornadas llego a la frontera.

Después de los trámites aduaneros y un corto trayecto en bus llego a Vientián, es una ciudad con muy poco que ofrecer, arquitectura contemporánea y muy pocos edificios emblemáticos con detalles de arquitectura siamesa. Aun así, me quedo cuatro días para recuperar fuerzas y dirigirme hacia el norte, haciendo escala en Vang Vieng antes de llegar a Luang Prabang, o ese era el plan. Me dirijo al este de Vientián a visitar el parque de Buda, un llamativo y cuidado parque dedicado a Buda, lleno de estatuas de Siddhartha. Es un buen lugar donde refugiarse del calor y echar la tarde.

Llevo encima el dinero en metálico que logré cambiar en la frontera, los cajeros en la capital se niegan a darme cash, subo al norte, hasta Vang Vieng con la esperanza de encontrar algo más interesante que ver y no me decepciona en absoluto, es un pueblo de cuatro calles con hostels, garitos donde comer y algunas tiendas de ropa manufacturada. Es un buen sitio para tomar como base y explorar el exterior del pueblo por tu cuenta.

Alquilo una bicicleta y me alejo del pueblo a unas dos horas de distancia, el camino está lleno de elevaciones montañosas que me recordaron a los tepuis de Venezuela, campos de cultivos escoltados por palmeras en sus lindes. El calor aprieta y, ignorando el gorro, me recalienta la cabeza. Por suerte encuentro un riachuelo que atraviesa el camino, lo sigo por la linde y llego a un claro donde el riachuelo se ensancha y da paso a una laguna de aguas cristalinas donde aprovecho para bañarme, el agua estaba muy fría, me tonifico y refresco antes de volver al pueblo. En el camino de vuelta encuentro a unas mujeres que venden lo que parece ser comida en grandes cestos, me acerco y, para mi horror, resultan ser larvas enormes vivas, unos escarabajos muy raros y unas crisálidas marrones. Me piden que compre, dicen que son buenas y me dará fuerzas, les di las gracias y me voy sin mirar atrás con mi bendita debilidad.

Sigo sin tener suerte con los cajeros automáticos, no consigo dólares ni kips laosianos, por suerte pude pagar el hostel con la tarjeta pero apenas tengo margen y subir hasta Luang Prabang es arriesgarme a quedarme tirado allí. Decido ir al sur, a Wat Luang, una ciudad a orillas del rio Mekong. Cuando llego solo tengo el dinero para pagar el visado para Camboya, treinta dólares. Me recorro la ciudad pero el mismo problema con la tarjeta, nada de metálico. Tiré dos días de unas galletas holandesas rancias que compré en Tailandia, el tercer día una chica vietnamita, Nim se llamaba, que paraba en el hostel se enteró de mi situación por el dueño del hostel y me invitó ese día a comer y a cenar, resultó ser una agradable compañía y por fin pude comer en condiciones, se lo agradecí antes de que se fuera a Vietnam, yo tomé dirección contraria.

Decidí irme al día siguiente y probar suerte en Camboya. Llegué a la frontera y el policía no me dejaba pasar porque me faltaban diez dólares para el visado, le expliqué mi situación y le ofrecí bats tailandeses para lo que faltaba pero lo rechazó y me dejó pasar. El paso entre fronteras que lleva a Camboya es el lugar más caluroso que he transitado en mi vida. Sin agua, sin comida y sin dinero el panorama no pintaba nada bien. A lo lejos, en el lado camboyano alcanzaba a ver un edificio con cristaleras de planta baja y unos chamizos que parecían ser viviendas. Esperaba al menos encontrar agua para beber y refrescarme pero el edificio era una antigua cafetería que ahora no vendía nada y, extrañamente, no tenían un grifo con agua.

La chica que me atendió me señaló hacia las casas e hizo ademanes de coche, no hablaba inglés. Me dirijo hacia una furgoneta roja que atendía a un mochilero, iba pedirle ayuda o agua al menos pero antes de que pudiera abrir la boca, un hombre enjuto y fibroso me quitó la mochila y la echó a la vaca de la furgoneta, me dio una botella pequeña de agua y me empujó adentro. No sabía a dónde me llevaban pero me dio igual, tenía agua.

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