Sheeba Baddi podría haber tenido trazado su futuro de antemano si no se hubiera cruzado en su vida la Fundación Vicente Ferrer.
Con su madre viuda cuando ella sólo contaba tres años, le habría tocado regresar al seno familiar, con sus tíos, con sus abuelos. Se le habrían cerrado las puertas de los estudios universitarios y abierto quizás la de un matrimonio de conveniencia, previamente acordado, y le habría encontrado marido con apenas 15 años. Poco –realmente nada– de ese augurio, el que espera a millones de mujeres del entorno rural de la India, ocurrió porque la organización fundada por el jesuita español colocó sobre ella hace más de tres décadas el paraguas de solidaridad que hoy cubre a otros tres millones de sus compatriotas. Acogida desde la niñez por la Fundación, que en su día diera trabajo a su padre y alivió la situación en la que quedó toda su familia, la hoy portavoz de la institución humanitaria en su país, de visita en Ceuta, desgranó ayer su historia de superación en el Templo Hindú. Nadie obligaría a su madre a dejar su entorno para regresar al seno familiar, ni le impondrían un marido. Sheeba eligió a su pareja –“con 22 años, y todos decían que era ya mayor”, bromeaba ayer– y logró licenciarse en Historia. Habla cinco idiomas y coordina el departamento de apadrinamientos de la Fundación Vicente Ferrer, una red mundial que garantiza el futuro a millones de personas en situación de desamparo y que cuenta en Ceuta con más de mil colaboradores directos. Mucho antes, siendo niña, ya conoció el primer revés de la vida cuando un accidente segó la vida de su progenitor. Y ser huérfano de padre en la India no es fácil. “Una viuda con tres niños... Eso era imposible de sacar adelante, pero la Fundación nos dio la fuerza y mi madre puso el resto porque ella quería vivir una vida independiente”, narraba ayer ante una nutrida audiencia en el Templo. Esa misma madre rompería el tabú que obliga a las viudas indias, en los entornos rurales, a no pisar la calle en los tres primeros meses cuando pierden al marido. “Hay quien dice que una viuda da mala suerte, pero mi madre salió de casa al primer mes. Y gracias a ese trabajo pudimos estudiar”, asegura. Partes de culpa de aquel milagro que sometía a revisión las rígidas tradicionales locales la tenía Vicente, una especie de padre para miles y miles de excluidos al que Sheeba recordaba ayer “tocando, preguntando a todos por las familias, dando cariño siempre”. Su obra mayúscula la vincularía ya de por vida a la Fundación. Tanto, que Sheeba puso como primera condición a su futuro marido la negativa a dejar de trabajar tras la boda. “Si no había ese acuerdo, no había boda. Y lo hubo”, recordaba tajante. Décadas después trabaja en Anantapur, la cuna de la Fundación, codo con codo con otras 45 personas que como ella dominan el español, la lengua de Vicente. Promueven apadrinamientos y traducen las miles de cartas con las que los pequeños mantienen un contacto habitual con sus mecenas. “Transmiten mucho sentimiento, muchas emociones”, constata. La maquinaria de la Fundación emplea ya a 2.000 personas, perfectamente estructuradas en equipos, que velan por unos 3 millones de ciudadanos repartidos a lo largo de 3.000 pueblos y aldeas. El impacto directo de sus iniciativas recae por ejemplo sobre las mujeres, condenadas antes a las tareas del hogar pero a las que hoy se apoya para que impulsen sus propios negocios. “Y la mayoría logran más ingresos que los hombres”, celebra. También con los discapacitados, que “sólo pedían identidad, ser llamados por sus nombres y no por sus problemas, respeto, porque antes eran sólo trastos en las casas”. La lista es interminable: 1.200 niños internos que reciben formación, construcción de casas, programas integrales para el desarrollo... Una cadena de solidaridad que engarzó su primer eslabón allá por 1969 gracias a Vicente Ferrer.






