Observando la fotografía del juicio que publicamos la semana pasada donde se veían sentados en el banquillo a quienes fueron los máximos responsables del área de Festejos de la Ciudad, Premi Mirchandani y Salvador Jaramillo, estuve a punto de publicar una columna que iba a titular ‘La soledad del banquillo’. Sin embargo, preferí esperar a que existiera una sentencia por parte del Juzgado para pronunciarme. No voy a entrar en el fallo judicial, porque por parte del mismo Premi se ha decidido recurrir el fallo, el cual acepta, pero no comparte. Quiero hablar de la soledad. Por esta razón le hice la pregunta, nada más finalizar su intervención, en el sentido de si se había sentido apoyado por sus antiguos compañeros de equipo de Gobierno, incluido el presidente. Comentó que salvo la llamada de Mabel Deu y del actual responsable, Fernando Ramos, no había tenido ningún contacto. Por lo visto, la última vez que habla con Vivas es el día en que le presenta el escrito donde le comunicaba su decisión irrevocable de dimitir. Es más, en la mañana de ayer, cuando se conoce ya la sentencia recibió una llamada de Presidencia, pero no la pudo atender porque se encontraba en una reunión. Luego, a preguntas de otros compañeros puso el ejemplo de otros miembros del equipo de Gobierno que sí sintieron, según sus palabras, el respaldo. Seguramente se referiría a aquel caso donde fue imputada Yolanda Bel y el presidente hizo famosa aquella aseveración de que “pongo las manos en el fuego…”.
Como muy bien reconocía Premi Mirchandani, él no fue a pegar a ninguna puerta para entrar en política, sino que llamaron a la suya y quien llamó, sin ningún género de dudas, fue el propio presidente Juan Vivas. Le convenció y saltó a la política, de la que ahora se va, como él mismo reconoce, decepcionado, pero yo más bien diría asqueado, pero entiendo que no quisiera utilizar esa acepción.
Al final, es uno más de los heridos que han ido quedando en el camino y es que quienes han sido colaboradores de una persona, por más o menos tiempo, hay que ir con ellos hasta el final, siempre que no exista la sospecha de que haya metido la mano en la caja, que no es el caso, desde luego, de Premi Mirchandani. En todo caso, no respetar un procedimiento administrativo. Si no se le llama en dos años, desde luego, con posterioridad a la sentencia, es mejor no hacerlo. Aunque Premi Mirchandani haya comentado que fue él quien tomó la decisión de seguir adelante, lo cierto es que legalmente le corresponde asumirla, pero estoy seguro que contó con el beneplácito de sus superiores





